Odiar a un argentino

Rafael Bielsa

¿Qué significa ser odiados? El odio es un sustantivo abstracto y polisémico: adopta muchas formas —histórico, geográfico, idiosincrático— que, aunque comparten nombre, no remiten a la misma experiencia; por eso, poseen distinto espesor emocional. La mundialización del fútbol, junto con la aceleración exponencial de las comunicaciones y la multiplicidad de los negocios, añadieron nuevos matices a odios preexistentes. El que ha llovido sobre Argentina es copioso, pero no caudaloso: se extendió ampliamente, a la manera de un océano de solo dos centímetros de profundidad.

Mi país rara vez concita el interés ajeno, y casi siempre por excesos más que por trayectorias. El sueño de un futuro que nunca llegó —ser los Estados Unidos del Sur, como vaticinaba a comienzos del siglo XX el Larousse Ilustrado—; la figura de un presidente anarcocapitalista de apariencia y discurso retorcidos y revueltos; la obtención de un papado y de varios premios Nobel; o la posesión de una de las mayores reservas de hidrocarburos no convencionales. El fútbol, mucho más difundido que las cumbres energéticas o los marcos regulatorios, actúa como un elixir que se consume con asiduidad y se concentra en los mundiales, cada vez más multitudinarios. En el caso argentino, la victoria suma fobias y resta filias. Se lo llama odio, aunque muchas veces no es más que una cólera de escaso fundamento. Se sabe que la victoria no se audita, mientras que las derrotas exigen culpables: un buen chivo expiatorio atempera los efectos de un error colectivo.

Estos escenarios alegóricos exigen del vencedor cierta justicia poética: hay dos banderas enfrentadas, centauros a la carrera, un territorio en disputa. Argentina llegó hasta la semifinal con pocos argumentos para seducir a quienes no fueran argentinos. Un exceso de suerte que, al acumularse, se volvió transgresión y provocación: ¿no nos bastaba con Maradona y con Messi? ¿No nos alcanzaba con el título mundial 2022 como para remontar ante Egipto en catorce minutos, marcando tres goles consecutivos? Solo eso explica que Inglaterra saliera a jugar «para salvar el fútbol», que Frankie Christou en The Telegraph llamara a la selección argentina «maestros sudamericanos de las artes oscuras», o que se acusara al árbitro Ismail Elfath —nacido en Casablanca— de haberse prosternado para celebrar la victoria argentina y no para realizar el sujūd, parte esencial de la oración islámica. Antes de la final, se volvió una obligación «humillar a estos simios», llamar a nuestro país «ArgenFIFA» o «VARgentina». Chubascos de fastidios de antesala, que no llegarán a viejos.

El exceso de suerte, con sus territorios ocupados, como lo son las «conspiraciones pro-argentinas», no alcanzan para explicar los resultados que obtuvo el equipo ni las reacciones que provocó. Para dar cuenta de lo sucedido, tampoco bastan la corrupción en moneda turbia ni el concubinato entre política y fútbol. Lo cierto es que la selección argentina jugó la semifinal, según Emiliano Martínez, con el cuchillo entre los dientes, y los ingleses no lo sintieron del mismo modo. Apenas terminado el partido, una escena se corporizó en Enzo Fernández: de rodillas, brazos en cruz, mirada al cielo. Parecía un fotograma de Platoon, el momento en que Willem Dafoe reproduce la iconografía de la crucifixión, cine para creyentes. A su izquierda, Ismail Elfath ofrecía la inclinación del sujūd, aquí convertida en contraste simbólico. No es exceso de suerte la bravura de no rendirse nunca, ni acertar seguido con las modificaciones como Scaloni, ni tener un jugador que con 39 años jugó como si tuviera 19, ni amar los colores hasta que duela.

El 19 de julio de 2026, en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, España restauró la ley de gravedad para los acomodados que habitan en el Planeta Fútbol. Llegó vestida del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, y derrotó a los molinos de viento. La razón superó al exorcismo, el referato recuperó la apariencia de imparcialidad, la autoestima se centró en el estilo y “la violencia, la deslealtad y el peligro” argentinos fueron deportados. A fin de cuentas, Infantino no era (tan) maléfico como parecía, Tapia fue descartado por el Comité Noruego del Nobel, y Lionel Messi se convertirá en el Vizconde Demediado, una dualidad en la que se va lo mejor y lo irrelevante empieza a prevalecer. En un deporte en el que no siempre gana el que juega más vistoso, porque la destreza es solo uno de sus componentes, ganó España, que juega lindo, pero adicionalmente es un muy buen equipo. Tiene figuras a granel, un excelente director técnico, magníficas condiciones físicas y solidez emocional. El fútbol no fue una heterodoxa flor del sur; los españoles creyeron en sí mismos y triunfó aquello en lo que creyeron. Para Argentina, ojalá que lo interior no sea a los tumbos, que lo exterior no sea noche y que predomine lo que hay de solidario en nuestra manera de ser.

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