Juan Manuel Vázquez y Alberto Aceves
Ciudad de México. Leonardo Luna, máscara de Blue Panther y bandera mexicana al cuello, trabajador bancario habitante de Santa Úrsula, pagó 56 mil pesos por un boleto para la inauguración. Le salió caro, admite, pero aún así se considera afortunado por tener una entrada. “Lo conseguí porque mi familia es de la zona del estadio Azteca y siempre se han dedicado a la reventa”.
Es la primera vez que acude a un Mundial, aunque siente que el ambiente es un poco anémico en los alrededores pese a ser la inauguración. “La culpa la tiene la FIFA, los precios de los boletos alejan a las clases populares, que somos las que le damos sabor al futbol. No les interesa la afición, eso queda claro”.
Jesús Moreno tiene un local de disfraces en el mercado de Sonora. Se nota, su familia viene ataviada con la versión halloweenesca de guerreros aztecas. Han viajado a los Mundiales desde Rusia 2018.
“Pagué 112 mil pesos sólo para venir a este partido. Qatar, supuestamente mucho más caro, me costó todo el viaje y 15 partidos por 200 mil pesos para mí y mi hijo. No hay comparación, ya que según este Mundial es en casa”.
Afuera, una batucada y grupos de artistas circenses intentan contradecir el ánimo un poco forzado que se supone deben tener estos eventos. A pesar de que varios colectivos advirtieron que saldrían a las calles para impulsar sus reivindicaciones, la afición mexicana se las ingenia para llegar hasta las gradas.
En la explanada y las rampas de acceso, los aficionados organizan los cánticos tradicionales. Se escucha el Cielito lindo, el grito de “¡México, México!” y la música que retumba desde el interior del inmueble, contagiando de emoción a quienes sufrieron algún retraso. Las filas son largas y juegan con la impaciencia de los asistentes durante lapsos de 15 o 20 minutos.
También están los que se quedaron afuera. Hombres y mujeres que regalan camisetas, gorros, imágenes conmemorativas de la Copa del Mundo, luego de no haber conseguido boletos por los altos costos. Bailan, cargan bocinas y lucen sombreros de charro. Todo es fiesta, todo es parte del rito, incluso afuera del estadio Azteca. El Mundial, al final del día, se vive de cualquier forma.