La ingenuidad del disidente.

Gamaliel Sánchez Salinas*

A Marx Arriaga no lo despidieron: lo arrojaron por la puerta trasera. Sin comunicado digno. Sin defensa institucional. Sin la épica que él mismo ayudó a construir desde la Dirección de Materiales Educativos. El ideólogo de los nuevos libros de texto, el cruzado contra el “neoliberalismo pedagógico”, terminó pagando la factura más vieja del poder: la disciplina interna no se discute, se obedece.

Arriaga fue útil mientras disparó hacia afuera. Contra académicos, contra críticos, contra padres inconformes, contra cualquiera que cuestionara el rediseño curricular. Pero el problema comenzó cuando la crítica cambió de dirección. Cuando dejó de ser bala contra la oposición y empezó a rozar la estructura del propio gobierno. Ahí se acabó la tolerancia.

No fue una diferencia técnica. Fue un gesto político. Cuestionar la conducción de la SEP y la autoridad que hoy representa Mario Delgado no era un debate pedagógico: era una herejía interna. Y las herejías, en los movimientos verticales, se castigan.

Lo verdaderamente llamativo no es su salida. Es su sorpresa. Arriaga creyó —ingenuamente— que la libertad de crítica que se exige en el discurso público también operaba dentro del aparato. Pensó que formar parte del proyecto le daba margen para disentir. Supuso que la transformación incluía pluralidad interna. Error de cálculo.

El poder, sea del color que sea, no tolera fisuras públicas en su propia narrativa. Menos cuando el discurso oficial está construido sobre la idea de cohesión moral. La lealtad no es un valor accesorio: es condición de permanencia.

Hay algo casi irónico en todo esto. El funcionario que descalificó a críticos por “conservadores” terminó enfrentando el mismo mecanismo que ayudó a consolidar: la cancelación interna. Sin debate, sin matices, sin derecho a réplica.

La política mexicana no cambia de naturaleza por cambiar de eslogan. Cambian los protagonistas, no las reglas. Y la regla es clara: puedes confrontar al adversario, pero no incomodar al jefe.

Marx Arriaga apostó por una pedagogía combativa. Lo que no entendió es que la política no es un aula de discusión, es una estructura de mando. Y cuando el mando se siente cuestionado, la puerta se abre hacia afuera.

Sin aplausos, sin despedidas, sin épica. Así terminan las ingenuidades en el poder.

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