Egipto y Palestina

Contraataque//David Pérez

Hossam Hassan, entrenador de la selección de fútbol varonil, tomó la bandera palestina y la levantó en medio del festejo. Egipto acababa de avanzar a octavos de final del Mundial por primera vez en su historia. El entrenador pudo quedarse en la celebración deportiva, en la épica nacional, en la foto del triunfo. No lo hizo. Convirtió el festejo en mensaje político.

Lo fácil sería leer la escena con el manual más común, ese que dicta que la causa Palestina es igual a izquierda y la bandera es igual a militancia progresista, apoyo al pueblo palestino igual a activismo revolucionario. Pero el mundo árabe no cabe en ese mapa.

Hassan no es, hasta donde hay evidencia pública, un activista de izquierda. Al contrario, ha expresado simpatía por gobiernos autoritarios, nacionalistas y militares como los de Hosni Mubarak y Abdel Fattah al-Sisi. Es decir, su gesto no nace necesariamente de una tradición emancipadora como la entenderíamos desde América Latina. Ahí está lo interesante. Ahí aparece la contradicción que obliga a pensar.

Porque Palestina, en el mundo árabe, no es sólo una causa ideológica. Es una herida histórica. Es una memoria compartida. Es una frontera moral. Es una forma de decir que hay pueblos cuyo dolor no puede ser administrado por la diplomacia ni borrado por la propaganda.

Egipto, además, no mira Gaza desde lejos. La tiene al lado. La guerra no es una abstracción geopolítica ni una discusión de salón. Es vecindad, frontera, presión migratoria, seguridad nacional, duelo colectivo. Por eso la bandera palestina puede aparecer en manos de un entrenador conservador, de un nacionalista, de un islamista, de un izquierdista o de un ciudadano sin partido. No los vuelve iguales. Pero indica que hay causas que atraviesan los cajones donde queremos encerrar la realidad.

El gesto de Hassan es provocador porque desmonta prejuicios comunes. Queremos clasificar antes de comprender. Queremos saber si alguien es de izquierda o de derecha para decidir si su gesto nos gusta o nos molesta. Pero la política real es más impura, más trágica y más humana.

Defender al pueblo palestino no exige santificar a quien sostiene la bandera. Tampoco obliga a comprar todo su historial político. Se puede criticar el autoritarismo egipcio y, al mismo tiempo, reconocer que esa bandera en el festejo nombró un dolor verdadero.

El fútbol volvió a hacer una de las cosas que mejor sabe, abrir una grieta en el mundo de intereses económicos de la FIFA. En esa grieta apareció Palestina. Y también apareció el desafío de entender el mundo sin reducirlo a nuestras etiquetas.

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