Silencio

Manolo Victorio // Carpe Diem

El periodismo posee variadas vetas que enriquecen la vida cotidiana; hasta coquetea ilusamente con la literatura.

Sin embargo, tiene un ancla que la fija a la realidad social.

El periodista tiene como primera condición al escribir o hablar, referirse a hechos probados, elementos esenciales para que adquieran la categoría de noticias. Esa en la obligación primaria, elemental, camisa de fuerza que ata al periodista con la realidad.

El periodista no puede ir por la vida inventando historias; sería entonces un cronicador de fábulas, narrador de fantasías, constructor de quimeras. No. La realidad debe reflejarse como es.

Tampoco puede el periodista hacer un trabajo militante con la pluma, el micrófono, la libreta, el teclado del ordenador o el telepromter. Cuando el reportero es noticia, generalmente las cosas en la realidad marchan mal. La experiencia nos indica que las desgracias siempre se acurrucan del lado del periodista. Somos imán para la tragedia. Ahí están los números.

La organización Articulo 19 recién colgó en sus plataformas una investigación intitulada «Veracruz de los silencios».

La presentación inicia con una pregunta, abierta, como la herida que supura en los periodistas que hacemos diarismo en este país, en este estado de Veracruz:

¿Por qué matan a periodistas en México?

Se ha dicho que les atacan narcos y también gobernantes, que así lo permite la impunidad, pero nada termina de explicar más de 20 años de violencia. Por eso estudiamos el peor tiempo-espacio: Veracruz 2010-2016 (sexenio de Javier Duarte). Cuando al menos 17 periodistas fueron asesinados y otros 3 desaparecidos en un solo estado. Encontramos que el miedo persiste, que la información desaparece, que las investigaciones no avanzan, los asesinos están libres y muchos tienen más poder ahora.  Encontramos un tercer actor decisivo, las empresas de medios. El sector privado como nocivo ecosistema de concentración, conflicto de interés, desigualdad. Aparecen varias pistas nuevas para responder quiénes, cómo y por qué matan a periodistas.

Eso dice el lead, el resumen del trabajo sustentado por Articulo 19.

La única defensa del periodista es la verdad, aun a costa de la integridad física.

En el deber ser, los hechos noticiosos no son alterados por el periodista, que sólo es el mensajero, la correa transportadora de los sucesos en una realidad determinada.

En las aulas de la facultad, en la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la UV, se nos enseñó en la teoría que el periodista puede equivocarse, como lo hace un cirujano al dejar unas gasas en el cuerpo del paciente, como el taxista que se pasa una luz preventiva y provoca un accidente, o un velador que se duerme en horas de trabajo, oportunidad para el ladrón de hurtar lo ajeno en una empresa, industria o negocio.

La diferencia en los yerros de la profesión radica en que el periodista recibe un plomazo en la sien por escribir sobre la realidad que afecta a los intereses de los hombres de los poderes fácticos o institucionales.

No se mata la verdad, matando al periodista, encierra la frase común escrita en cartulinas de protesta de periodistas cuando se movilizan en marchas, en un ¡Ya basta! por la violencia contra el gremio. Es cierto.

Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera, escribió con certeza poética Pablo Neruda.

La verdad os hará libres, escribió Juan el Evangelista.

A los periodistas sólo nos queda la palabra.

No caminamos por la vida enderezando campañas a favor o en contra de nadie, ni militamos en partido alguno, la mayoría de las veces, aunque esta es una condición otorgada por la Constitución, que nos otorga ciudadanía y derechos políticos.

Sin ánimo de auto conmiseración, solo realizamos un trabajo periodístico en cualesquiera de los apartados del oficio: nota periodística, crónica, reportaje, investigación u opinión.

Nada más.

En primera persona, el periodista jamás ha sido multado siquiera por una falta de vialidad, tampoco conoce la barandilla del Ministerio Público, salvo cuando inició, como dictaba la norma no escrita para los reporteros noveles, en la fuente policíaca de El Notiver, siguiendo la directriz de Martín Lara Reyna, quien cruzaba la conurbación en un motocross con el aprendiz en ancas.

Apenas finalizan las precampañas federales. Hacemos votos para que, en este remolino de pasiones, intereses, obsesiones y ambiciones políticas, los periodistas no carguemos con la peor parte.

«La democracia muere en la oscuridad», reza el fijante del periódico estadounidense The Washington Post, adoptado en 2017.

Coincidimos.

En el numeral 9 de «Veracruz de los silencios», se resume:

Silencio por convenios, porque de otra forma no hay paga.

Silencio por amenazas, porque haces o haces.

Silencio porque ya te tablearon y no hay segunda advertencia.

Silencio porque saben tu número, te llaman, te están checando.

Silencio porque te pasaron una lana y es imposible rechazarla.

Silencio porque si te agarran no sólo te matan, te hacen cachitos.

Silencio porque sólo se puede publicar si ya lo sacó el medio autorizado.

Silencio porque alguien, sea patrón, político o narco, dicta qué decir.

Silencio de notas que se borraron, que ya no existen.

Silencio infinito.

Veracruz de los silencios.

Los periodistas somos prescindibles; pero no queremos morir.

Queda constancia.

columnacarpediem@gmail.com

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