El PRI en Veracruz: reconciliación retórica y un futuro sin brújulaExpresión Ciudadana

Carlos A. Luna Escudero

El PRI en Veracruz vuelve a recurrir a su repertorio más conocido cuando atraviesa una de sus etapas más críticas: hablar de unidad, de puertas abiertas y de reconciliación. La frase pronunciada por Adolfo Ramírez Arana al asumir la dirigencia estatal no sonó a renovación ni a fortaleza, sino a urgencia política. Cuando un partido necesita llamar públicamente a quienes se fueron, no lo hace desde la confianza, sino desde el vacío. No convoca porque crezca, convoca porque se encoge.

El acto de protesta, ante una asistencia muy escasa, envuelto en formalismos, discursos correctos y validaciones legales, fue un espejo del PRI actual: mucho protocolo y poca política real. Mientras se hablaba de cohesión interna, la realidad externa seguía intacta: un partido sin narrativa, sin conexión social y sin credibilidad frente a una ciudadanía que hace tiempo dejó de verlo como opción. La legalidad del proceso no puede ocultar la falta de legitimidad política.

La integración de la dirigencia, con Carolina Gudiño Corro como secretaria general, tampoco modificó el escenario. La fórmula fue única no por consenso, sino por desinterés inducido. Nadie quiso —ni pudo— disputar una dirigencia que hoy representa desgaste, no poder.

En el priismo veracruzano ya no hay pugnas intensas porque tampoco hay incentivos reales para competir.

La presencia de Jorge Meade Ocaranza y la mención reiterada de Alejandro Moreno Cárdenas reforzaron la idea de un partido que administra su declive desde la cúpula. Veracruz no es una prioridad estratégica, es un expediente más en la larga lista de entidades perdidas. El discurso de unidad aparece así como el último refugio de un partido que ya no tiene ideas nuevas ni proyecto de futuro.

Detrás de la narrativa de cohesión, el proceso estuvo marcado por una imposición clara. La ausencia de más fórmulas no fue producto de una militancia alineada, sino del control absoluto de la dirigencia nacional. La decisión de imponer a Adolfo Ramírez Arana desde el centro cerró cualquier posibilidad de competencia interna real y envió un mensaje demoledor: en el PRI ya no se elige, se obedece. Cuando un partido cancela su democracia interna, también cancela su viabilidad política.

El llamado a que regresen quienes se fueron no es un gesto incluyente ni generoso; es una confesión de fracaso. Los cuadros no abandonaron al PRI por falta de espacios, sino porque el partido dejó de representar algo más allá de sí mismo. Pretender que la reconciliación interna resolverá la crisis externa es no entender la magnitud del problema.

El PRI no está roto por pleitos personales; está erosionado por una historia de abusos, corrupción y simulación que nunca quiso reconocer.

El liderazgo de Adolfo Ramírez Arana no representa un relevo ni una sacudida política. Es la continuidad de un modelo agotado: obediencia al centro, control interno y ausencia total de autocrítica. Su invitación a “volver a casa” no transmite fortaleza, sino desesperación. Invitar a regresar sin cambiar nada es pedir que se vuelva a un proyecto sin rumbo.

En el caso de Carolina Gudiño Corro, el mensaje es igual de preocupante. Su retorno a una posición clave confirma que el PRI sigue apostando por el reciclaje político. No hay señales de apertura a nuevas generaciones ni voluntad de romper con las prácticas que expulsaron al partido del poder. El PRI se observa a sí mismo y decide no cambiar.

Hablar de reactivar estructuras municipales y seccionales suena a estrategia del siglo pasado. Las estructuras no ganan elecciones cuando no hay causas que defender ni liderazgos que inspiren. El priismo sigue creyendo que la política se mueve por padrones y organigramas, cuando hoy se define por confianza social y coherencia pública.

La promesa de “trabajo permanente” carece de sentido en un partido que lleva años trabajando para perder. La constancia no corrige un rumbo equivocado.

El problema del PRI no es de esfuerzo, es de dirección: no sabe hacia dónde va ni para quién existe.

El discurso confrontacional contra MORENA es automático. Criticar al gobierno es necesario, pero no suficiente para construir alternativa. Decir que “ya nadie quiere a Morena” ignora una verdad incómoda: el PRI fue abandonado mucho antes. Perdió elecciones, pero sobre todo perdió autoridad moral.

La crítica a la inseguridad y al mal gobierno suena legítima, pero también cínica viniendo de un partido que gobernó Veracruz durante décadas sin resolver esos mismos problemas. El PRI exige lo que nunca entregó y promete lo que ya demostró que no supo cumplir.

El rechazo tardío a las coaliciones no explica nada. Las alianzas no provocaron el colapso; solo lo maquillaron. El problema de fondo es que el PRI ya no representa a sectores sociales amplios, no conecta con jóvenes, no interpela a las clases medias y no ofrece una agenda moderna. Habla para su militancia residual, no para la sociedad.

Así, el discurso de recuperación de espacios se convierte en autoengaño. No se recupera lo que ya no tiene sustento social. El PRI sigue hablando como protagonista cuando en realidad se ha convertido en actor secundario, irrelevante en la definición del rumbo político del estado.

La renovación del PRI en Veracruz no marca un renacimiento, sino la prolongación de una decadencia anunciada. Abrir las puertas no sirve cuando ya no hay proyecto que ofrecer ni futuro que compartir. La reconciliación interna puede ordenar la casa, pero no reconstruye la confianza ciudadana perdida.

El partido continúa atrapado en el pasado, utilizando un lenguaje que ya no conecta con una sociedad que cambió de prioridades y expectativas. Sin autocrítica real, sin democracia interna y sin liderazgos creíbles, el PRI carece de horizonte político.

Veracruz no necesita un PRI unido en torno a sí mismo; necesita partidos útiles, con propuestas claras y responsabilidad histórica. Hoy, el priismo veracruzano no cumple con ninguno de esos requisitos.

La retórica de fuerza no sustituye la ausencia de ideas. La nostalgia no reemplaza a la credibilidad. Más que prepararse para ganar, el PRI parece resignado a resistir.

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