Los periodistas en la trinchera

Por Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx

Yo soy periodista. No por vocación, ni por romanticismo. Por terquedad. Por necesidad. Por esa extraña mezcla de curiosidad y rabia que te hace querer entender el mundo, aunque te cueste la salud, el sueño y la familia. Me llamo Julián, y llevo treinta años en esto. No me quejo. Pero tampoco miento.

Conozco a muchos que siguen en la trinchera. A veces los veo en la sala de redacción, en las conferencias, otras en la calle, otras en los pasillos de los hospitales, esperando que les den una declaración. A veces los veo en los velorios, cubriendo la nota. A veces en los velorios de otros periodistas.

Está Irma, que cubre política y tiene más horas de vuelo que muchos diputados. No tiene hijos. No por falta de ganas, sino porque el Congreso ocupaba su tiempo. Ahora ni eso. Está Omar, que hace judiciales. Lo llaman a las tres de la mañana porque apareció un cuerpo en el canal. Él va. Siempre va. Aunque ya no duerme bien. Aunque ya no come bien.

Está Fátima, que hace cultura. Y aunque parece que vive entre libros y estrenos, también tiene que lidiar con jefes que no entienden que entrevistar a una escritora no es menos importante que cubrir una balacera. Está René, que hace deportes. Y aunque todos creen que su vida es ver partidos, él también tiene que correr detrás de jugadores que no quieren hablar, de directivos que mienten, de horarios que no respetan.

Y luego estoy yo. Que hago lo que se llama “reportaje de fondo”. Que significa que no tengo horario, ni oficina, ni paz. Que significa que me meto en pueblos donde nadie quiere que entre, que entrevisto a gente que no quiere hablar, que escribo cosas que nadie quiere leer. Pero lo hago. Porque alguien tiene que hacerlo.

Nos dicen que somos el cuarto poder. Que tenemos prestigio. Que somos importantes. Y sí, a veces lo somos. Cuando logramos que arresten a un funcionario corrupto. Cuando revelamos una red de trata. Cuando damos voz a los que no la tienen. Pero eso no paga las cuentas. Ni las terapias. Ni las ausencias.

La mayoría de nosotros trabaja más de 10 horas al día. Sin pago extra. Sin seguro. Sin garantías. Algunos venden publicidad para completar el sueldo. Otros hacen freelance para medios que no pagan. Otros simplemente aguantan. Porque creen que esto vale la pena. Porque creen que esto cambia algo.

Pero también estamos cansados. Agotados. Frustrados. Porque el periodismo se ha vuelto una carrera de obstáculos. Porque los jefes piden más, los lectores exigen más, los políticos presionan más. Porque la familia no entiende. Porque la pareja se cansa. Porque el cuerpo se rompe.

Y, sin embargo, seguimos. Porque hay algo en esto que no se puede explicar. Algo que te hace sentir vivo. Algo que te hace sentir útil. Algo que te hace sentir que, aunque el mundo se caiga, tú estás ahí para contarlo.

¿Recomendaciones? Pocas. No romantices el oficio. No esperes reconocimiento. No esperes estabilidad. Si vas a entrar, entra sabiendo que esto es guerra. Que esto es resistencia. Que esto es entrega.

Y si algún día decides salir, no te culpes. No todos aguantan. No todos deben aguantar. Pero si te quedas, si decides quedarte, entonces hazlo bien. Hazlo con rigor. Hazlo con ética. Hazlo con coraje.

Porque el periodismo no es para héroes. Es para testigos. Y los testigos, a veces, también sangran.

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