Por Guillermo Sheridan
[Nota: Convertir en estatua de mármol a un escritor, o bien tornarlo en villano con poderes más allá de la muerte, es hábito común entre los empeñados en ver la realidad como un combate entre buenos y malos.El aniversario del deceso de Juan Rulfo, ayer cumplido, es oportuno para ofrecer fragmentos de un detallado ensayo de Guillermo Sheridan en torno a la relación entre Octavio Paz y el autor de ‘El Llano en llamas’; relación no exenta de antagonismos y divergencias.]
En una entrevista de 1996, dos años antes de morir, Paz comentó la propensión a la desconfianza y a la malevolencia entre los escritores mexicanos. Sabía de qué hablaba pues las sufría pero, desde luego, también las practicaba. “Todos somos, de una manera u otra, víctimas de la suspicacia, la envidia y el ninguneo”, dijo, y entre escritores es peor: “es natural, viven en un espacio reducido y no tienen más remedio que chocar unos contra otros”. La suma de aislamiento y “estrechez provinciana”, empeorada por la escasez de lectores, ensucia el espacio intelectual y lleva a los escritores al “ombliguismo” y al “cuatachismo”, a crearse un ambiente en el que “cada uno contempla su ombligo con una mezcla de ternura y de horror”.
Quizá la versión más arraigada de esos conflictos en la historia de Paz es la que se ha fabricado en relación con Juan Rulfo. Me referiré a ella…
[…]Que los biógrafos y estudiosos de Rulfo acostumbren aludir a la discordia con Paz para subrayar las virtudes de Rulfo es un flaco servicio a su obvia relevancia. Intriga que el gusto por la narrativa de Rulfo requiera la descalificación de Paz, algo que degrada penosamente ese gusto, pero que parece generar satisfacción. En un libro titulado ‘Pedro Páramo. 60 años’, publicado por la Fundación Juan Rulfo, un señor de nombre José Luis Bobadilla inicia así su escrito: “Hace tiempo publiqué en la revista ‘La Tempestad’ un artículo crítico sobre la obra poética de Octavio Paz. En ella sostenía que el poeta mexicano más importante del siglo XX era Juan Rulfo, y doy mis razones”. Así dijo Bobadilla. Gerardo Cárdenas calculó que en el 90% de las notas periodísticas sobre el centenario de Rulfo se mencionaron sus desavenencias con Paz. Esto no sólo es contradictorio, sino contraproducente: como querer a una persona no por ser esa persona, sino por no ser otra. Un profesor de literatura de la Universidad de Cambridge, Stephen Boldy, en el segundo párrafo de su libro ‘A Companion to Juan Rulfo’, lo contrasta con “el poeta y ensayista Octavio Paz, que odiaba a Rulfo y se abstenía de escribir sobre él”. What? Sería bobo, de no ser ese libro una introducción a Rulfo muy leída en las escuelas. Luego agrega que la personalidad de Rulfo “lo excluía del poder público y el privilegio que disfrutaban otros intelectuales como Octavio Paz, con quien compartía un odio recíproco y virulento”. Este cómic del Paz privilegiado por el poder que “odiaba” al Rulfo humilde y marginal se convirtió en un salmo que entona feliz un coro simplón. El periodista Jaime Avilés los caracteriza en 1981: Rulfo “llevaba una vida discreta, entregado a su familia, a su granja” mientras que Paz era “el poeta oficial del Estado” gracias a sus “contactos con los poderes institucionales y metaconstitucionales”. He ahí la puesta en escena: ¡El modesto granjero contra el poderoso cacique! ¿Quién ganará?
[…]La ficción en el sentido de que Paz “se abstenía” de escribir sobre Rulfo, como escribe el profesor Boldy, y su variante posterior […], la que dice que Paz se empeñó en “disminuirlo” y opacarlo, es curiosa: se critica a Paz por dizque controlar la cultura y se le recrimina no escribir sobre Rulfo, es decir, no controlarla mejor. Una ficción que es además insostenible, por más que la repitan los comisarios y la consuman los crédulos, porque los hechos son otros:
—En 1955, luego de leer ‘Pedro Páramo’, es Paz quien propone a Rulfo para el recién creado Premio Villaurrutia. En una carta de 1956, Paz le cuenta a Carlos Fuentes que va a ver en Nueva York a James Laughlin, el director de la editorial/revista New Directions, para proponerle libros de México: “Rulfo en primer término” (y luego, a Arreola, Fuentes, Elena Garro, Jaime Sabines y Tomás Segovia) y le pide a Fuentes que le envíe “varios ejemplares” para buscarle traductores y editores.
—En 1957, consta en los archivos de la Fundación Rockefeller que Paz abogó insistentemente en favor de que se le otorgue y/o renueve la beca a Rulfo, a pesar de la renuencia de los supervisores estadounidenses por su alcoholismo. Los papeles internos de la Fundación registran un testimonio en el que Paz dice:
“Juan Rulfo y Adolfo Bioy Casares en Argentina, dos jóvenes talentos creativos de primera clase, están absolutamente sin conexiones institucionales”. Paz dijo que la mente académica parecía totalmente incapaz de entender a una persona como Rulfo quien, ciertamente era un poco alcohólico, porque era una personalidad neurótica, pero que esto no significaba que no fuera un buen marido y un buen padre: Paz observó que la forma en que Rulfo proveía —o no proveía— a su familia era una preocupación agobiante para él. Dijo que escritores como Rulfo claramente se beneficiaban de becas, como se podía ilustrar por su producción durante el periodo en que fue becario del Centro [Mexicano] de Escritores, la única vez en su vida que ha estado relativamente libre de preocupaciones financieras, y tuvo tiempo para escribir.
—En 1958, le propone “Luvina” a Roger Caillois, que buscaba un texto en español de América para su antología ‘Fantastique, soixante récits de terreur’. También en 1958, Claude Couffon entrevista a Paz para la revista parisina ‘Les Lettres Nouvelles’ y, de nuevo, Paz traza el horizonte de las letras mexicanas:
“Según mi opinión, los talentos más originales aparecen hoy en el sector literario. Creo, por ejemplo, que Juan Rulfo, quien se impuso desde su primer libro de cuentos, ‘El Llano en llamas’, es un artista verdaderamente dotado. Su novela ‘Pedro Páramo’ trata también el tema de la muerte, pero con un lenguaje extraño y seductor. Desde las primeras páginas, Rulfo nos presenta a un campesino que va por un camino y pregunta por cierto pueblo a la gente de la región; poco a poco nos damos cuenta de que se trata de un muerto que va en búsqueda de su familia, muerta también.
Ese mismo año, Luis Suárez le pregunta a Paz por “lo más interesante de lo nuevo en la literatura mexicana” y Paz dice: “creo que Rulfo”. Suárez inquiere si no hay conflicto entre lo moderno y “la literatura localista”, y Paz responde: “En el caso de Rulfo podemos decir que ha tomado la técnica moderna. Pero nunca hubiera hecho una obra interesante sin tener un drama propio y talento personal”.
—En 1959, Paz selecciona a los autores para un número de ‘Evergreen Review’ dedicado a México e incluye fragmentos de ‘Pedro Páramo’, traducido (bastante mal) por Lysander Kemp, amigo de Paz y su traductor también.
—En 1960, Paz escribe “Paisaje y novela en México: Juan Rulfo”:
Si el tema de Malcolm Lowry es la expulsión del Paraíso, el de la novela de Rulfo, ‘Pedro Páramo’, es el regreso. Por eso el héroe es un muerto: sólo después de morir podemos volver al edén nativo. Pero el personaje de Rulfo regresa a un jardín calcinado, a un paisaje lunar, al verdadero infierno. El tema del regreso se convierte en el de la condenación: el viaje a la casa patriarcal de Pedro Páramo es una nueva versión de la peregrinación del alma en pena. Simbolismo (¿inconsciente?) del título: Pedro, el fundador, la piedra, el origen, el padre, guardián y señor del Paraíso, ha muerto; Páramo es su antiguo jardín, hoy llano seco, sed y sequía, cuchicheo de sombras y eterna incomunicación. El Jardín del Señor: el Páramo de Pedro.
—En 1961, saluda a Rulfo como “autor de una de las pocas obras maestras de la literatura latinoamericana” y, en su calidad de jurado, lo propone para el Premio Formentor en Mallorca (que acabó por ganar Borges, pues el jurado decidió que premiar a Rulfo “sería prematuro”). Ese mismo año, en carta a Jaime García Terrés, Paz le comenta sus afanes para lograr que la editorial Denoël publique a Rulfo en su colección ‘Les Lettres Nouvelles’.
—En 1966, dice que “dos de las mejores novelas de la nueva literatura mexicana suceden en provincia”: ‘Al filo del agua’, de Agustín Yáñez, y ‘Pedro Páramo’, que es “una de nuestras pocas obras maestras”, la cual, de acuerdo con Paz, abrió la puerta que permitió a los narradores subsecuentes “explorar el tema de la ciudad”.
—En 1968, en “Poesía y metafísica”, una entrevista con María Embeita, Paz pone a Rulfo entre los escritores para quienes “el lenguaje es central: no el lenguaje como una dimensión del hombre, sino el hombre como un ser verbal”.
También en 1968 le escribe a José Luis Martínez que Rulfo y Fuentes son los primeros novelistas mexicanos que aprovechan la lección de la poesía: se dan cuenta de que “la novela es un género poético” y, por ello, “representan un cambio radical: son los primeros que conciben a la novela como un organismo verbal regido por leyes propias, aunque análogas a las del poema lírico”.
—En 1970, incómodo con la idea de que las letras mexicanas estén representadas por Salvador Novo y Martín Luis Guzmán, le escribe de Inglaterra a Carlos Fuentes:
Hace unos días me dijo Monsiváis: “Hay que creer en la literatura mexicana”. Sí, hay que creer en Sor Juana y en Rulfo, en Reyes y en Villaurrutia, en López Velarde y en Fuentes —hay que creer en ellos con la misma pasión con que argentinos y cubanos, peruanos y chilenos, creen en los suyos. Con la misma pasión y con mayor lucidez.
También en 1970, en la extensa entrevista con Rita Guibert, Paz declara que “Rulfo es uno de los fundadores de la nueva literatura hispanoamericana”.
El mismo año, le dice a Julián Ríos “Yo creo que la novela de Rulfo es una de las novelas perfectas de la literatura hispanoamericana”, y agrega:
¿Tú sabes cómo se llamaba originalmente la novela de Rulfo, ‘Pedro Páramo’? Se llamaba ‘Los murmullos’. Era un título exacto porque la novela ¿qué es? Son los ruidos verbales que hacen los muertos. Lo que escucha Pedro Páramo es un diálogo de muertos; está oyendo las frases de los muertos, las frases que se han quedado en el aire…
Paz piensa que Rulfo es un escritor más auditivo que visual, que en su obra “la oreja es más importante que el ojo” y que “el murmullo, el sonido de las voces, son más importantes que las imágenes visuales”.
Y todavía en el mismo año, en otra entrevista, afirma: “Rulfo es otro de los grandes escritores de mi generación. Un poeta: su español es una creación personal”.
—En 1972, reitera que Juan Rulfo “es el autor de una de las pocas ‘obras maestras’ de la literatura latinoamericana”.
—En 1975, evoca su regreso a México en 1953, luego de diez años, cuando se encontró con “una nueva generación, muy distinta a la que había dejado”. Se había ido todavía como escritor joven y ahora le encantaba estar entre iguales como Juan Rulfo (“que había ya escrito sus obras maestras”), Fuentes, Tomás Segovia y Montes de Oca. Y celebra haber sido compañero de beca de Rulfo en El Colegio de México.
—En 1989, todavía declara que Rulfo es uno de los mayores novelistas de América Latina, que además dio “una lección de concisión a la mayoría de los latinoamericanos que tienden a hacer novelas muy largas, a veces demasiado largas”.
—En 1992, dijo: “no tengo dudas sobre su valor [de Rulfo] aunque me parece excesivamente inflado por el nacionalismo mexicano”.
—Finalmente, en 1996, todavía se ufana ante Silvia Cherem de haber contribuido “a que Rulfo fuese traducido al inglés y al francés”. […]
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La liga al ensayo, en los comentarios.
En la foto: Arnaldo Orfila Reynal, Juan Rulfo, Marie José y Octavio Paz en la presentación de ‘Corriente alterna’ (1967).