(unamglobal.unam). – Si los pastizales se degradaran o desaparecieran, una parte importante del carbono almacenado en sus suelos podría liberarse a la atmósfera en forma de dióxido de carbono, lo que contribuiría al calentamiento global. A diferencia de muchos ecosistemas forestales, en los pastizales la mayor parte del carbono no está en la biomasa aérea, sino en el suelo, particularmente en las raíces y en la materia orgánica subterránea, que puede extenderse a profundidades de más de un metro, dependiendo de la especie y del tipo de suelo.
A lo largo del tiempo, los pastizales han sido ecosistemas donde habitan numerosas especies de plantas, insectos, aves y mamíferos, ya que ofrecen alimento, refugio y espacios de reproducción.
En estos ecosistemas la precipitación es variable y, en muchas regiones, limitada. Sin embargo, las raíces profundas y densas de los pastos mejoran la estructura del suelo, incrementan su capacidad de infiltración y favorecen la retención de humedad, lo que permite que la vegetación rebrote después de periodos secos. Más que “almacenar agua” directamente, las raíces contribuyen a que el suelo funcione como una esponja natural que retiene y distribuye la humedad.
Ante la amenaza del cambio climático y el sobrepastoreo —es decir, cuando la carga ganadera supera la capacidad de recuperación del pastizal— la cobertura vegetal disminuye, el suelo se compacta y se pierde biodiversidad. Cuando las plantas mueren y no se regeneran adecuadamente, también se reduce la actividad biológica del suelo, afectando microorganismos, insectos y otros organismos subterráneos que sostienen el funcionamiento del ecosistema.
En consecuencia, disminuye la infiltración de agua y aumenta la escorrentía superficial, lo que favorece la erosión. Esto no significa que “ya no se capte agua”, sino que el suelo pierde eficiencia para infiltrarla y almacenarla, afectando la recarga de acuíferos en ciertas condiciones. Además, la pérdida de cobertura vegetal incrementa la temperatura del suelo y del aire cercano, intensificando la sensación térmica local.
Los pastizales también pueden actuar como zonas de transición que limitan la expansión de procesos de desertificación cuando se mantienen en buen estado. Sin embargo, no son una “barrera” absoluta contra el desierto; su capacidad de frenar la degradación depende del manejo adecuado y de las condiciones climáticas.
En México
En México, aproximadamente entre 6 y 10 por ciento del territorio nacional corresponde a pastizales naturales, concentrados principalmente en el norte del país, aunque también existen en el altiplano central.
Desde la UNAM, el doctor Gerardo Ceballos, del Instituto de Ecología, ha impulsado proyectos de restauración ecológica en la Reserva de la Biósfera de Janos, en Chihuahua, en colaboración con Rurik List y otros investigadores.
Entre las acciones implementadas se encuentra la reintroducción del bisonte americano (Bison bison), especie que desapareció de la región a finales del siglo XIX debido a la cacería intensiva y la transformación del hábitat. Su regreso es relevante porque, mediante el pastoreo, el pisoteo y la dispersión de semillas y nutrientes a través de sus excretas, contribuye a mantener la heterogeneidad del pastizal y a estimular el rebrote de ciertas gramíneas.
También se han fortalecido poblaciones de perritos de la pradera (Cynomys spp.), roedores considerados especie clave. Al excavar madrigueras, modifican la estructura del suelo, favorecen la infiltración de agua, mejoran la aireación y generan microhábitats que benefician a otras especies, como el búho llanero (Athene cunicularia). Se estima que decenas de especies utilizan directa o indirectamente sus colonias para alimentarse o refugiarse.
Asimismo, se ha trabajado en la recuperación del hurón de patas negras (Mustela nigripes), uno de los mamíferos más amenazados de América del Norte, cuya supervivencia depende en gran medida de las colonias de perritos de la pradera, su principal fuente de alimento.
Además de la restauración ecológica, se han realizado actividades de divulgación científica con comunidades locales para explicar el papel de estas especies en el equilibrio del pastizal y reducir conflictos con actividades productivas.
“El suelo no solamente es tierra; es un sistema vivo compuesto por materia orgánica, microorganismos, raíces y fauna subterránea que sostienen los ciclos de nutrientes y la productividad del ecosistema”.
Qué crece en un pastizal
El rescate de estos ecosistemas es fundamental porque los pastizales son clave para la conservación de la biodiversidad y han sido fuente de especies silvestres emparentadas con cultivos domesticados importantes, como el maíz y otros cereales.
En Estados Unidos y México existen grandes extensiones agrícolas donde hoy se cultivan cereales; sin embargo, es importante distinguir entre praderas naturales y campos agrícolas. Las praderas naturales albergan una diversidad de gramíneas y plantas herbáceas que sostienen complejas redes ecológicas. Conocer y conservar esa biodiversidad es esencial para mantener la resiliencia del ecosistema frente al cambio climático

