La paradoja de la libertad de expresión

“No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a decirlo”
-Atribuido a Voltaire.

Antonio Ortega

Aunque no sea una cita literal, hay una frase que, para mí, resume mejor que ninguna otra la esencia del pensamiento crítico y de la libertad de expresión: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a decirlo”. Más allá de su autoría, es un principio ético poderoso. Y también, hoy, profundamente incómodo.

Vivimos en una época en la que se presume la libertad de expresión, pero cada vez es más evidente que esa libertad es frágil, condicionada y, en muchos casos, ilusoria. No necesariamente porque exista una censura directa desde el discurso oficial, sino porque hay un aparato mucho más sutil, sincronizado, que termina acallando: la narrativa única, el mensaje político rancio, la comunicación reducida a boletines y el oficialismo, datos que el gobierno arroja como verdades cerradas.

En ese escenario, ¿Dónde queda el pensamiento crítico? ¿Dónde queda la posibilidad real de disentir?

No me quiero avocar al conflicto entre el gobierno y los medios de comunicación. Ampliemos el panorama, la frase atribuida a Voltaire lo deja claro: tú eres libre de decir lo que quieras, incluso si yo estoy radicalmente en desacuerdo. Mi lucha no es silenciarte, sino garantizar que puedas hablar. Mi problema es que pareciera que ya cruzamos ese punto. Hoy, expresar una opinión —sea moralmente correcta o equivocada— puede convertirse rápidamente en motivo de linchamiento público.

Ahí entra un debate espinoso: el límite entre opinar y atacar. ¿En qué momento una opinión se vuelve violencia? ¿Dónde trazamos la línea? No es una pregunta sencilla, y fingir que lo es nos ha llevado a una polarización cada vez más y más agresiva.

Casos recientes, las llamadas “Funas” o “Cancelaciones” a quienes expresan ideas incómodas, evidencian esta contradicción. Se apela a la libertad, pero solo cuando esa libertad coincide con la moral en turno. Cuando no, la respuesta suele ser el señalamiento, el escarnio o el intento de cancelación.

Ojo, defender que cada quien sea libre de decir lo que quiera, no es estar de acuerdo con ellos. (Porfa no me funen)

Aquí aparece otro conflicto de fondo: la moralidad y la prudencia. No siempre decimos lo que pensamos, y muchas veces no lo hacemos porque sabemos que nuestra postura es minoritaria o impopular. El problema es que tampoco hemos construido espacios para el debate justo, para la confrontación de ideas sin violencia, para la conversación incómoda pero necesaria.

El ideal —aunque suene utópico— sería que todos pensáramos en la libertad del otro. Que entendiéramos que la paz no se construye desde el silencio impuesto, sino desde la tolerancia activa. Sin embargo, las consecuencias de no saber manejar el disenso están a la vista: ataques coordinados, discursos incendiarios y una incapacidad creciente para no escuchar.

Escuchar no significa justificar. Leer ideas contrarias no implica adoptarlas. Pero sí puede permitirnos entender por qué ciertas personas piensan como piensan y, desde ahí, intentar transformar el discurso. No desde la agresión —que casi nunca cambia nada—, sino desde la reflexión, la argumentación y el tiempo.

Nadie cambia de pensamiento por un insulto. Nadie abandona una ideología arraigada por una funa en redes. Lo único que realmente podemos hacer es mostrar las grietas de esas ideas y confiar en que, eventualmente, algo se mueva.

“La gota horada la piedra, no por su fuerza, sino por su constancia”
-Ovidio, poeta romano

Y entonces vuelve la pregunta incómoda: si yo defiendo mi derecho a pronunciarme a favor de la libertad, ¿no debería defender también el derecho de otros a decir cosas con las que no estoy de acuerdo? Si hablo de libertad para todas las personas, ¿por qué ese “todas, todos o todes” deja de aplicar cuando alguien piensa distinto a mí?

Ejemplos sobran: desde influencers hasta podcasts que rayan en posturas autoritarias, discriminatorias o francamente reaccionarias. Escuchar que “tienen derecho a decirlo” suele interpretarse como una defensa de sus ideas, cuando no lo es. Es, en realidad, una defensa del principio.

Claro: no tienen derecho a violentar, a despojar derechos ni a incitar al daño físico o legal de otras personas. Ahí el límite es clarisimo. Pero opinar, incluso de forma equivocada o peligrosa, sigue siendo un derecho.

La paradoja es esta: permitir esos discursos también los alimenta. Así como la libertad engrandece los discursos de inclusión y diversidad, también deja espacio a los contrarios. Pero quizás ahí está la clave.

Un discurso sin contrapostura es un discurso débil, frágil, e incapaz de sostenerse.

La confrontación de ideas —no de personas— fortalece los argumentos, afina el pensamiento crítico y obliga a revisar nuestras propias certezas. Silenciar al otro puede parecer una victoria moral momentánea, pero a largo plazo empobrece el debate y debilita la democracia.

Tal vez la verdadera lucha hoy no sea quién tiene razón, sino de si somos capaces de convivir con el desacuerdo sin recurrir al grito, al señalamiento o al silencio impuesto. Y ahí, aunque incomode, la vieja idea atribuida a Voltaire sigue siendo un faro necesario.

Las ideas y opiniones aquí expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente reflejan el punto de vista de PALABRA DE VERACRUZANO. Respetamos el derecho a la libertad de expresión

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