KRAUZE Y AGUILAR CAMÍN, ESOS VIEJOS INTELECTUALES…

Diego Vega

En el México de la Cuarta Transformación, el papel de los intelectuales que durante décadas ocuparon el centro del debate público se ha reducido de manera evidente. Figuras como Enrique Krauze y Héctor Aguilar Camín, antes referentes casi obligados de la crítica y la interpretación política, operan hoy en un ecosistema que ya no los necesita ni los sostiene como antes. El cambio no es solo ideológico: es material, simbólico y generacional.

Ambos enfrentan a un gobierno que se autodefine como de izquierda, que encabezan Andrés Manuel López Obrador y la presidentA Claudia Sheinbaum Pardo, que rompió deliberadamente el entramado de apoyos, interlocuciones privilegiadas y recursos públicos con los que sobrevivía buena parte de la intelectualidad del periodo neoliberal. Su rechazo a la 4T no puede separarse de ese hecho: no solo critican un proyecto político, sino uno que les quitó centralidad, influencia y financiamiento.

Krauze nunca fue un intelectual de masas. Su influencia operó, y sigue operando, hacia élites políticas, empresariales y culturales, a través de espacios como Letras Libres. Su función ha sido ofrecer marcos de interpretación “respetables” para una oposición que carece de base social amplia. Hoy conserva visibilidad, pero su impacto es indirecto y limitado: ordena discursos, no voluntades.

El caso de Aguilar Camín es más revelador. Construyó su autoridad desde una izquierda liberal que supo convivir con el Estado. Nexos fue durante años un espacio central de interlocución entre poder y cultura. La 4T rompió ese arreglo y lo dejó desanclado, sostenido más por prestigio acumulado que por incidencia real.

¿A quiénes hablan hoy? No a las mayorías que sostienen electoralmente al gobierno, ni a los jóvenes. Hablan a minorías, a una oposición sin pueblo y a circuitos internacionales. Sus opiniones no erosionan de forma significativa a la administración actual; funcionan más como señales identitarias que como herramientas de persuasión política.

No son completamente obsoletos: siguen siendo útiles para élites económicas y grupos conservadores que necesitan un ropaje intelectual para su rechazo a la 4T. Pero su papel es hoy secundario y defensivo.

La persistencia de estas figuras se explica también por la ausencia de un relevo generacional en la derecha mexicana, incapaz de romper con su pasado neoliberal y producir un pensamiento nuevo. Paradójicamente, la izquierda vive un problema similar: al gobernar, ha sustituido al intelectual crítico por el operador simbólico, priorizando lealtad y eficacia discursiva sobre reflexión incómoda.

El resultado es un paisaje empobrecido: viejos intelectuales que sobreviven sin hegemonía y nuevas voces que administran símbolos sin arriesgar ideas. Krauze y Aguilar Camín ya no organizan el sentido común nacional, pero persisten como eco de un orden perdido y como síntoma de una crisis intelectual más amplia en la política mexicana.

Don Diego de la Vega.

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