- Porque el periodismo es, quizá, una de las formas más hermosas de amor: Angelica Cristiani
Nunca he entendido los premios.
Porque cuando no los obtengo, me parecen injustos. Y cuando los obtengo, también.
Quizá porque el periodismo me enseñó muy pronto que la vida no reparte reconocimientos. La vida reparte ausencias. Preguntas. Cicatrices. Encuentros. Historias.
Y las historias casi nunca ocurren bajo los reflectores.
Ocurren donde la lluvia entra por los techos rotos.
Donde una madre espera una llamada que no llega.
Donde una comunidad resiste el olvido.
Donde alguien necesita desesperadamente que otra persona le diga: “te veo”.
Por eso hoy, no quiero hablar de premios.
Quiero hablar de gratitud.
Hace muchos años llegué al periodismo con los bolsillos llenos de sueños y la insolencia luminosa de la juventud. Estaba convencida de que las palabras podían cambiar las cosas jodidas de este mundo.
Creía que una historia podía mover conciencias.
Que una pregunta podía desafiar al poder.
Que una verdad dicha a tiempo podía alterar el curso de una vida.
Después llegó la realidad.
Antes de terminar la universidad, la violencia me alcanzó de frente.
Y durante un tiempo pensé que mi historia con el periodismo había terminado.
Me fui.
Intenté habitar otros caminos.
Intenté convertirme en otra persona.
Intenté olvidar las aulas, los manuales, las redacciones y a los maestros que me enseñaron que mirar profundamente también es una forma de amar.
Lo intenté.
Pero hay vocaciones que no viven en la cabeza.
Viven en la sangre.
Y por más lejos que uno corra, siempre encuentran la manera de regresar a casa.
Por eso volví.
Y al volver entendí algo que nunca aparece en los planes de estudio.
Que el periodismo no consiste en escribir.
Consiste en escuchar.
Escuchar el temblor de una voz.
La dignidad de una lucha.
La tristeza de una pérdida.
La esperanza que se niega a morir.
Consiste en recoger fragmentos de vidas ajenas y cuidarlos como quien protege una llama en medio de la tormenta.
Porque cada historia que nos confían es un acto de fe.
Una persona nos entrega un pedazo de su dolor, de su alegría o de su memoria y espera que sepamos hacer algo digno con él.
Y esa confianza es, quizá, el mayor privilegio que puede recibir un periodista.
Claro que este oficio cansa.
Hay días en que el mundo parece demasiado roto.
Días en que la injusticia pesa.
Días en que la indiferencia parece ganar terreno.
Pero entonces ocurre algo extraordinario.
Una historia encuentra eco.
Una verdad rompe el silencio.
Una persona descubre que no está sola.
Y uno recuerda por qué sigue aquí.
Quiero agradecer profundamente a ACOVER y a cada uno de sus miembros.
También quiero agradecer a ustedes.
Y a quienes comparten esta travesía imposible y maravillosa llamada periodismo.
Gracias por sus enseñanzas.
Gracias por la compañía en los días luminosos y en los días difíciles.
Gracias por las conversaciones que se convierten en brújula cuando uno pierde el rumbo.
Porque ninguna historia se construye sola.
Ninguna periodista llega sola hasta aquí.
Somos el resultado de las manos que nos acompañaron, de los consejos que nos salvaron, de las miradas que nos enseñaron a observar mejor.
Qué fortuna la mía haber aprendido de ustedes.
Qué fortuna la mía sentirme parte de esta hermandad de tercos y soñadores que todavía cree que la verdad importa.
Gracias a mi padre por abrirme las puertas de Bitácoras Políticas.
Gracias a mi familia y amigos por comprender las ausencias, los desvelos y las obsesiones que este oficio exige.
Y gracias a quienes leen.
Porque ninguna historia termina cuando se publica.
Termina cuando encuentra un corazón dispuesto a escucharla.
Hoy recibo este reconocimiento con humildad.
Porque sé que los premios pasan.
Los aplausos se apagan.
Las fotografías envejecen.
Pero las historias permanecen.
Permanecen en la memoria de quien fue escuchado.
En la conciencia de quien despertó.
En la esperanza de quien descubrió que su voz también tenía valor.
Y quizá ahí reside el verdadero sentido de nuestro trabajo.
No en los reconocimientos.
No en las portadas.
No en los reflectores.
Sino en esos pequeños momentos invisibles en los que una historia logra cambiar algo dentro de alguien.
Quizá no podamos cambiar el mundo entero.
Pero el día que una madre encuentre justicia porque alguien decidió escucharla.
El día que una comunidad deje de ser invisible porque alguien se atrevió a contar su historia.
El día que una persona recupere la esperanza porque descubrió que su dolor importaba.
Ese día habrá valido la pena cada desvelo, cada duda y cada batalla.
Porque al final no trabajamos con cámaras, micrófonos o teclados.
Trabajamos con memoria.
Con dignidad.
Con humanidad.
Y mientras exista una sola verdad escondida detrás del silencio, una sola historia esperando ser contada o una sola persona esperando ser escuchada, seguiremos teniendo una razón para estar aquí.
Contando.
Escuchando.
Nombrando.
Resistiendo.
Porque el periodismo es, quizá, una de las formas más hermosas de amor.
Amor por la verdad.
Amor por la memoria.
Amor por la humanidad.
Y mientras nos quede voz, que nunca nos falte el valor para usarla.
Muchas gracias.
