Nunca imaginé escribir estas líneas. Como muchos jóvenes latinoamericanos de mi generación, viví con entusiasmo la Revolución Sandinista. Nos solidarizamos con el Frente Sandinista de Liberación Nacional porque representaba la esperanza de que un pueblo podía derrotar una dictadura y construir una sociedad más libre y más justa. Para muchos de nosotros, Nicaragua simbolizaba la posibilidad de que la democracia naciera precisamente de la lucha contra el autoritarismo.
Por eso resulta tan doloroso escuchar hoy a Daniel Ortega afirmar que en Nicaragua “no volverá a haber elecciones”. No se trata únicamente de una declaración política; es la renuncia explícita al principio que dio legitimidad histórica a la propia Revolución Sandinista: que ningún gobernante debía perpetuarse en el poder y que toda autoridad debía aceptar la posibilidad de ser sustituida por la voluntad popular. Con esta declaración, Ortega parece decir que ya no considera necesario siquiera simular la competencia democrática
Las revoluciones suelen prometer la liberación de los pueblos, pero la historia demuestra que su mayor riesgo comienza cuando dejan de combatir la concentración del poder y empiezan a justificarla. Poco a poco desaparecen los contrapesos, se subordinan las instituciones, se silencia a la oposición y el liderazgo termina confundiendo su permanencia con la supervivencia de la nación. La revolución deja entonces de ser un proyecto colectivo para convertirse en el patrimonio de una sola familia o de un solo grupo.
La tragedia de Nicaragua no consiste únicamente en que exista una dictadura. Lo verdaderamente doloroso es que esa dictadura surgió del movimiento que alguna vez prometió acabar para siempre con las dictaduras. El Frente Sandinista nació enfrentando el poder absoluto de Anastasio Somoza; hoy el propio Ortega anuncia que las elecciones dejarán de ser el mecanismo mediante el cual los ciudadanos puedan cambiar de gobierno. La historia terminó cerrando un círculo que muy pocos imaginaban hace cuarenta y siete años.
Quizá la mayor enseñanza de este episodio sea que ninguna causa política, por noble que parezca, está vacunada contra el autoritarismo. Las democracias no se destruyen únicamente mediante golpes de Estado; también pueden desaparecer cuando un gobierno concluye que ya no necesita competir, convencer ni someterse nuevamente al juicio de los ciudadanos.
Nunca pensé que terminaría escribiendo estas palabras. Quienes alguna vez vimos en el sandinismo una esperanza para América Latina hoy asistimos a una de las paradojas más dolorosas de la historia: una revolución puede derrotar a un dictador y, aun así, terminar heredando su lógica