Se llamaba Juana de San José.
El dato no procede de una leyenda construida siglos después. Su existencia quedó registrada en documentos legales relacionados con Sor Juana Inés de la Cruz.
El 24 de febrero de 1669, Juana Inés profesó como religiosa en el convento de San Jerónimo de la Ciudad de México. Al día siguiente, su madre, Isabel Ramírez, formalizó una donación que hoy resulta difícil de leer sin detenerse en sus implicaciones.
Entre los bienes entregados a su hija estaba una mujer esclavizada.
El documento la describe con las categorías raciales utilizadas entonces como una mujer “mulata” llamada Juana de San José, hija de Francisca de Jesús, quien también había sido esclavizada por la madre de Sor Juana.
Así, mientras una Juana comenzaba la vida conventual que le permitiría estudiar, escribir y construir una de las obras literarias más importantes de la lengua española, la otra entraba en ese mismo espacio como propiedad suya.
Aquello no era excepcional dentro de la sociedad novohispana.
Las religiosas con recursos podían disponer de criadas y personas esclavizadas dentro de sus celdas. El convento de San Jerónimo estaba habitado por muchas más mujeres que las monjas profesas: allí convivían religiosas, niñas bajo su cuidado, sirvientas libres y esclavizadas.
Juana de San José permaneció durante años al servicio de Sor Juana.
Después aparece nuevamente en los documentos.
El 19 de mayo de 1683 se concedió a Sor Juana licencia para venderla. Las reconstrucciones biográficas basadas en esos registros señalan que Juana de San José tenía entonces un hijo de pecho y que finalmente fue transferida, junto con el niño, a Josefa María, hermana de Sor Juana, por 250 pesos de oro.
La venta quedó formalizada en la década en que Sor Juana estaba produciendo algunas de sus obras más importantes.
Años después escribiría su célebre defensa del derecho de las mujeres al conocimiento y cuestionaría las restricciones impuestas a su propia vida intelectual.
La historia de Juana de San José obliga a mirar al mismo tiempo otra parte de aquel mundo.
Sor Juana podía desafiar algunos límites impuestos a las mujeres de su época mientras participaba de una sociedad donde la libertad dependía también del origen, la posición social y la condición jurídica.
De Juana de San José quedaron muy pocas palabras.
Pero quedó su nombre.
Y un documento en el que una vida humana aparece valorada en pesos.