Diego Vega
“Dos esferas minúsculas por ojos, las pestañas ralas, a la intemperie los dientes grandes y desiguales, la piel amarilla, salpicada de lunares cafés, gruesos los labios y ancha la base de la nariz, así era Don Gustavo Díaz Ordaz. Algunas veces bromeaba acerca de su fealdad, pero si alguien le seguía el juego, estallaba su ira. Irritable, se vigilaba; desconfiado, se mantenía al acecho. Agobiado los últimos años de su vida, después de la tragedia de 1968 resguardó su intimidad. La fortificó tanto que hizo de ella una cárcel. Allí murió.
Un día me dijo que era una espina y sudaba hasta empapar la camisa.
– No le creo – le dije.
– Sudo como un gordo.
– ¿Usted?
– Me consumo.
Otro día me confió de su paso por la Secretaria de Gobernación, un pasatiempo en comparación con su responsabilidad de esos días: presidente de México.
– En términos humanos, no políticos ni histórico, ¿Cuál es la diferencia? -le pregunté.
– Las cuerdas.
– No le entiendo, señor presidente.
– El secretario de Gobernación boxea es en un ring protegido por cuerdas. El presidente de la República pelea en un ring sin cuerdas. Si cae, cae al vacío.
Me miró a los ojos.
– No puede caer.
– ¿Y si lo tocan?
– No puede caer, le digo.”
Julio Scherer.
Los Presidentes.
Random House Mondadori.
Z…

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