- La eliminación de la selección brasileña en los octavos de final, derrotada 2-1 por Noruega, desató una tormenta. Ya son 24 años de sequía mundialista de los pentacampeones. La prensa local calificó el resultado como un “fracaso histórico”, el peor desde Italia 90
Fernando Segura Trejo
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Los principales rotativos brasileños dirigieron sus críticas hacia la gestión estructural y las decisiones individuales en el campo. El influyente diario O Globo dedicó editoriales a desmenuzar lo que llamó una “completa falta de rumbo institucional”. El medio carioca remarcó que el proceso rumbo al Mundial estuvo plagado de inestabilidad, con cuatro entrenadores ocupando el banquillo en el ciclo, comenzando por el interinato de Ramon Menezes hasta la llegada de Carlo Ancelotti. Para O Globo, tantos virajes tácticos impidieron consolidar un estilo de juego definido.
Por su parte, leyendas del futbol local tampoco tardaron en reaccionar de manera contundente. El histórico delantero Ronaldo Nazário apuntó de forma directa contra los planteamientos de Carlo Ancelotti. “El Fenómeno”, quien originalmente había respaldado la contratación del estratega italiano, declaró su desacuerdo con las decisiones tácticas y, en específico, la incapacidad de contrarrestar el bloque noruego y a su principal figura, Erling Haaland.
La crónica del partido de octavos de final expone las flaquezas de un Brasil que careció de profundidad y contundencia. El combinado sudamericano mantuvo la posesión en el mediocampo con Bruno Guimarães y Casemiro, pero traduciendo ese control en un futbol horizontal y predecible. Los momentos determinantes que sepultaron las aspiraciones de la Seleção se resumen en tres jugadas:
El penalti fallado (minuto 13). En los compases iniciales del encuentro, tras una revisión del VAR, Brasil tuvo la oportunidad de ponerse al frente, sin embargo, Bruno Guimarães erró el disparo. Medios como Gazeta Esportiva enfatizaron la gravedad del fallo, subrayando que representó la primera vez en 40 años que la selección brasileña erraba un penal en el tiempo regular de una Copa del Mundo.
El descuento y el llanto de Neymar (minuto 90+9). Ya en tiempo de compensación, Neymar convirtió un penalti que puso el 2-1 definitivo. La transmisión oficial y los reportes de agencias internacionales como Reuters y AFP capturaron la frustración del astro de 34 años, quien terminó envuelto en lágrimas y encarando al guardameta rival en medio de la tensión del pitazo final. Luego deslizó en zona mixta su retiro con la frase: “Lo intenté, lo intenté…¡Ahora se acabó!”.
La comparación generacional: 2026 versus 2006
Una de las críticas más recurrentes y profundas de los analistas deportivos en Brasil se centró en la brecha de jerarquía técnica al comparar esta plantilla con las del pasado, tomando como referencia directa la de Alemania 2006. Aquel Brasil de 2006, pese a quedar fuera en cuartos de final, contaba con el denominado “Cuadrado Mágico”: Ronaldinho, Ronaldo, Kaká y Adriano, respaldado por laterales históricos como Roberto Carlos y Cafú. La prensa enfatiza que aquella era una camada de futbolistas que peleaban el Balón de Oro y definían el ritmo de los colosos de Europa a base de inventiva individual y el clásico Jogo Bonito.
En contraste, el equipo de 2026 se percibió dependiente en demasía de destellos aislados de Vinícius Júnior o de la veteranía de Neymar (en los pocos minutos que tuvo), con una alarmante escasez de generadores de juego, una delantera y laterales sin el peso específico de antaño. El diagnóstico de los periodistas locales apunta a que se ha perdido el gen diferenciador del regate, asimilando un estilo excesivamente europeizado y táctico bajo la conducción de Ancelotti que no encaja con la identidad histórica del país.
Esta comparación excluye por antonomasia a la camada que triunfó en México 1970, ya demasiado lejana en tiempo y contexto. Sería hasta una afrenta traerla a colación para equipararla con esta generación que se presentó en 2026.
El debate socio-religioso: críticas fundamentadas y tendencias en redes
La eliminación también desbordó los márgenes deportivos para insertarse en debates socioculturales. Durante los últimos años, un número considerable de futbolistas de la selección brasileña ha manifestado abiertamente su fe evangélica neopentecostal, un fenómeno social que genera opiniones divididas.
Sociólogos y periodistas deportivos analizan cómo la fe influye en la mentalidad competitiva. Algunos argumentan que existe un arraigo al “fatalismo religioso”, donde las victorias y las derrotas se atribuyen a designios divinos (“si Dios quiere”) en lugar de realizar una autocrítica rigurosa sobre errores tácticos, el rendimiento físico o la preparación mental ante la presión. Pedro Rosano, periodista de renombre afirmó que estos jugadores “lo delegan todo a Dios y no se responsabilizan de nada”.
El politólogo y analista Elvin Calcaño publicó en sus redes un extenso desglose donde asocia la transición neopentecostal con el fin de la “identidad alegre” del futbol local, un análisis que fue recogido formalmente por algunos medios y se viralizó en internet.
En plataformas como X, TikTok e Instagram la discusión ha adquirido un tono distinto, propenso a la desinformación y narrativas satíricas. Tras la derrota ante Noruega se esparcieron múltiples teorías y señalamientos sin verificación científica ni periodística. Usuarios en redes afirmaron que los vestuarios de la selección estaban divididos por “clanes religiosos” que rompían la armonía del grupo, aislando a los futbolistas no alineados con dichas doctrinas. Se viralizaron memes y clips editados sugiriendo que las sesiones de oración sustituían el análisis de video técnico, algo que carece de sustento dentro de la rigurosa logística de un cuerpo técnico del calibre de Carlo Ancelotti.
¿Hacia dónde va el proyecto de Brasil?
Este naufragio futbolístico marca el fin de una era con el inminente adiós internacional de Neymar y otros veteranos como Casemiro y Marquinhos. Con miras al Mundial 2030, la Confederación Brasileña de Futbol (CBF) ha optado por la estabilidad institucional al ratificar la continuidad de Ancelotti para liderar una renovación. El nuevo proyecto buscará dotar de madurez táctica al vestuario, cediendo el liderato a figuras como Vinícius Júnior y arropando a las nuevas joyas como Endrick, con la urgencia de construir solidez colectiva y terminar con una sequía mundialista, la cual ya cumplió 24 años y se extenderá a 28 para el pitazo inicial en 2030.
El asunto pasa, ahora, por observar si el estilo que intenta promover Ancelotti podrá ser sostenido luego de esta tempestad. El paladar de los analistas deportivos y del público en general no parecen respaldar este divorcio con las raíces históricas del juego vistoso (jogo bonito). Es cierto que muchas veces cuesta dejar atrás un pasado para construir nuevos estilos. En todo caso, el entorno de la CBF y la selección masculina de Brasil atraviesan por uno de los momentos más tensos de su historia.

