Por José Mario
La muerte de Jürgen Habermas no es sólo la despedida de un filósofo: es el recordatorio de una pregunta incómoda que atraviesa todo el derecho moderno. ¿Por qué obedecemos la ley? Durante siglos bastó decir: porque lo manda el poder. Habermas rompió con esa idea. Nos recordó algo mucho más exigente: la ley sólo es legítima cuando puede defenderse con razones frente a ciudadanos libres e iguales. Su gran intuición cambió la forma de pensar el derecho constitucional: los ciudadanos no deben ser simples destinatarios de la ley, sino también sus autores. Derechos fundamentales y democracia no compiten; se necesitan mutuamente. Sin derechos, la participación es una ilusión. Sin participación real, los derechos se vuelven promesas vacías escritas en papel. Por eso Habermas sigue siendo tan incómodo para el poder. Porque nos dejó una advertencia que hoy resuena con fuerza: cuando el derecho deja de justificarse públicamente y se reduce a fuerza, propaganda o mayoría momentánea, la democracia empieza a vaciarse por dentro.
