Del archivo histórico: el funeral de José Revueltas

En 1976, Revueltas morirá de un puñado de males: un infarto, un derrame cerebral, una anemia, una pancreatitis. En un texto datado el 14 de junio de 1974 se leen estas líneas: “Todos somos una falsa alarma. Somos Tlatelolco. No puedo conmigo. Soy una cruz hablando. De la muerte, no; sálvame de la vida”. Recordó aquella vez cuando, a los 10 años, salió del Colegio Alemán y cruzó hacia el callejón de La Romita. Los enfermos, los muertos, los agonizantes a las puertas de las clínicas. Los borrachos, los ladrones, las prostitutas a las puertas de las cantinas. Esa mañana, según lo dice un Revueltas a punto de morir, conoció lo que se llamaba la humanidad. “Todo ahí era tristeza descarnada, hielo mortal”.

En el funeral de José Revueltas en el Panteón de La Piedad, el secretario de Educación de Luis Echeverría, el que había complotado con Gustavo Díaz Ordaz para asesinar y detener a los estudiantes de 1968, Bravo Ahuja, se presenta a dirigir un discurso sobre los Revueltas, sobre la vocación cultural del gobierno priista, de lo atentos que están los burócratas a las obras de José.

Martín Dozal, el compañero de celda de Revueltas en Lecumberri, le espeta al secretario de Educación:

–¿No se da cuenta de que no queremos oírlo, señor?

Es cuando suenan los versos de Violeta Parra:

Yo quiero que a mí me entierren

Como un revolucionario

Envuelto en bandera roja

Y con mi fusil al lado.

Yo quiero que a mí me entierren

Como a un revolucionario

En el vientre oscuro y fresco

De una vasija de barro.

Terminando estos versos se escuchan las consignas “Viva Revueltas” “Muera el mal gobierno” y “hay que despedirlo como un revolucionario” por lo que uno a uno los asistentes al funeral entonan La Internacional, el himno de batalla que marcó toda la vida de José Revueltas.

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