El retorno del ogro filantropico

NOTAS DE ANDAR VER Y LEER//MARIO SANCHEZ ROSAS

El poeta mexicano Octavio Paz, rompió definitivamente con la izquierda dogmática poco después de la matanza de Tlatelolco en el año de 1968, renunciando a su cargo como embajador en la India, acentuando con ello, su ruptura con el autoritarismo mexicano, desde ese año Paz se consolido paulatinamente como un pensador liberal e independiente, crítico tanto de la derecha como de la izquierda, posición que mantuvo hasta su muerte. En el año de 1979, Octavio Paz publicó tanto en España como en México, un libro denominado El ogro filantrópico, un ensayo que describía con mucha lucidez esa paradoja política, ergo, profundamente mexicana —y, al mismo tiempo, podemos decir, universal—: de aquel Estado que protege, educa, subsidia y redime, a sus ciudadanos, pero que en ese mismo gesto concentra un poder total, mediante el cual tutela la libertad y termina en un momento determinado por sofocar a la sociedad civil. En este ensayo Paz, dibuja al monstruo no como un ogro brutal en apariencia; sino en un ogro paternal, de ahí el título de su ensayo que cuando se publicó concitó opiniones divididas, críticas severas, un claro rechazo por parte del gobierno mexicano y la clase política de aquella época. Este ensayo fue una dura radiografía que Paz hizo del sistema político mexicano, toda vez que describió al gobierno mexicano (PRI) como un “ogro” —un ente estatista, poderoso, autoritario y, a veces, represor, como acababa de suceder en el año de 1968— que a la vez actuaba de manera “filantrópica” o benefactor, comprando o premiando a medios de comunicación e intelectuales para mantenerse en el poder.
Este libro no solo causó impacto en el gobierno, sino que generó un amplio debate tanto entre intelectuales como en la sociedad civil sobre la necesidad de democratizar el país, transparentar las decisiones y permitir una oposición real. Incluso años después de su publicación, el término “ogro filantrópico” ha sido utilizado para describir la persistencia de un gobierno centralista y el riesgo de volver a un esquema de estado obeso y único, asemejándolo a las críticas originales de Octavio Paz. Ese diagnóstico de Paz fue contundente porque surgía en el contexto del sistema político construido tras la Revolución Mexicana y consolidado bajo el largo dominio del Partido Revolucionario Institucional. El Estado era árbitro, benefactor, empresario, educador y, en muchos sentidos, tutor moral de la nación. La estabilidad descansaba en una combinación de redistribución selectiva, cooptación de élites, control corporativo de sindicatos y organizaciones sociales. Esa filantropía estatal incluía e incluyo —reparto agrario, subsidios, empleo público— pero generaba dependencia. El ciudadano no era un sujeto autónomo frente al poder, sino un beneficiario del mismo. El pacto implícito era claro: protección a cambio de lealtad. Lo que garantizo al régimen autoritario una subsistencia política superior a los setenta años.
La alternancia política del año 2000, fue interpretada como el fin del ogro filantrópico. La derrota del PRI parecía anunciar una etapa de pluralismo institucional en el sistema político mexicano con el consecuente debilitamiento del presidencialismo. Sin embargo, lo que se transformó fue la forma, no la estructura profunda. El Estado mexicano siguió siendo el principal distribuidor de recursos y el gran mediador de conflictos. La descentralización administrativa no siempre implicó autonomía real; en muchos casos, simplemente fragmentó los centros de poder sin desmantelar la lógica paternalista. Es decir, el ogro no murió: muto y aprendió a sonreír en televisión, a usar lenguaje ciudadano y a prometer transparencia, y en el año 2018, es decir décadas después, podemos constatar que el ogro no sólo no ha desaparecido: ha regresado con nuevo ropaje ideológico, nuevas tecnologías y una narrativa moral aún más seductora. Es decir, el Ogro Filantrópico está de vuelta en el escenario político mexicano, como bien consideran los políticos priistas Manlio Fabio Beltrones, Dulce María Sauri Riancho y otros tantos. Huelga comentar que ese fenómeno político adquiere una dimensión política distinta, en la actualidad, el nuevo ogro ya no justifica en ningún momento la estabilidad posrevolucionaria, sino se constituye en la moralización del poder. El nuevo ente se presenta como encarnación viva del “pueblo bueno”, como corrector moral de élites empresariales corruptas, y como redentor de los agravios históricos a la clase trabajadora. Podemos con justicia decir que el retorno del ogro se cristalizo en el año 2018, concretamente bajo el gobierno Andrés Manuel López Obrador, creador del proyecto político de Morena y su autodenominada Cuarta Transformación, que no es otra cosa que la restitución del monstruo al que alude Octavio Paz en su ensayo. AMLO es el pues el redentor mesiánico de los mexicanos a los que sacara de la pobreza con ese mantra político con el que recorrió –con solo doscientos pesos en su desgastada billetera-; el país de Sonora a Yucatán: Primero Los Pobres. Más allá de simpatías o críticas partidistas, este fenómeno revela un patrón: recentralización del poder, debilitamiento, destrucción de contrapesos institucionales, con la desaparición de Organismos Constitucionales Autónomos, y la expansión de programas sociales directos con una narrativa constante de legitimidad moral anclada en la voluntad del pueblo.
La filantropía del ogro se vuelve masiva, directa, personalizada, los programas sociales se constituyen no sólo como una política pública, sino como un acto de justicia histórica ante el pueblo agraviado por tantos años de gobierno neoliberal. El beneficiario ya no es cliente corporativo, sino “el pueblo pobre” reivindicado. Sin embargo, la lógica es fría y sigue siendo análoga: el Estado como proveedor central, el ciudadano como receptor agradecido. El ogro contemporáneo dispone de herramientas que Octavio Paz ni siquiera imaginó: bases de datos, becas, pensiones no contributivas y sistemas de transferencia electrónica, comunicación digital directa, mismas que sirven para dispersar los programas sociales por todo el país. Este control ya no necesita censura abierta del Estado; -aunque se realice-; basta con dominar la narrativa política, las conferencias matutinas, propagan por todo el país la polarización discursiva, la construcción permanente de adversarios políticos que configuran una esfera pública donde la crítica es presentada como traición moral a la patria. Ahora bien, este fenómeno no es exclusivamente mexicano, porque puede observarse en distintas latitudes bajo variantes populistas de izquierda o derecha en la América Hispana. El modelo común es la concentración simbólica y material del poder bajo la promesa de protección social. El Premio Nobel advirtió que el mayor peligro no era la tiranía abierta, sino la tutela benevolente que acostumbra a la sociedad a depender. Luego entonces el reto contemporáneo es romper esa comodidad sin renunciar a la justicia social. El retorno del ogro citado en la prensa nacional y en el discurso político demuestra la vigencia del diagnóstico de Octavio Paz. Porque no se trata de una nostalgia intelectual, sino de una categoría analítica vigente, la resurrección del ogro filantrópico, es la restauración del Estado protector que, en su exceso, termina subordinando la libertad de los ciudadanos.

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