Murió de modo ignominioso, es cierto, convertido en un teporocho indigente, tirado en la calle, afuera de una cantina. Poeta nacido, vivido y muerto maldito, bien maldito. El Rey Oh Beyve, un cantautor callejero. Un artista marginal, un bohemio indigente. Un personaje asombroso, excepcional en extremo y lleno de contrastes. Un hombre inmortal, ahora pare de las leyendas de Oaxaca, su ciudad adoptiva.
Su nombre verdadero fue Bernardo Reynaldo Jiménez Velazco, nació en Atepec, un pueblo de la sierra zapoteca de Oaxaca, probablemente en 1948. Allí, como pastor de chivas, aprendió a cantar fuerte y entonado, decía él; de ese pueblito se fue siendo todavía muy joven, por culpa del hambre y la miseria. Quiso tener otra suerte. Bajó de la sierra y buscó trabajo en la capital del Estado; pero no le gustó lo que encontró, por el poco dinero que ganaba y lo mucho que tenía que trabajar de sol a sol.
Buscó mejor suerte en la gran ciudad de México, donde un paisano de su pueblo le dio chamba de cobrador de las ventas en abonos semanales de un puesto de ropa de un mercado de la colonia San Felipe, en el extremo norte de la megápolis.
Al escucharlo cantar en las calles de Chilangolandia, alguien se acercó y le recomendó que mejorara su estilo, ya tan personal, y que, para lograr eso como se debe, sería bueno que se diera una vueltecita por el río Papaloapan, desde las playas de Veracruz hacia las montañas del noreste de Oaxaca, para que allí oyera y viera de modo vivo y directo cómo cantaban y tocaban música los jaraneros y decimeros del fandango. Tal cosa hizo. De tal manera llegó desde el Puerto de Veracruz hasta la ciudad oaxaqueña de Tuxtepec, pero no le fue bien y optó por regresar al centro de la ciudad de Oaxaca y se puso a cantar para los turistas todas las mañanas en el Mercado 20 de Noviembre, el de los asaderos y las comidas.
Allí fue donde lo escuché cantar una mañana tempranito, a finales de los años noventa del siglo pasado. Bastó con oír su voz y su modo de tocar la guitarra para notar su extrema rareza, su admirable y muy inquietante originalidad rascuache y, al tomar en cuenta la letra de lo que él de forma tan peculiar estaba cantando, supe al instante que Rey Oh Beyve era un ser humano todo fuera de serie. Único.
Esa vez supe que él sólo cantaba sus propias composiciones, cosa que lo hacía diferente a todos los demás músicos callejeros del centro de Oaxaca. Desde entonces, cada vez que estuve en Oaxaca lo busqué y logré establecer una cierta amistad con él. Así fue como un día lo encontré vendiendo sus propias grabaciones; primero en casets grabados de modo muy burdo y en medio de la calle; luego los CD y videos que cada vez grabó y reprodujo con más cuidado, hasta llegar a grabar en el estudio de Thorvald Pazos y Edwin Ramos, allí en el centro de la verde Antequera, y con él produjo dos joyas del canto popular callejero: su Vol. 5 y Rey Oh Beyve: El Soundtrack —en el primero, Thorvald le aporta unos efectos espaciales muy new age y en el segundo lo acompañan Michel Hernández, teclados; Alejandro Villanueva, bajo; y El Huracán del Ritmo, campana y percusión. Aunque es en sus más rústicas primeras grabaciones callejeras donde quedó su obra maestra: “Café caliente”. Canción que también se encuentra incluida en un CD que grabó y produjo el cantautor Pepe Elorza, titulado Canto callejero de Oaxaca.
Si la voz del Capitán Beefheart hace sonar a Tom Waits como Julie Andrews, la voz de Rey Oh Beyve entonces hace sonar al Capi como si fuera Marisol o de a tiro Mocedades. Es todo un distintivo su grito de “¡ea!”, lo mismo que la necesidad de presentar con su voz las canciones diciendo que son composiciones de “Rey Oh Beyve, compositor de Oaxaca”.
Por las letras y la versificación, el mundo de las canciones de Rey Oh Beyve llega hasta el cancionero popular del Siglo de Oro, en la musicalización conecta con el son clásico y el veracruzano, el de lo popular mexicano antes de los mariachis radiofónicos. Igual, ya entonces, tiene conexiones con Bob Dylan y George Brassens, con Leonardo Favio y Atahualpa Yupanqui. Siempre en “sucio” y “ponketa”, a lo Kurt Cobain y lo Sid Vicious.
Su ingenio “comercial” de resistencia cabrona inconsciente a lo corporativo industrial, lo condujo a producir de modo rudimentario carteles, calendarios, manteles y servilletas y un sinfín de objetos “gadget por el gadget del gadget” ligados a su personaje; incluida una autobiografía de Rey Oh Beyve, dibujada como cómic neandertal, escrita con letra de niño de preprimaria y fotocopiada y engargolada como tarea de escuela secundaria, para venderles a los turistas. Así se convirtió en uno de los personajes folclóricos del Mercado 20 de Noviembre y la plaza mayor de la ciudad de Oaxaca; la gente lo esperaba ver y escuchar en el mercado o los restaurantes de la plaza mayor y le compraban con gusto sus nuevos productos; pero tampoco faltaba quien quería meterlo en la cárcel o cosas peores, por vago y borracho, y por lo anómalo de su música, pues le llegaron a pagar mucho dinero con tal que se fuera con su ruido a molestar en otra parte. Lo que desquiciaba a quienes en la ciudad lo consideraban un loco de atar era la calidad y el aprecio de personajes efectivamente considerados como connotados intelectuales, del tipo de Francisco Toledo, Andrés Henestrosa y Rodolfo Morales, como de investigadores y profesores de grandes universidades del país gabacho y las Europas británicas y continentales.
Hoy mismo veo y compruebo que, en un sitio de compra-venta en internet, se subasta por más de cien euros un caset de su Vol. 2 original. El año pasado, en una revista de estudios especializados en sociocultura, se publicó un artículo bien documentado sobre su calidad como artista marginal (y, obviamente, contracultural):
“Construcción de la marginalidad de los músicos callejeros (El caso de Rey Oh Beyve)”, de Natalia Bieletto. También por allí circulan textos serios y bien documentados sobre su música y poesía, sobre su imagen fantástica, sus delirios y etcétera. No se le olvida. Sobrevive. Total, Rey Oh Beyve ya es inmortal: vive después de muerto, su recuerdo perdura. Fue un privilegio considerarme, además de su admirador y estudioso, su buen cuate y nunca, en más de quince años de trato, haber bebido un solo trago de alcohol con él, únicamente hablamos y hablamos, a veces tomando café y siempre de él y su música, la inmortalidad de Rey Oh Beyve, tal como él se la imaginaba y la comunicaba, siempre de modo hermosamente imperfecto, con grietas y polvo. Así ahora compruebo que sus maniáticos y delirantes sueños de fama y gloria se están realizando por completo.
