Daniel Nahmad Molinari.
El presidente de México recibió al presidente cubano refrendando la amistad que existe entre estos dos pueblos hermanos, las críticas no se han hecho esperar, así como también las muestras de apoyo a este gesto del gobierno mexicano. Quisiera dejar aquí una anécdota de la que fui testigo y que vino a mi memoria con el acto del día de hoy.
Corría el año de 1990 creo, se preparaban los festejos por los quinientos años del descubrimiento de América y recibí la invitación de la Doctora Ida Rodríguez Prampolini, entonces directora del Instituto Veracruzano de Cultura, a participar en una reunión con una delegación norteamericana, para explorar canales de colaboración para la realización de los festejos de tan significativa fecha. Yo era entonces director del Centro Regional Veracruz del Instituto Nacional de Antropología e Historia, asistían diversos funcionarios estatales y municipales y gente relevante de la cultura porteña.
Los representantes norteamericanos nos explicaron el gran proyecto de realizar actos y diversas colaboraciones entre los países de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe y en los que la ciudad de Veracruz tenía un lugar relevante. En toda su exposición, apoyada con un gran mapa de la región, no se hacía alusión alguna a Cuba, pero ante tímidas preguntas sobre el tema, las alusiones anticubanas aparecieron en el discurso de los norteamericanos ante un auditorio que ni chistaba sobre el tema.
En la reunión participaba Fernando (cuyo apellido no puedo recordar) quien era el secretario de la Doctora Ida Rodríguez y con quien yo había desarrollado una amistad originada en nuestras responsabilidades públicas, éramos más o menos de la misma edad, ambos gente de izquierda y sin duda admiradores de la Revolución Cubana. Intercambiábamos miradas azorados por el discurso ofensivo de los norteamericanos y nuestras miradas inquirían sobre quien de los dos se alzaría para decir algo en defensa de Cubita la bella, lo cual no fue necesario.
Entre los asistentes se encontraba Paco Píldora, el popular poeta veracruzano y cronista de la ciudad, decimero tan entrañable, quien siempre me recordó al gran poeta cubano Nicolás Guillen. Don Paco era un hombre mayor y había estado en silencio toda la sesión, de repente pidió la palabra y dijo algo más o menos así, según mi memoria:
Quiero platicar una historia.
Allá por 1915, durante los días de la invasión a nuestro puerto de Veracruz, siendo yo un niño (tendría entonces siete u ocho años), y viviéndose penurias en el Puerto por la guerra, caí gravemente enfermo y mis padres no sabían que hacer. Los médicos que me atendieron dijeron que requería con urgencia una transfusión sanguínea y mi familia buscó quién fuera donante.
En la ciudad deambulaba un joven (Don Paco refirió su nombre, pero yo no lo recuerdo), que trabajaba en el mercado en múltiples labores y que era por tanto pobre, pero también era negro y cubano. El joven se ofreció a donar su sangre para que yo viviera y así sucedió, desde entonces tengo un hermano que es ese joven negro y cubano y así es también la amistad y el amor que hay entre Cuba y Veracruz.
Esto es lo yo tengo que decir en esta reunión.
Y eso fue todo. Se hizo un silencio sepulcral, los norteamericanos incómodos no disimulaban su enojo, terminaron por agradecer de mal modo la reunión y se retiraron con una derrota moral indiscutible propinada por el poeta. Nunca más supe del programa de festejos que pretendió conducir Estados Unidos.
La historia que contó Don Paco debe estar en sus escritos, no he tenido la curiosidad de buscarla, pero fue el arma con la que el bardo, con gran elegancia, defendió entonces lo que los presidentes de México y Cuba refrendaron en los festejos de la Independencia.
Salud.
