México y Estados Unidos, entre el amor y el odio

Rogelio Mirazo Román

El presidente Donald Trump declaro hace unos días que el Tratado Comercial entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) “No tiene ninguna ventaja real, es irrelevante”.

En el contexto de discursos políticos como los del Presidente Trump, resulta fundamental mantener una postura cautelosa, serena, sin caer en provocaciones, tal como hasta ahora lo ha hecho la presidenta Claudia Sheimbaum, toda vez que se requiere un manejo estratégico, multidimensional y basado en hechos que resulten irrefutables para destacar las ventajas que el tratado ha representado para los EE.UU., separando la retórica política de los hechos estructurales.

En términos de realidad económica, el T-MEC representa una integración regional profunda e irreversible (cadenas de suministro, flujos de inversión, empleo, etc.). Cualquier discurso que ignore esto se contrapone con la realidad, de forma que México debe responder con datos duros ante afirmaciones inexactas, sin escalar retóricamente. Enfocarse en los beneficios mutuos y los costos e impactos de la desintegración.

Según datos de la Oficina del Censo de EE.UU., el comercio total de bienes entre EE.UU., México y Canadá superó los 1.8 billones de dólares en 2023, un aumento del 30% respecto a 2019 (pre-T-MEC). Solo las exportaciones estadounidenses a México y Canadá sumaron más de $600 mil millones en 2023, sustentando 12 millones de empleos en EE.UU. vinculados al comercio con ambos países (USITC, 2024). Al cierre de septiembre de 2025 el comercio total de bienes asciende a 1.2 billones y las exportaciones acumulan $507,083 mil millones.

El T-MEC establece reglas de origen más estrictas (75% de contenido regional en automóviles vs. 62.5% en el TLCAN), beneficiando a la industria automotriz estadounidense. En 2023, 40% de todos los componentes automotrices importados por EE.UU. provino de México y Canadá, fortaleciendo cadenas de suministro frente a Asia (Department of Commerce, 2024).

Las exportaciones agrícolas de EE.UU. a México crecieron un 28% desde 2019, llegando a $56 mil millones en 2023. México es ahora el mayor comprador de gas natural estadounidense, con ventas que superaron los $10 mil millones anuales (USDA y Energy Information Administration, 2024).

La manufactura en EE.UU. creció un 18% post-T-MEC, con 500,000 nuevos empleos en sectores vinculados a exportaciones a México/Canadá (Bureau of Labor Statistics, 2024).

Los datos oficiales muestran que el T-MEC no es “innecesario”, sino un pilar estratégico que incrementó el comercio y empleos en EE.UU., redujo el déficit comercial con México en sectores clave como energía y fortaleció la competitividad frente a China al integrar cadenas regionales.

Abandonar el T-MEC implicaría riesgos inmediatos para EE.UU., tales como la desarticulación de cadenas productivas, la pérdida de acceso preferencial a mercados que compran poco más de la tercera parte de las exportaciones de EE.UU. y, ceder espacio a competidores globales en América del Norte.

La narrativa frente al discurso político de Trump debe mantener el tono de madurez de estado y visión de largo plazo, no responder a provocaciones con nacionalismo reactivo. Los datos económicos y la interdependencia dan a México un poder de negociación real, pero debe ejercerse con templanza y estar preparados para escenarios de mayor tensión, incluyendo la amenaza de salida de los EE.UU. del T-MEC. 

México debe responder con datos duros ante afirmaciones inexactas, sin escalar retóricamente, poniendo al frente las ventajas del tratado para los EE.UU., enfocarse en los beneficios mutuos y los costos de la desintegración. Trabajar con gobernadores, legisladores y sectores empresariales de EE.UU. que dependen de la relación con México (Texas, California, estados agrícolas e industriales),) e impulsar coaliciones pro-integracion que defiendan el T-MEC, así como fortalecer alianzas con cámaras binacionales, think tanks (laboratorios de ideas- grupo de reflexión) para generar conocimiento aplicado e influir en decisiones gubernamentales y sociales.

Resulta necesario capitalizar los puntos de convergencia geopolítica e intereses compartidos para reducir, por ejemplo, la dependencia de Asia (nearshoring), fortalecer la seguridad fronteriza, gestión migratoria y combate al narcotráfico. México debe presentarse como socio necesario para la competitividad y seguridad de los EE.UU., no como “problema”.

No obstante, resulta igualmente prioritario para el país, el fortalecimiento de su autonomía estratégica, esto es, invertir en infraestructura, energía limpia y productividad para aumentar el valor agregado de las exportaciones, así como diversificar mercados (América Latina, Unión Europea) sin descuidar el vínculo con EE.UU.

La “relación de amor y odio” es, en el fondo, un matrimonio económico forzado por la geografía y la economía, donde el divorcio sería catastrófico para ambos. La tarea es gestionarlo con frialdad técnica, sin perder de vista los intereses nacionales y la autonomía estratégica con visión de largo plazo.

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