- La historia de María Jerónimo Morales, la humilde “canastera ultimada a balaz0s en el centro de la ciudad de Acayucan.
- Acayucan María: El fracaso de una política de seguridad y una tragedia llamada pobreza
Por Enrique Quiroz García // (Reportaje de El Manifiesto Noticias)
Acayucan, Ver. – En Acayucan los pobres velan y entierran a sus muertos sin el apoyo institucional, tal vez porque aquello de “Primero los pobres” es sólo un eslogan de campaña que enriquece a quienes llegan al poder y a sus familiares…
“Se despertaba a las cinco de la mañana para ir a la terminal a buscar su mercancía, de ahí, -yo la llevaba todos los días- la dejaba en la terminal y yo me venía al Mercado Miguel Alemán a atender el puesto y ahí la esperaba que ella llegara con la mercancía; esa era la rutina de todos los días, y vendíamos desde la mañana hasta las cinco de la tarde, y es que nos veníamos a casa otra vez”, comenta entre sollozos su hija Sarai, asida a una fotografía que abraza contra su pecho como el recuerdo vivo de su madre María Jerónimo Morales.
Uno de los nueve hermanos de María nos comenta que, Sarai llevaba en una motocicleta a su madre todos días a buscar las verduras que luego expendía en la banqueta de la calle Juan de la Luz Enríquez frente al Mercado Miguel Alemán Valdés en el centro de la ciudad de Acayucan.
La familia de María Jerónimo Morales pertenecen a la iglesia Pentecostés, religión que profesaba la hoy finada desde muy joven, casi niña, nos explica su hermano.
La víctima colateral que tras las balas recibidas en su humanidad cayó de cruces al cielo junto a su canasta con productos del campo, calzada de humildes chanclas que quedaron en vilo a la guarnición y arroyo vehicular, vivió toda su vida en la Prolongación Juan de la Luz Enríquez en la colonia Vicente Lombardo Toledano, una de las colonias que forman parte de los cinturones de pobreza de la ciudad de Acayucan, como si el tiempo en ella se hubiera detenido.
“Nosotros vivíamos normal, trabajando, fuera lluvia, fuera sol, nosotras siempre andábamos juntas para todos lados. Trabajábamos ahí en el puesto, ahí en el mercado; y así era la rutina, una no salía si no salía la otra. Siempre andábamos juntas, fue sufrido llegar hasta ahí. Siempre ella trabajó, para nosotros, para mí y mi hermano. Mi papá vive, pero ellos ya estaban separados. Yo siempre dije que a mí me tocó la mejor mamá porque ella se quitaba el bocado de la boca para darnos a nosotros; y ella trabajó desde muy joven: primero vendía por las calles, por las casas, vendía carne de chinameca, longaniza, lo que era perfumes de catálogo, y, desde muy chicos ella nos llevaba, yo estaba más chica y mi hermano estaba más grande y así de pequeños nos llevaba a vender con ella, hasta que llegó a tener un lugar ahí, en el mercado”, comenta Sarai. Junto a nosotros, dos jóvenes descansan en una de las camas apiladas en el pequeño cuarto de láminas y retazos de madera aledaño a la entrada principal donde descansa María al interior del féretro flanqueado de flores de olores fúnebres. Sobre la caja mortuoria se aprecia una jícara de plástico con algunas limosnas depositadas por los vecinos y amigos de la familia. Afuera de la humilde vivienda hecha de paredes de láminas y retazos de maderas carcomidas por las polillas, una carpa y sillas de plásticos con algunos vecinos, velan el cuerpo sin vida de la humilde canastera.
María tenía ocho años de vender verduras en el centro de la ciudad de Acayucan, nos relata su hija.
“Hubo pobreza; como toda mamá nunca nos negó nada, como podía ella nos daba las cosas, como mamá para mí fue la mejor; siempre agradecí a dios porque nos tocó una buena madre, que no nos abandonó y lo poco o lo mucho que nos pudo dar fue de corazón. Ella siempre fue buena, noble, como cualquier persona, lo que ella tenía, ella lo compartía, así fuera poquito o fuera mucho ella lo compartía. No le importaba, ella sabía compartir; de esa manera era muy noble mi mamá”, cuenta entre sollozos Sarai, en tanto, unos niños duermen en unos asientos frente al féretro. Afuera de la casa, el murmullo de mujeres que preparan los alimentos para los convidados al velorio de María, se escucha tenue y vacilante.
El sol, pleno de mediodía se apodera de la ciudad. Ahí, en la calle Juan de la Luz Enríquez el silencio es avasallador. La arquitectura de la soledad se entreteje en los renglones inciertos de la polilla que hace polvo de la madera y convierte en olvido el recuerdo.
Sarai, relata:
“Cuando éramos más chicos nos marcó la pobreza, porque ella sufría mucho con nosotros al separarse de mi papá, y este, toda su vida ella trabajó, desde los 8 años ella trabajó, y así fue trabajando hasta el día en que pasó lo que pasó. Hasta el último día de su vida ella trabajó.
María fue analfabeta. No fue a la escuela. De cinco hijos, sólo Sarai tiene una carrera profesional, es licenciada en derecho. Su madre la impulsó a través de la venta de verduras que albergaban en las canastas. María no quiso que su hija tuviera el destino suyo.
“Yo la ayudaba toda la semana en el negocio, estudiaba los domingos. Poco a poco fuimos pagando la carrera, tuve una beca del 55 por ciento. Fui la única de los cinco hermanos que tiene licenciatura, mis hermanos tienen secundaria y preparatoria. Gracias a ese trabajo. Trabajábamos bajo la lluvia, el frío. Yo era la que estaba con ella todo el tiempo”, comenta Sarai a este reportero. Un bebé en brazos de un familiar balbucea al tiempo que mueve sus manos hacia ninguna parte.
“De las autoridades municipales nadie nos ayudó, nadie se ha acercado, nosotros nos hemos cooperado para el féretro y todos los gastos. No hay palabras para explicar el momento, la tragedia que ha pasado y que ella esté dentro de ese féretro, no encuentro la manera de…no sé si sentir tristeza, coraje, la verdad no lo asimilo”, expresa la hija de María mientras aprieta contra su pecho el retrato.
En la humilde vivienda edificada con tablas y láminas, luce en su entrada una lona propagandística de cuando el actual presidente municipal era candidato de morena rumbo a la presidencia municipal de Acayucan. Desde los primeros días del gobierno de la llamada Cuarta Transformación en Acayucan, se han registrado ejecuciones, comercios incendiados, asaltos a mano armada. El homicidio de María se registró en el último día del mes de febrero. El gobierno municipal de Acayucan no ha dado un posicionamiento sobre este hecho.
La mañana del pasado sábado 28 de febrero María Jerónimo Morales de 50 años de edad, recibió varios impactos de bala durante un ataque a quien fuera su pareja, William Domínguez Martínez, quien fue alcanzado por las balas, pero libró a la muerte. Los motosicarios huyeron tras dejar sin vida a la humilde vendedora de verduras y herido a su pareja, el cual fue trasladado a un nosocomio local por paramédicos de protección civil.
En un rincón de la banqueta que fuera el lugar de trabajo de María, alguien le encendió veladoras, dejó un ramo de flores y una cruz de cal sobre la sangre derramada.



