Max Gluckman llegó a África convencido de que estudiaría costumbres; sin embargo, terminó encontrando algo que cambiaría para siempre la forma de entender los conflictos humanos.
Por Redacción Nota Antropológica
Imagina que te envían a estudiar una comunidad y, después de años de preparación, decides comenzar por algo que parece completamente cotidiano. Una ceremonia. Un puente recién construido. Un grupo de personas reunidas para una inauguración. A simple vista, no parece haber nada extraordinario.
A lo lejos observas con atención, pero todo parece normal. Un jefe tradicional saluda de una manera. Un funcionario colonial responde de otra. Algunas personas visten ropa europea; otras llevan escudos zulúes.
Un discurso cambia de idioma según el público al que va dirigido. Una cerveza ceremonial circula entre ciertos asistentes, mientras otros permanecen al margen. Cada detalle parece pequeño, casi cotidiano. Pero ninguno, por sí solo, parece suficiente para explicar cómo funciona esta sociedad.
Esa fue la pregunta que terminó guiando buena parte del trabajo de Max Gluckman, un antropólogo nacido en Sudáfrica que dedicó gran parte de su vida a estudiar las sociedades africanas durante el periodo colonial.
Su historia también tiene una particularidad porque, a diferencia de muchos investigadores europeos de su época, él no llegó a África como un visitante ocasional. Había crecido en Sudáfrica, en una sociedad marcada por la segregación racial y las desigualdades cotidianas. Esa experiencia terminó orientando muchas de las preguntas que más tarde llevaría al campo.
Su camino tampoco comenzó en este punto ni guiado por la antropología. Aunque desde muy joven sintió un fuerte interés por el derecho y las leyes, tenía la idea de que entender cómo las personas resolvían sus conflictos podía ayudarle a comprender mejor cualquier sociedad.
Esa inquietud lo llevó a estudiar antropología, primero en Sudáfrica y después en la Universidad de Oxford, donde obtuvo el doctorado en 1936.
Su tesis doctoral fue completamente bibliográfica. Había estudiado documentos, textos y registros sobre los pueblos bantúes, aunque todavía no convivía con ellos. Apenas terminó el doctorado emprendió el viaje que terminaría cambiando su forma de hacer investigación.
Entre 1936 y 1938 pasó dieciséis meses recorriendo el norte de Zululandia. Así fue como descubrió muy pronto que la realidad era mucho más compleja de lo que describían los libros. Los zulúes no vivían aislados del resto del mundo. Compartían su vida cotidiana con administradores coloniales, policías, comerciantes, ingenieros, médicos, misioneros y trabajadores que salían periódicamente de sus comunidades para emplearse en zonas controladas por europeos.
Aquello despertó una inquietud, porque, si ambos mundos convivían todos los días, ¿por qué la antropología seguía estudiándolos como si fueran sociedades separadas?
La respuesta comenzó a tomar forma el 7 de enero de 1938.
Aquella mañana, Gluckman salió muy temprano de la casa del asistente del jefe zulú Matolana Ndwandwe, donde se hospedaba durante su trabajo de campo. Antes incluso de llegar al puente apareció la primera escena que llamó su atención.
Un policía zulú llevaba esposado a un hombre acusado de robar unas ovejas.
El policía trabajaba para el gobierno colonial, pero antes de continuar su camino acudió a informar al jefe tradicional. Se llamaba Matolana y aprovechó la conversación para expresar una molestia. Se quejaba de que el gobierno utilizaba a los hombres de su comunidad para perseguir delincuentes, aunque después no protegía a sus familias ni asumía responsabilidades cuando alguno moría durante el servicio.
Era una conversación cotidiana, de esas que pasan casi desapercibidas.
Sin embargo, dejó a Gluckman pensando: ¿a quién debía responder realmente un jefe africano? ¿Al gobierno colonial o a la comunidad que representaba?
Continuó el recorrido hacia la ceremonia.
En el mismo vehículo, ese día viajaban un jefe tradicional, un líder religioso africano, un veterinario europeo, un investigador y un sirviente zulú. Durante el trayecto hablaron sobre enfermedades del ganado y también sobre las leyes zulúes relacionadas con el adulterio.
Aquella conversación le mostró que las personas no vivían en dos mundos separados. Sus preocupaciones, sus conversaciones y sus decisiones cruzaban constantemente las fronteras entre lo africano y lo europeo.
Cuando finalmente llegaron al puente, en la escena se encontraron alrededor de cuatrocientos zulúes y poco más de veinte europeos. Entre los asistentes estaban el Comisionado Jefe de Asuntos Nativos, magistrados, ingenieros, médicos, comerciantes, policías, misioneros, reclutadores, jefes locales, representantes del rey zulú, trabajadores que habían construido el puente y habitantes de las comunidades cercanas.
La ceremonia reunía prácticamente a todos los actores importantes de la región.
Muchos investigadores habrían concentrado su atención en el discurso oficial, pero Gluckman decidió hacer exactamente lo contrario. Comenzó a observar los detalles que casi nadie consideraría importantes.
Anotó quién llegaba primero, quién esperaba antes de acercarse a las autoridades, quién saludaba primero y quién respondía al saludo.
Registró el lugar que ocupaba cada grupo, quién permanecía bajo las carpas destinadas a los europeos y quién permanecía fuera. Observó cuándo los discursos se pronunciaban en inglés y cuándo eran traducidos al zulú.
Prestó atención a quién tomaba la palabra, quién guardaba silencio, quién compartía la cerveza ceremonial, quién sacrificaba el ganado y cómo se repartía después la carne entre los asistentes.
Por separado, cada una de esas acciones parecía insignificante, pero juntas empezaban a mostrar un patrón.
La inauguración era organizada por el gobierno colonial; el puente había sido diseñado y construido bajo su autoridad. Sin embargo, gran parte de la ceremonia seguía respondiendo a las normas tradicionales zulúes.
Los guerreros recibían a las autoridades con cantos, el regente ocupaba un lugar central durante los rituales, se sacrificaba ganado siguiendo las costumbres locales, se compartía cerveza ceremonial y la bilis del animal se derramaba sobre el puente como parte de un ritual destinado a favorecer su buen funcionamiento.
No existían dos ceremonias.
Existía una sola.
Tampoco existían dos sociedades completamente separadas.
Existía un único sistema social donde las autoridades coloniales y los dirigentes africanos negociaban, cooperaban, discutían y convivían todos los días.
Incluso los discursos mostraban esa convivencia.
Las autoridades coloniales hablaban en inglés y cada intervención era traducida al zulú. Cuando el regente respondía en zulú, otro intérprete llevaba sus palabras al inglés. Nadie se dirigía únicamente a los miembros de su propio grupo. Ambos públicos formaban parte del mismo acontecimiento.
Hubo un momento que llamó especialmente la atención de Gluckman.
Después de agradecer la construcción del puente, el regente aprovechó la ceremonia para solicitar otro puente en una zona distinta. No actuaba como un simple espectador ni como un funcionario subordinado. Utilizaba aquel acto oficial para negociar con el gobierno en beneficio de su comunidad.
Fue entonces cuando Gluckman comprendió que había encontrado algo más que una descripción de costumbres. Descubrió que una sociedad podía entenderse observando con cuidado un solo acontecimiento.
Más tarde escribiría que las situaciones sociales constituyen el material del que parte el antropólogo. A partir de ellas es posible comprender las relaciones, las instituciones y la estructura completa de una sociedad.
Esa forma de investigar cambió buena parte de la antropología de su tiempo. En lugar de empezar describiendo sistemas de parentesco, instituciones políticas o rituales en abstracto, Gluckman proponía comenzar por la vida cotidiana y dejar que fueran los propios acontecimientos los que mostraran cómo funcionaba una sociedad.
Con el paso de los años, Gluckman dirigió el Rhodes-Livingstone Institute, fundó más tarde la Escuela de Manchester y formó a una nueva generación de antropólogos. Su influencia alcanzó campos como la antropología política, la antropología jurídica, el estudio del ritual y el análisis del cambio social. Muchas de esas aportaciones surgieron de una decisión que parecía sencilla: observar con paciencia situaciones cotidianas que otros habrían pasado por alto.
Quizá esa sea una de las enseñanzas que todavía conserva vigencia. Las sociedades no siempre se explican a través de los grandes acontecimientos históricos. En ocasiones basta con detenerse a observar una conversación, un saludo, un silencio o una ceremonia aparentemente común para descubrir relaciones que pasan desapercibidas.
Después de conocer esta historia, ¿te habías preguntado cuántas escenas cotidianas ocurren frente a nosotros todos los días sin que imaginemos todo lo que pueden decir sobre la sociedad en la que vivimos?
Si llegaste hasta aquí, cuéntanos en los comentarios qué otro antropólogo te gustaría conocer en una próxima Nota Antropológica y comparte esta historia con alguien a quien también le guste observar el mundo desde otra perspectiva.
Fuente:
Gluckman, M. (1958). Análisis de una situación social en la Zululandia moderna. Traducción de Leif Korsbaek, Karla Vivar Quiroz y María Fernanda Baroco Gálvez. En L. Korsbaek (Ed.), La antropología de Max Gluckman. Antología. México, 2012.
Korsbaek, L. (Ed.). (2012). La antropología de Max Gluckman. Antología. México.