La noche que se los tragó la tierra: desapariciones de menores sacuden Mundo Nuevo y Nanchital

Jose Vargas

El sur de Veracruz volvió a quedarse en silencio… pero no en calma.

Fue ese silencio incómodo, denso, el que llega cuando alguien falta y nadie sabe por qué.

Todo comenzó en la congregación de Mundo Nuevo, en Coatzacoalcos, donde el 14 de abril dejó de ser un día cualquiera. Tres jóvenes salieron y simplemente no regresaron. Así, sin ruido, sin testigos claros, sin una explicación que calme a nadie. Al principio fueron horas de duda. Luego vino la desesperación.

Las familias comenzaron a buscarlos por su cuenta. Caminaron calles, preguntaron en esquinas, revisaron teléfonos. Las redes sociales se llenaron de sus rostros, de sus nombres, de mensajes que pedían ayuda. La incertidumbre se volvió rutina.

Pasaron los días… y llegó una noticia que no alcanzó para aliviar el dolor: uno de ellos apareció. Vivo. Localizado. Pero incompleto el alivio, porque otros dos siguen sin volver.

Gerardo y Luis Gustavo. Dos nombres que ahora pesan. Uno de ellos, menor de edad. Su imagen circula en fichas, en grupos, en teléfonos. Cada vez más lejos de ser solo una foto… y más cerca de convertirse en una urgencia.

Mientras tanto, a pocos kilómetros, en Nanchital, otra historia se escribía casi al mismo tiempo, pero con más violencia.

Ahí no hubo desaparición silenciosa.

Ahí entraron por ella.

Una adolescente fue privada de la libertad dentro de un domicilio. Un espacio que debía ser seguro. Un lugar donde nadie imagina que pueden irrumpir para llevársela. Pero ocurrió. De golpe. Sin margen de reacción.

Los que estaban ahí solo pudieron ver cómo se la llevaban.

Y desde ese momento, el tiempo se detuvo.

Las horas siguientes fueron de llamadas, de gritos, de búsqueda desesperada. Después vinieron los protocolos, las carpetas, los operativos. Pero en la casa, en la familia, lo que quedó fue otra cosa: el vacío.

En ambos casos, la constante es la misma: incertidumbre.

En Mundo Nuevo, vecinos ya no ven igual a quien pasa. En Nanchital, las puertas se cierran más temprano. El miedo se volvió cotidiano, casi automático.

La Fiscalía General del Estado de Veracruz activó mecanismos de búsqueda, pero en el terreno, donde duele, la historia es distinta. Ahí no hay avances que alcancen. Ahí cada minuto cuenta distinto.

Porque cuando desaparece un menor, no solo falta una persona.

Se rompe una rutina. Se apaga una casa. Se queda una silla vacía.

Hoy, en el sur de Veracruz, hay familias que no duermen. Que viven pegadas al teléfono. Que salen a buscar donde ya buscaron.

Y aunque uno volvió, la historia no está completa.

Porque mientras no regresen todos…

nadie está realmente a salvo.

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