El arte de gobernar con amor, sin odios ni rencores

  • Ante la solicitud de varios amigos de este importante portal, publico mi artículo “El Arte de Gobernar con Amor, sin Odios ni Rencores” completo, , pues originalmente se publicó en dos partes:

Por Francisco Berlín Valenzuela*

La Política como Reconciliación Humana

En los tiempos actuales, en los que la polarización amenaza con convertirse en método político y el lenguaje público se contamina de rencores y agravios, conviene recordar una verdad elemental, que parece olvidada, gobernar no es imponer, sino servir. El poder, cuando se divorcia de la ética, degenera en instrumento de división; cuando se fundamenta en el amor social, se transforma en fuerza creadora de armonía, que cohesiona a los gobernados y los mantiene unidos para enfrentar su destino.

Toda reflexión seria sobre el gobierno debe partir de una pregunta esencial: ¿qué es el ser humano? La política no es una abstracción; es una actividad ejercida por personas y dirigida a personas. Por ello, la calidad del gobierno dependerá inevitablemente de la comprensión que se tenga de la naturaleza humana.

Desde la tradición clásica, Aristóteles definió al hombre como zoon politikon, un ser naturalmente social, dotado de razón y orientado a la vida en comunidad. Esta condición implica cualidades fundamentales: racionalidad para deliberar, libertad para elegir, responsabilidad para responder por los propios actos y dignidad para exigir respeto.

Sin embargo, el ser humano no está exento de pasiones. Ambición, temor, resentimiento y orgullo pueden desviar la rectitud del juicio. Cuando estas pasiones dominan la razón, el ejercicio del poder se desvirtúa. De ahí que gobernar con amor no sea un acto sentimental, sino profundamente racional y ético: significa orientar la voluntad hacia el bien de todos, subordinando los intereses personales al interés colectivo.

El hombre en la política

Si el hombre es social por naturaleza, la política es una dimensión inherente a su existencia. Vivir en comunidad exige organizar intereses, resolver conflictos y establecer normas que permitan la convivencia pacífica. En ese espacio surge la política como expresión de la racionalidad colectiva.

El ciudadano, al participar en la vida pública, puede ennoblecer o degradar el ambiente político. Cuando actúa con responsabilidad y respeto, fortalece las instituciones; cuando se deja arrastrar por el fanatismo o el odio, erosiona el tejido social. Como advertía Montesquieu, la virtud es el principio vital de la república: el amor a las leyes y a la patria.

La historia de las naciones demuestra que el progreso duradero no se construye sobre la exclusión ni la revancha, sino sobre el consenso y la aceptación de reglas comunes. La política pierde su sentido y su razón de ser, cuando se convierte en instrumento para dividir sistemáticamente a la sociedad entre “amigos” y “enemigos”, cuando los encasilla en buenos y malos ciudadanos.

El hombre como gobernante

Cuando el ciudadano accede al poder, su responsabilidad se multiplica. Ya no representa una facción, un partido, sino a la totalidad de la sociedad. El gobernante auténtico comprende que la autoridad legítima no puede sustentarse en resentimientos ni rencores, sino en la confianza y la empatía.

Existen ejemplos que iluminan esta verdad. Nelson Mandela, tras pasar 27 años en prisión, cuando llegó al poder eligió la reconciliación antes que la venganza, evitando que Sudáfrica se precipitara en una espiral de violencia. Su liderazgo demostró que el perdón político puede ser una estrategia de grandeza nacional que termine logrando la unidad de su pueblo.

De igual manera, José Mujica, quien también pasó varios años en prisión, cuando fue electo presidente de Uruguay, ofreció al mundo una lección de sobriedad y coherencia ética, recordando que el poder es servicio y no privilegio. Su estilo de vida sencillo y su discurso conciliador fortalecieron la cultura democrática de su país.

En contraste, cuando el gobierno se ejerce por hombres que llegaron al poder anidando en sus corazones agravios sufridos en su ascenso al mismo, cuando no están humanamente bien equilibrados, destilan sentimientos de odios y rencores, fracturando a la sociedad, a la que dicen servir. La experiencia contemporánea en diversas naciones latinoamericanas muestra cómo la polarización constante, la descalificación de los opositores y la concentración de poder debilitan las instituciones y erosionan la confianza ciudadana. Allí donde la ética es desplazada por intereses facciosos, la democracia se vuelve frágil, la convivencia se deteriora y se crean divisiones lamentables entre los ciudadanos, al basar su política en la relación de amigos y enemigos, en lo que denominan “el pueblo bueno”, que contraponen a quienes consideran “adversarios”.

Gobernar con odio puede producir adhesiones momentáneas; gobernar con prudencia y magnanimidad construye estabilidad duradera.

Conclusión

El arte de gobernar con amor, sin odios ni rencores, no es una aspiración ingenua, sino una exigencia moral inherente a la dignidad humana. El poder es transitorio; las consecuencias de su ejercicio pueden afectar o beneficiar a varias generaciones.

El verdadero estadista no divide para gobernar, sino que une para construir. Aplica la ley con firmeza, pero sin humillar; corrige sin destruir; ejerce autoridad sin perder humanidad.

En última instancia, gobernar es un acto de responsabilidad ética ante la historia. Cuando el amor social guía las decisiones públicas, la política recupera su nobleza original: servir al bien colectivo y preservar la unidad en la diversidad.

Ese es, en esencia, el más alto valor del arte del gobierno, por lo que quienes ejercen el poder deben hacerlo con humildad, sin resentimientos ni rencores, que son veneno que les carcome el alma, los aleja de su pueblo y los acaba arrojándolos al basurero de la historia.

Ha llegado el tiempo ya de recuperar la grandeza moral del gobierno.

**Artículo realizado con el apoyo de IA, convencido de que la tecnología, puesta al servicio del conocimiento y de la reflexión humana, es un valioso instrumento para enriquecer el pensamiento.

*Ex profesor universitario, autor de libros sobre Derecho Electoral y Derecho Parlamentario. Director fundador de El Colegio de Veracruz y de la Casa de la Cultura Jurídica de la SCJN.

Las ideas y opiniones aquí expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente reflejan el punto de vista de PALABRA DE VERACRUZANO. Respetamos el derecho a la libertad de expresión

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