- Aun cuando la Constitución diga que tenemos derechos y garantías y que el Estado es su custodio, la realidad lo niega. Desde hace años los mexicanos vivimos un estado de excepción absoluto.
Javier Sicilia
Uno de los síntomas de la profunda crisis civilizatoria que vivimos puede resumirse en la famosa frase que López Obrador pronunció el 6 de abril de 2022: “No me vengan con que la ley es la ley”. Independientemente de las motivaciones que llevaron al entonces presidente a pronunciarla, la frase expresa la temperatura de nuestra época: vivimos una especie de “estado de excepción” en el que, al menos en México, la ley ha dejado de operar y la restricción de nuestras libertades civiles no la ejerce el soberano en su condición de presidente o presidenta y en acuerdo con el Poder Legislativo, como lo señala el artículo 29 de nuestra Constitución, sino poderes de todo tipo diseminados a lo largo y ancho del territorio nacional.
Aun cuando la Constitución diga que tenemos derechos y garantías y que el Estado es su custodio, la realidad lo niega. Desde hace años los mexicanos vivimos un estado de excepción absoluto bajo el cual se nos puede secuestrar, desaparecer, matar, bloquear el libre tránsito, amenazar, extorsionar…, sin que el Estado haga otra cosa que mentir, maquillar cifras, controlar daños, cobijar criminales, dar espectáculos mediáticos como la captura y la muerte del Mencho, y perpetuar la excepcionalidad. La ley, como decía nuestro excelso prócer, no es la ley; cada vez lo es menos. Arrancada de las manos de la soberanía, la prerrogativa de la excepción dejó de ser facultad del Estado para pasar a manos de los poderes del dinero y de las armas, de los que el propio Estado es rehén y cómplice.
A falta de algo que defina este nuevo “estado de excepción”, encuentro la palabra “caos” (“abismo”, “espacio que se abre”).
La filosofía griega lo define como “una masa de materias sin forma”; su mitología, que como toda poesía es siempre más profunda, lo concibió como una deidad que carecía de culto y personalidad y representaba la oquedad desordenada que existía antes de la creación del mundo. Caos, dice el mito, engendró con Caligine (“la Oscuridad”) a Nyx, la diosa de la noche, y a Erebo, el dios de las tinieblas. El Génesis, de la tradición judeocristiana, lo nombra con las palabras tohu (“desorden”), bohu (“vacío”) y choshek (“tinieblas”, “oscuridad”): “la tierra –dice la traducción de Reina-Valera– estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo”.
Al articular la palabra, dice también el Génesis, Dios sacó al mundo de ese abismo y creó lo claro y lo distinto; el arriba y el abajo; en síntesis, el sentido. El Evangelio de Juan, dando una vuelta de tuerca al verbo creador, dice que la palabra es Dios hecho hombre; el prójimo, a quien debemos amar y respetar. Los griegos, al menos en la tradición socrática, formulan algo semejante: mediante el diálogo, la palabra compartida, puede accederse a la verdad, es decir, al conocimiento de lo humano y del mundo.
Pero en nuestra época la palabra, tanto en el sentido socrático como en el judeocristiano está manida y rota. No es el producto de una dictadura, cuyo soberano tiene un rostro y determina la forma de la excepción –los Lager nazis o los gulags soviéticos son su paradigma– que puede combatirse; tampoco un estado de sitio, cuya excepcionalidad tiene a la vez rostro y caducidad. Es el caos, cuya soberanía carece de forma y hace de la excepción la regla que ejerce de manera aleatoria en cualquier sitio y a cualquier hora. Ronda las calles, las carreteras, los hogares, las escuelas y las universidades; habita tanto en las casas de seguridad y los mal llamados “campos de reclutamiento” clandestinos, como en las procuradurías, los juzgados, los partidos, los aparatos de gobierno y los discursos vacíos de los políticos, las partidocracias y las redes sociales. Nadie está a salvo de su poderosa arbitrariedad. Habitamos, como decía Georges Steiner, “la gramática de lo inhumano”. En ella, donde la conversación se ha vuelto un parloteo sin dirección ni sentido, las palabras no pueden transmitir el latido ni la zozobra del dolor humano. “La ley no es la ley”, dice el caos; dice también, “Tú no nos conmueves; eres nada, nadie; un insumo de nuestro poder y dominio”. En un mundo así, todos estamos amenazados y en constante terror y peligro de ser uno más de los cientos de miles de seres que han sido privados de su vida, de su libertad, de su derecho a existir, a morir y a ser velados y enterrados por los suyos.
Nos precipitamos así en un abismo cuyo fondo, como lo señalaban los griegos y la tradición judeocristiana, es la oscuridad y la nada, una masa de materia sin forma, un “polvo sin mundo”, dice el poeta, el desorden que existía antes de la creación.
Aunque la palabra moleste a nuestra sensibilidad que suele ocultar el horror bajo el chismorreo y la frivolidad mediática, hay en todo esto un tufo apocalíptico.
¿Puede impedirse? Sí, pero a condición –se ha repetido infinidad de veces– de aceptar que esa es la realidad del país, que hay que unificar sus partes sanas y hacer una política integral de seguridad que, con apoyo de la comunidad internacional, construya mecanismo de verdad y justicia que refunden al Estado y la soberanía de la ley. Fuera de ello, el imperio es el caos, la brutalidad, el sometimiento, la indefensión y la muerte de lo humano.
Además, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a México.

