Ventanas culturales

Eduardo Caccia

Una sociedad tiende a expresar su forma de ser, más en los gestos cotidianos que en los formales. Lo que sucede en la calle es una ventana más ilustrativa que lo que pasa en la Constitución. En el gran escenario que es el espacio público ejercemos no sólo nuestra forma de ver la vida, sino la manera en que nos relacionamos con los demás y con los diferentes ordenamientos, escritos y no escritos. Es en la gestión de la vida cotidiana donde se conocen los códigos culturales que forjan el comportamiento individual y colectivo.

Existen teorías de toda índole. En Estados Unidos, por ejemplo, se habla de la “Teoría del carrito de supermercado”, una hipótesis que pretende definir la clase de persona que somos a partir de lo que hacemos con el carrito una vez que lo desocupamos. El planteamiento es marcadamente binario: si lo devuelves a su lugar, eres buen ciudadano; si lo abandonas en el estacionamiento, careces de civismo. La fuerza del argumento radica en que se trata de un gesto sin castigo ni recompensa: una acción mínima que, según sus defensores, revela nuestro grado de corresponsabilidad cívica.

El tema ha suscitado debates entre especialistas del comportamiento humano. La mayoría coincide en que no existe una correlación fiable entre lo que alguien hace con el carrito y el tipo de persona que es. La conducta, sostienen, responde más a factores contextuales que a convicciones morales: no es lo mismo un estacionamiento con personal encargado de recogerlos que uno donde el usuario debe hacerlo por sí mismo; tampoco es irrelevante la sensación de vulnerabilidad que algunos experimentan en esos espacios. Así, el gesto deja de ser un indicador ético y pasa a inscribirse en un marco cultural que termina imponiéndose incluso sobre cualquier norma formal que obligue a devolver el carrito.

En México abundan pequeños gestos que nos retratan de cuerpo entero. Son ventanas culturales: a través de ellas entendemos por qué actuamos como actuamos. Ahí está, por ejemplo, nuestra administración simbólica del tiempo, condensada en esa unidad metafísica, casi etérea, que llamamos “ahorita”. Puede significar ahora mismo, dentro de cinco minutos o nunca. No expresa cronología, sino negociación; no fija límites, los estira. Si existiera un campeonato mundial en esa disciplina, competiríamos con ventaja. Frente a culturas de puntualidad literal, el mexicano suele sentirse constreñido, incluso ofendido. Recuerdo que, cuando vivía en California, unos vecinos nos invitaron a cenar y especificaron no solo la hora de llegada, sino también la de término de la velada. Aquello, más que invitación, me supo a contrato.

En el universo cultural de un mexicano nada hay más maleable que el significado de las palabras. El “No” nunca es definitivo y el “Sí”, aunque sea afirmativo, siempre es condicional. Para eso somos maestros en el uso de los diminutivos: un “poquito” o “tantito” nunca tienen una medida precisa, si la tuvieran dejarían de ser recursos útiles. Son expresiones que hemos adoptado porque tienen un significado abierto: pertenecen al mundo de la ambigüedad. En esa indefinición nos sentimos cómodos.

Entre los rasgos cotidianos que parecen intrascendentes, pocos revelan tanto como nuestra incapacidad para advertir la contradicción central de la sociedad mexicana: aspiramos a ser un país con Estado de derecho mientras saboteamos, en lo pequeño, cualquier intento por construirlo. Nos asumimos víctimas, pero actuamos como victimarios. El ejemplo más evidente ocurre precisamente en el espacio público: el cumplimiento selectivo de la normatividad vial. Despreciamos la ley y sus señalamientos (conductores y peatones por igual) y no advertimos la relación entre una “pequeña” infracción y la cultura de ilegalidad que padecemos. Amparados en el “todos lo hacen”, perpetuamos el desorden y aguardamos que alguien más venga a imponer la ley que nosotros mismos eludimos, respaldados por la nefasta cultura de impunidad.

Resuena aquí el cuento donde dos peces jóvenes nadan y un tercero, más experimentado, les pregunta: “¿Qué tal está el agua?”. Desconcertados, responden: “¿Qué es el agua?”. Como le escuché decir a un buen amigo, México será mejor cuando haya mejores mexicanos. De ese tamaño es el desafío.

@eduardo_caccia

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