LAS CENIZAS DE HERODES//CAPITULO DIEZ
- EL PESO DEL CORAZÓN
Fernando Gutiérrez Barrios despertó sobresaltado a mitad de la noche, para su esposa y para él, ya no era extraño que eso le sucediera, cuando era así, lo tomaba de la mano o del hombro.
— ¿Estás bien?
—Si, estoy bien, vuelve a dormir.
Se sentó y permaneció un momento en la orilla de la cama mientras su esposa se acomodaba y volvía a quedarse dormida, extendió el brazo para encender la lampara mientras buscaba en la oscuridad sus sandalias con los pies, se levantó, se puso la bata y sus lentes, salió de la alcoba y cerró la puerta con cuidado para no hacer ruido.
Bajó por las escaleras de su mansión y se dirigió a su oficina, acomodó unos troncos y encendió la chimenea, tomó una botella de su vino favorito, una copa y se sentó en el sillón más cercano al fuego. La luz de la chimenea iluminó la habitación poco a poco, conforme los maderos se quemaban, el fuego tomaba más fuerza, de la oscuridad surgieron sus condecoraciones, distinciones y trofeos de su larga trayectoria en el ejército y en el servicio público, principalmente en la Dirección Federal de Seguridad. Aparecieron fotografías antiguas y recientes: sus padres y abuelos, su esposa y sus hijos, imágenes con importantes políticos y empresarios, gobernadores, generales, secretarios de la Defensa Nacional, fotografías acompañado por los ocho presidentes de México para los cuales trabajó y también con mandatarios de otros países, especialmente con el comandante Fidel Castro. La historia de su vida colgaba en esas paredes, se guardaban en vitrinas, ahí estaban, los motivos de su causa, o más bien, su excusa.
Con el paso de los años, los recuerdos eran cada vez más frecuentes, he inquietantes.
La llamada Guerra Sucia, informante secreto de la CIA, la persecución contra la Liga 23 de septiembre, coautor y testigo directo de la matanza del 2 de octubre de 1968 desde un edificio aledaño al edificio Chihuahua, donde pudo ver como decenas de estudiantes, obreros, trabajadores e incluso gente que no tenía nada que ver, eran masacrados por el ejército nacional y después arrojados a camiones de basura para nunca volver a ser vistos.
Cientos de rostros iban y venian a mitad de la noche: hombres, mujeres, jóvenes, a algunos aún podía escucharlos, sus llantos, gritos, súplicas, rezos, maldiciones. También gente determinada, valientes, fieros, soñadores, convencidos de su causa y su lucha, algunos sin miedo a morir, o a matar.
Después de alcanzar el grado de capitán en el ejército mexicano con los más altos honores, entró a la Dirección Federal de Seguridad en donde llegó a convertirse en uno de los elementos más efectivos y letales, él era el máximo representante de lo que se conocía como un hombre de sistema, pronto se hizo de una fama y una leyenda que no dejaba lugar a dudas, era un auténtica bestia de la muerte bajo un hermoso disfraz de caballero.
Era el hombre más temido por los enemigos a la patria.
Pero ahora, México estaba cambiando, la estatización, la soberanía y el nacionalismo eran cosas del pasado, las reformas impulsadas por el presidente Carlos Salinas de Gortari ponían al país en la puerta de entrada al primer mundo, los políticos tradicionales eran desplazados por jóvenes tecnócratas egresados de universidades privadas en México y los Estados Unidos, los principales sectores del país eran abiertos y entregados al capital privado; bancos, carreteras, minas, satélites, televisión, por primera vez en su historia, PEMEX se abrió al capital privado, la reforma al artículo 27 constitucional, los enemigos del progreso del país estaban casi eliminados en su totalidad y en gran parte gracias a él, pero algo lo inquietaba esa noche, Elba Esther Gordillo Morales, la nueva secretaria general del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación.
La última vez que experimentó ese mismo sentimiento, de que estaba ante alguien que le generaba una extraña sensación, fue en 1956, cuando personalmente capturó junto a sus hombres a un grupo de personas que se presumía podrían ser asaltantes, secuestradores o guerrilleros. Como siempre, Gutiérrez Barrios se puso a la cabeza, más que un soldado, era un guerrero, nada tenía que envidiar a los mejores agentes de la CIA, el MOSSAD o la KGB. Se adelantó a todos los demás, tomó posición con su arma en las manos lista para ser detonada, sus movimientos y pasos eran exactos, libró obstáculos y al final, con un movimiento acrobático, encañonó por la nuca al que parecía ser el líder de estos, quienes no pudieron hacer nada para evitar ser capturados.
Después de ser apresados esa noche en el Distrito Federal e interrogados posteriormente, descubrió que no se trataba de delincuentes ni guerrilleros, sino de revolucionarios.
Dos personas sobresalían de entre el resto del grupo, inmediatamente se percató que esos dos hombres eran los lideres y que se complementaban entre ellos.
Uno era impulsivo y rebelde, el otro cauto y diplomático, uno buscaba la confrotación, el otro el entendimiento, uno hablaba de teorías políticas, el otro de teorías económicas, uno hablaba con el corazón, el otro con la razón. Pronto se ganaron su simpatía e incluso abrazó su causa, sabía que de liberarlos en ese momento y en esas condiciones, los estaría condenando a la muerte, los sikari0s de Fulgencio Batista ya deberían estar enterados de su captura, así que los dejó encerrados algunos meses.
Se volvieron amigos, fueron ellos quienes comenzaron a llamarlo el Capitán Caballero, mote que lo acompañó el resto de su vida. El mismo expresidente Lázaro Cárdenas del Río intervino para que posteriormente fueran liberados y se les permitiera continuar con su lucha.
Uno de esos hombres moriría asesinado por el ejército boliviano en 1967, era argentino, de profesión médico, se llamaba Ernesto Guevara, le decían el Che.
El otro era cubano, de profesión abogado y hoy, era el presidente de Cuba, Fidel Castro Ruz.
Ellos, junto a un grupo de hombres, salieron de Veracruz en el Granma para iniciar la revolución que derrotaría a Fulgencio Batista. En gran parte, la revolución cubana fue gracias a él.
Volvió a ese día. Como secretario de gobernación y antes director de la Dirección Federal de Seguridad, sabía de todo lo que sucedía en el país, incluido el magisterio.
Ningún otro sector había dejado tantos muertos en el camino como la lucha por el poder en el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y ahora también, la guerra contra la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, la disidencia magisterial. Con Carlos Jongitud Barrios la confrontación fue desmedida, pero ahora, con Elba Esther Gordillo Morales desde su paso por la sección 36, era brutal, la chiapaneca era una auténtica hiena, esa fue la mujer que eligió el mismo Carlos Salinas de Gortari a pesar de que Gutiérrez Barrios se inclinaba por otras opciones. No quedaba más que obedecer.
La luz entró por la ventana, estaba por amanecer, otra noche más para Fernando Gutiérrez Barrios sin poder dormir. Antes de salir de su oficina, volvió a mirar sus fotografías, distinciones y reconocimientos, buscaba en ellos el consuelo, la excusa, la justificación de sus actos, pero no lo encontró.
La conciencia es una carga muy pesada para un viejo corazón.
CONTINÚA
Erwin Garcia Montes de Oca
