VISIÓN ECONÓMICA / Salvador Kalifa
El 2024 fue, como escribí a finales de diciembre, un mal año, no sólo en el terreno de seguridad, sino también en lo económico y político. La criminalidad aumentó, la actividad productiva se estancó, se disparó el déficit público, se vulneró la independencia del Poder Judicial y desaparecieron los contrapesos de los organismos independientes.
Esas son las bases sobre las que arranca este año y, lamentablemente, no hay señales para concluir, como la presidenta Sheinbaum, de que “nos irá requetebién”. La inseguridad seguirá igual o peor por la ineficacia de las políticas gubernamentales, mientras que el desempeño de la economía será muy pobre.
En efecto, las perspectivas económicas para 2025 son, quizá, más sombrías que las del año que terminó. Los Criterios Generales de Política Económica enviados al Congreso en noviembre pasado proyectan un crecimiento de entre 2 y 3 por ciento, lo que por varias razones es casi imposible de lograr.
Primero, el entorno externo no será favorable para nosotros. La economía de Estados Unidos crecerá menos que en 2024 y está pendiente ver qué tan negativas serán para nuestro país las políticas migratorias y comerciales de Donald Trump (DT). Ese contexto frenará las decisiones de inversión de las empresas y perjudicará los ingresos por exportaciones, el turismo y las remesas.
Segundo, el primer año de cada administración es malo, y no tiene por qué ser diferente en esta ocasión. El legado del déficit público más alto del siglo y de una pléyade de empresas improductivas obligará a apretar el gasto y propiciará también un desperdicio de recursos, lo que limitará el potencial de crecimiento de la economía.
Tercero, las amenazas de DT, la creciente inseguridad, las reformas constitucionales que vulneraron al poder judicial y desaparecieron los organismos independientes, así como la terquedad del nuevo gobierno de continuar con las políticas de la 4T, crean bastante incertidumbre entre los inversionistas, lo que disminuirá el entusiasmo por invertir en nuestro país. Esto, a su vez, se traduce, irremediablemente, en un menor ritmo de crecimiento económico.
Cuarto, las tasas de interés van a descender dentro y fuera del país, lo que debería favorecer una mayor inversión y crecimiento, pero me parece que en nuestro caso no será suficiente para contrarrestar los efectos negativos de un presupuesto público menos deficitario y mal asignado, ni para cambiar las perspectivas precautorias y temerosas de los empresarios y los inversionistas.
Los factores anteriores se conjugan para esperar que el crecimiento en 2025 sea inferior al del ya de por sí magro avance del año pasado. Estimo que se ubicará entre 0.5 y 1.5 por ciento, sin descartar la posibilidad de una leve caída. Lo cierto es que, en cualquier caso, el promedio de crecimiento de la economía durante los 7 años de gobiernos de la 4T será menos de la mitad del que se registró durante el menospreciado periodo neoliberal.
Este estancamiento económico ayudará a que la inflación descienda algo más, después de haberse estabilizado alrededor de 4.5 por ciento durante todo el año pasado. Este descenso, sin embargo, no será suficiente para llevarla al 3 por ciento previsto por el Banco de México. Esa meta seguirá siendo, como en casi todos los años desde que se estableció, un buen deseo. Espero, por tanto, que el crecimiento de los precios se ubique entre 3.5 y 4.5 por ciento.
Finalmente, las políticas de la 4T hacen ahora más probable que se registre una reducción en la calificación de la deuda soberana de México, en particular después de que la agencia calificadora Moody’s cambiara su perspectiva de estable a negativa en noviembre del año pasado. De suceder así, México perdería atractivo como destino de inversión financiera y ello presionaría la cotización del dólar que, en ausencia de sorpresas de DT o torpezas adicionales de la 4T, por ahora estimo entre 20 y 22 pesos durante 2025, lo que no ayudará al descenso de la inflación en el país. Sin duda, un requetemal arranque para el nuevo gobierno.
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