- Negocios modestos y propiedad de familias hispanas continúan siendo uno de los métodos usados por los narcos mexicanos para mover las fortunas que obtienen de la venta de drogas en EE UU
Isaías Alvarado
(elpais.com) Los Ángeles – Todas las pistas que seguían los agentes antinarcóticos conducían a una tienda de ropa cuya entrada solía estar ocupada por maniquíes, bicicletas y asadores. El establecimiento se encontraba en Norcross, un suburbio al norte de Atlanta, Georgia. En los ventanales de Pulga La Esperanza colgaban anuncios de empresas de envío de remesas, el verdadero interés de una red de traficantes de fentanilo vinculada al Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG). Cada uno de los integrantes de la célula criminal interrogados por la DEA señaló a la propietaria, Sandra Hernández Chilel. Según sus testimonios, la mujer había pactado el envío de más de un millón de dólares a México para un narcotraficante apodado El Viejo. Ocultaba las transferencias usando nombres falsos, en medio de múltiples depósitos legítimos que hicieron migrantes a sus familias.
La cifra que movió Pulga La Esperanza parece modesta frente a los 4,2 millones de dólares que una mujer guatemalteca transfirió a un grupo de narcotraficantes a través de una cadena de tiendas en el noroeste del país. Tampoco se acerca a los 10 millones de dólares que circularon desde un establecimiento de ropa vaquera en Dallas para capos del temido Cartel de Jalisco.
Negocios modestos, propiedad de familias hispanas y ubicados en suburbios con alta concentración de migrantes y escasa presencia policial, continúan siendo uno de los métodos usados por los carteles mexicanos para mover las ganancias ilícitas que obtuvieron de la venta de drogas en Estados Unidos. En años recientes, las autoridades han desmantelado al menos siete esquemas de este tipo en Georgia, Oregon, Texas, Ohio, Virginia, Misuri y Washington. Tres de estos expedientes mencionan a distribuidores locales del CJNG.
Esta actividad ilícita se esconde entre el enorme flujo de remesas que viaja cada año de Estados Unidos a México. Se trata de la principal fuente de divisas del país, que en 2025 captó 61.777 millones de dólares, apenas por debajo del récord de 64.000 millones registrado el año anterior. El envío promedio es de 403 dólares. Guanajuato, Jalisco y Michoacán encabezan la lista de Estados receptores, una coincidencia que también los sitúa en el mapa de influencia de algunos de los carteles más poderosos del país.
La operación de lavado de dinero en la tienda Pulga La Esperanza de Georgia es una de las más recientes. Al frente de la red estaba El Tío, un operador del Cartel de Jalisco también conocido por su apellido paterno, González. Este hombre había vivido durante algunos años en Atlanta antes de mudarse a Morelia, Michoacán. Desde allí dirigía, mediante mensajes de WhatsApp y llamadas telefónicas en clave, una célula de distribuidores que operaba en distintas regiones de Georgia.

Los cargamentos de El Tío cruzaban la frontera en camiones de carga por una garita de McAllen, Texas. A un chofer de origen indio le entregaban baterías de automóvil cargadas con pastillas de fentanilo. La instrucción era atravesar la inspección aduanal entre las seis y las siete de la mañana, nunca por la noche. Una vez en Atlanta, la organización distribuía el fentanilo y una mezcla de cocaína con fentanilo que llamaban “Frank Lucas”, en alusión al infame capo que dominó el narcotráfico en Nueva York durante las décadas de 1960 y 1970, según un informe de la DEA incorporado al expediente judicial.
Los integrantes de la célula que aceptaron colaborar con las autoridades revelaron que, cuando se acumulaban las ganancias, acudían a Pulga La Esperanza con fajos de menos de 10.000 dólares y utilizaban Uber para no despertar sospechas. En un área privada, en la parte trasera del local, contaban el dinero frente a Hernández Chilel, su hija o una empleada. En apenas dos meses entregaron más de un millón de dólares mediante una operación hormiga. Casi todo el efectivo tenía como destino Michoacán. El dinero era enviado a El Tío en remesas inferiores a 1.000 dólares para evadir los controles federales. Utilizaban nombres ficticios de remitentes y destinatarios, mientras que el traficante proporcionaba fotografías de identificaciones mexicanas auténticas para dar apariencia de legalidad a las transacciones. Esta mujer “mantenía comunicación constante con él respecto a las entregas de dinero”, señala la acusación.
La DEA siguió la pista de la organización desde septiembre de 2024. Un año después logró encarcelar a varios de los colaboradores de El Tío. Hernández Chilel, la dueña de la tienda, fue condenada a cinco años de prisión por conspiración para lavar dinero y operar sin licencia un negocio de transferencia de fondos. Al carecer de un estatus migratorio legal, la mujer de 50 años será deportada a su natal Guatemala una vez que cumpla su sentencia. El capo michoacano que la contrató sigue prófugo.
Las tiendas que lavaron 12 millones
Brenda Barrera era una empresaria activa en las redes sociales. En varios videos en Facebook aparecía organizando rifas y entregando regalos a quienes enviaban dinero a sus países desde La Popular, una cadena de tiendas de productos latinoamericanos que llegó a tener seis sucursales en Oregón y Washington. “Espero que nos visiten y nos apoyen”, decía frente a la cámara al invitar a sus primeros clientes durante el verano de 2020. El negocio creció con rapidez y pronto se le vio conduciendo una lujosa camioneta Cadillac.

Pero el Departamento de Justicia de EE UU sostiene que ese “éxito” era una cortina de humo. Su principal fuente de ingresos era una comisión del 10% por cada remesa que enviaba para narcotraficantes mexicanos. Solo entre agosto y noviembre de 2024 transfirió más de 4,2 millones de dólares a “lugares de México asociados con el tráfico de drogas”. Desde que fue contactada por integrantes del crimen organizado en 2021, envió más de 12 millones de dólares y obtuvo ganancias por 1,2 millones, según documentos judiciales.
Barrera, de 40 años y originaria de Guatemala, también inventaba identidades para realizar las transferencias. “Nosotros por 500 o hasta 1.000 dólares no le pedimos ninguna identificación”, afirmaba en uno de sus videos.
Su participación salió a la luz gracias a dos narcotraficantes convertidos en informantes de la unidad de Investigaciones de Seguridad Nacional (HSI). Ambos colaboraron en cinco operativos en los que le entregaron miles de dólares. Le dijeron que ese dinero era de un cartel. Después, dos agentes encubiertos se hicieron pasar por mensajeros de un traficante de drogas y le entregaron 10.000 dólares en el estacionamiento de una tienda Home Depot.
Policías federales la arrestaron el 16 de abril de 2025. Durante registros realizados en su vivienda de Beaverton, Oregón, encontraron 120.000 dólares en efectivo, joyas y ropa de alta gama. En enero fue condenada a casi cuatro años de prisión. Cuando recupere su libertad, en febrero de 2028, será deportada.

El mismo modus operandi utilizaba el mexicano José Alonso Páramo Argüello, propietario de las tiendas Santa María en Oregón. Entre el 2 de enero de 2024 y el 3 de diciembre de 2025, sus tres negocios enviaron remesas por más de siete millones de dólares a destinos en México que la Fiscalía vincula con el narcotráfico.
A un informante del Gobierno que le dijo ser traficante de drogas, Argüello le comentó: “Tú vendes lo que quieras; eres un comerciante y punto”, según el expediente judicial. Después de esa conversación recibió más de 45.000 dólares, que distribuyó mediante 22 transferencias electrónicas. Al igual que Barrera, cobraba una comisión del 10%. Fue arrestado en marzo y su proceso penal sigue en curso.
El oscuro negocio de doña Bella
Detrás de una fila de piñatas y estantes repletos de tortillas, pan dulce, alcancías y ropa típica mexicana, Ana Bella Sánchez Ríos atendía en una tienda de Virginia a miembros del Cartel Jalisco Nueva Generación que acudían con frecuencia para entregarle fajos de billetes. Los fiscales federales sostienen que esta mujer, de 53 años, lavó más de 4,3 millones de dólares en su tienda, Bella’s Tortilla & Meat Market.
Doña Bella, como le decían sus clientes, era famosa por su trato amable. Una de sus frases favoritas que exclamaba en las redes sociales era: “Ya llegó el pan”. Sin embargo, se había convertido en el último eslabón de una larga cadena financiera del crimen organizado que, en territorio estadounidense, comenzaba con distribuidores de cocaína, heroína y marihuana de California. El cartel la convenció de mover una fortuna de Virginia a México.
“El papel de Sánchez Ríos era recibir dinero de varias personas que trabajaban para el CJNG, que ella sabía eran ingresos del tráfico de drogas”, señaló el Gobierno en un comunicado. “Luego transfería ese dinero a personas en México”. La mujer fue condenada a ocho años de prisión.

El Cartel Jalisco también encontró un aliado en Iván Noe Valerio, gerente de una tienda de ropa vaquera llamada Yoli’s Western Wear, en Dallas, Texas. Con el tiempo, Valerio, de entonces 23 años, ayudó a mover más de 10 millones de dólares generados por la venta de heroína y metanfetamina en Dallas, uno de los principales centros de distribución del CJNG en Estados Unidos.
José Valdovinos Jiménez, alias La Roca, era el operador del CJNG encargado del traslado de cargamentos al norte de Texas, su procesamiento en laboratorios clandestinos, la distribución en varias ciudades estadounidenses y el envío de las ganancias a México. Más de 11.000 transferencias fueron realizadas desde el negocio administrado por Valerio. Los envíos, casi siempre con identidades falsas, no superaban los 950 dólares.
Solo en seis días, siete emisarios de La Roca entregaron casi 164.000 dólares en efectivo en la tienda. Según declaró a los investigadores, Valerio cobraba apenas 20 dólares por cada transferencia. Como los demás comerciantes que movieron dinero para el narco, Valerio terminó preso y lo perdió todo.
