Samuel Pérez García
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Chaxiraxi es una novela que el escritor xalapeño, Raúl Hernández armó en pedazos como cuando la memoria recuerda, no todo, sino lo relevante.
O como una escritura automática, cuyo método consiste en escribir sin pensar todo lo que pasa por la mente, sin preocuparse si guarda ilación o no. Ya después se analiza lo que se escribió y se le va dando claridad y lógica a lo que resulte.
O como sucede en los sueños.
Cuando soñamos se van encontrando historias que parecen inconexas, pero que no lo están porque tienen un centro neurálgico, que es el soñador, y este mismo, se ubica como escucha del relato del sueño, para que luego devenga la interpretación.
Chaxiraxi, desde mi propia lectura, es una historia contada como un sueño inacabable, narrada por un futbolista negro, quien a sus ochenta años, acude cada tarde a un bar de Bogotá a tomarse una falsa copa de daiquirí, puesto que sólo es agua simple, dada la pobreza en la cual vive, y la pensión apenas si le da para pagar la renta de su apartamento; con ese modo de vida, paga las consecuencias de los excesos: de futbolista famoso y rico a indigente, pero eso sí, lo que no se le ha acabado es su deseo de enamorar a su interlocutora, la negra Chaxiraxi de ojos azules.
En ese bar de Bogotá conoce a esa mujer con quien intercambia historias que les permite a ambos irse reconociendo, generar historias y afectos, que luego devienen en contradicciones sentimentales. Al anciano futbolista le nace el deseo por la mujer que lo escucha; a ella, finalmente, el sentimiento de quererlo como hombre o como el padre que ya no tiene a causa de conflictos sociales en Colombia.
Para comprender al autor y la historia que se cuenta como novela, hay que llegar a la página 105 donde Raúl Hernández a través del personaje, confiesa que comenzó a escribir su vida, o la novela, desde que conoció a la negra de ojos azules; son historias que no siguen una línea lógica, sino que van apareciendo como retazos de un tiempo roto, es decir, como fragmentos que vuelan de un lado a otro, que no se pudieron recopilar de otra manera, sino como vueltas circulares hasta la náusea y la idiotez -dice el autor- o hasta que se encuentre una puerta abierta para ingresar y darle sentido a lo narrado.
Después de leer la novela y conforme iba compenetrándome en ella, el autor nos invita a recordar nuestra infancia, las etapas dolorosas o amables. Los quiebres que hemos encontrado en nuestro recorrido social y familiar en este puerto, que me recibió cuando tenía diez años.
La novela también promueve en los lectores preguntas sobre si vale la pena nacer, vivir y sentir, que la existencia se presenta como la nada pura, obliga a recordar que hubo sucesos anteriores que no se aprovecharon y que, a tantos años de distancia, cada uno debiera responderse si valió la pena regresar ese pasado o si el trecho que falta hay que seguirlo caminando sin voltear a ninguna parte.
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Porque la novela de Raúl Hernández Viveros es una novela que a fragmentos nos va ensombreciendo la propia vida, porque después de leerla nos permite reflexionar cómo fue que, de pronto, podemos situarnos en la vorágine del vicio, en la perdición que ofrece la fama, el dinero, las drogas, o sufrir el desfalco en alguna inversión económica, o quizá la perdición por las mujeres que vamos encontrando en el camino.
Por esas razones podemos como una novela existencial, pero también como un intento de autobiografía camuflajeada, que intenta ir más allá, porque su texto a veces se vuelve filosófico, a veces poético, y a veces le da relieve sensual a la negra de ojos azules o a la blanca Chaxiraxi, a quien imaginamos tomando una copa de Clericot, mientras le inventamos una historia falsa con el fin de que acceda a nuestras oscuras pretensiones.
El autor, a través del personaje negro, narra que musicalmente se había creado en los boleros que su padre escuchaba en esos músicos de antaño: Daniel Santos, Bienvenido Granda y Celio González.
Por ejemplo, Daniel Santos se dejaba escuchaba con Perdón: Perdón/ vida de mi vida/ Perdón si es que te he faltado/ Perdón, cariñito amado/Ángel Adorado/ Dame tu perdón.
Bienvenido Granda con A la orilla del mar, cuya letra dice así: Luna/ ruégale que vuelva/ y dile que la espero/ muy solo y muy triste/ a la orilla del mar.
Celio González con el boleto Total, que canta así: pretendiendo humillarme pregonaste/ El haber desdeñado mi pasión/ Y fingiendo una honda pena imaginaste/ que moriría de desesperación/.
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En la novela, la negra de ojos azules se encariñó tanto con su historia que hasta lo acompañó a su casa para que el futbolista le siguiera contando otros retazos, que no eran sueños maravillosos, sino que cargaba un demonio encerrado que lo obligaban a vivir entre sicarios y parceros (amigos), adonde la droga lo había conducido para que, finalmente, quedara solo y derrotado.
Era ese color azul de los ojos de la mujer lo que lo inspiraban a contar lo que le había pasado, pero también, a sus años, a sentir por ella un deseo reprimido como si tuviera todavía la juventud para ese menester. Para alejar esa tentación sensual prefiere narrar la historia de su gallo embalsamado. Pero al darse cuenta de que, la negra no se emociona con esa historia, le pide él que le cuente algo de su abuelo, pero ella en lugar de eso, le lanza otra pregunta.
¿Qué habrías hecho diferente?
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Y el personaje dice que lo más diferente hubiera sido escuchar los consejos de su padre. Pero no lo hizo, se escuchó a sí mismo y por eso la fama lo llevó al delirio del todos los vicios: drogas y derroche económico.
En ese contar mutuo sobresale que entre ambos hay un nexo que une a los personajes: son de signo géminis. Y por eso mismo, cambiantes. Contradictorios. Le apuestan al sí, pero también al no. Son géminis, pero tienen una diferencia: él se convirtió en una persona muy dependiente; ella, en cambio quiso siempre su autonomía.
La novela a pesar de ser una historia que cuenta la vida de un futbolista que se tira al vicio, resulta también que contiene poesía y filosofía cuando en su propia voz el personaje afirma:
“Viví en forma apasionada, a mi pesar, porque es lo único que realmente ejercité”. (p.29) Esta es una manera de decir que Raúl reflexiona su propia existencia. Y es que, realmente si la vida no ocurre de modo apasionada, no se vivió completamente.
También cuando afirma que “vino a morir entre lo peor de esta ciudad donde la pobreza se contagia, lejos de playas y puertos custodiados por yates de magnates” (p. 30). Llama la atención esa metáfora: la pobreza como un contagio, pues obliga a repensar que somos una sociedad de contagiados, sin cura alguna porque la mayoría del pueblo vive con ese virus económico de pobreza. Podemos cuestionar la idea, pero dicho recurso en la novela queda preciso.
“No anhelo la inmortalidad, sino escapar del encierro interior que me consume, dejándome como un alma en pena, olvidado sin milagro alguno” (p. 30). El personaje reflexiona que ni siquiera la fama le sirvió para deshacerse de toda la soledad que su alma guardaba, ni siguiera la negra Chaxiraxi pudo quitarle esa enorme soledad que traía desde la infancia, y aún, a sus ochenta años, sigue con ella, porque ese diálogo con la negra de ojos azules sólo es momentáneo.
Al final, se quedará sólo como siempre lo estuvo desde su propio nacimiento en que su padre lo abandonó y el único apoyo para vivir fue el de su madre.
Pese a esa condición de soledad, lo mejor que le ocurre en esas últimas tardes de su vida es tener a la mujer de ojos azules frente a él, puesto que le sirve de pretexto para contarle a ella su propia historia.
En ese narrar de su vida, es que aparece la Chaxiraxi blanca, que es de Tenerife, de origen guanche, quien vivió también una vida con excesos hasta que el novió se suicidó tirándose al mar.
Mi pregunta es porque aparecen dos Chaxiraxi en la novela. Las dos de ojos azules pero una blanca y otra negra.
Mi respuesta interpretativa pudiera ser esta: tanto la negra como la blanca son un sueño que expresan simbólicamente los afanes ocultos del autor. La Chaxiraxi blanca representa el vicio, el desenfreno a causa de la fama y el dinero, que sólo se calma con la muerte; la negra de ojos azules expresa la cordura, la reflexión por la vida, aunque -como siempre, llega un poco tarde.
Chaxiraxi desde mi perspectiva es una novela de sueños abruptos, inconexos, pero que encuentran su línea vertebral en que pertenecen al autor o al personaje que va contando como aparece cualquier sueño: uno tras otros, confundiéndose como pasa en la vida: de pronto caminamos seguros, cuando un percance le da vuelta a todo. El presente, lo que está más allá de nuestra vista, que no es tan claro como puede ser el pasado en algunos puntos.
En el presente no se sabe qué ocurrirá; en el pasado recordamos sólo lo relevante o lo que queremos recordar, pero en esos viejos recuerdos ocultamos la aspiración que no pudimos concretar: el personaje tiene soledad hasta para regalar como si fuera regada de frutas o de trastos como suceden en los carnavales o mayordomías istmeñas.
Aparentemente vivió los placeres más impensables, pero nunca pudo saber si su futuro estaba en lo que los boleros le marcaban o en el futbol que lo llevó a la fama.
Lo que pude percibir es que nadie se encuentra satisfecho con lo que ha vivido, y todos, somos una aspiración eterna: alcanzar la felicidad, pero esta apenas es una sombra tenue en nuestra vida, como reflexiona el autor o el futbolista negro en un pasaje de la página 37.
Al final de la novela el personaje recibe la visita de su hijo de sus nietos, lo que al parecer le dan un respiro en ese total abandono en el cual vive, pero sólo eso. Un respiro. Como existencialista está obligado a pagar todos sus pecados, no en la muerte, sino en la vida, porque como dijo Jean Paul Sartre: el infierno son los otros.
Para confluir puedo decir que Raúl Hernández Viveros ha escrito una novela que nos hace pensar y reflexionar la vida, pero sobre todo la nuestra en ese recorrido que ya hemos hecho, pero que desgraciadamente todavía no hemos encontrado a una negra de ojos azules para llevarla a la cama y luego contarle nuestra propia historia.
Invito a leer Chaxiraxi para que también ustedes inicien su cuenta regresiva de narrar lo que ha sido de su vida.
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