Un antropólogo explicó por qué tantas promesas de progreso terminaron en hambre y desarraigo.
Por Redacción Nota Antropológica
Imagina que alguien llega a tu barrio en el que siempre has vivido, observa cinco minutos desde una camioneta sin descender de ella y decide que todo necesita reordenarse. Tu casa está mal ubicada sobre la avenida principal. Tus plantas crecen en desorden sobre la acera. La manera en que has estado haciendo tu trabajo es un error. Esa persona jamás te ha preguntado nada, pero ya sabe qué es mejor para ti.
¿Te suena familiar?
Esa sensación de vértigo, de injusticia, de ser tratado como un número en una hoja de excel, es el punto de partida de una investigación que marcó la manera en que entendemos los grandes fracasos del Estado moderno. El antropólogo y politólogo James C. Scott publicó en 1998 Seeing Like a State (Lo que ve el Estado), en el que se preguntó ¿Por qué proyectos que prometían el bienestar colectivo, y que fueron impulsados por mentes brillantes y gobiernos organizados, terminaron provocando hambrunas, desplazamientos forzados y desastres ecológicos?
La pregunta de Scott lo llevo a rastrear los mecanismos que en el siglo XX convirtieron planes de desarrollo, reformas agrarias o ciudades modelo en tragedias humanas de gran escala y lo que encontró no es para nada alentador, es lago así como una especie de receta letal. Existen cuatro ingredientes que, por separado, pueden no hacer tanto daño; pero juntos se vuelven una catástrofe.
El primer ingrediente es hacer legible la sociedad. Un Estado necesita contar a sus ciudadanos, cobrar impuestos, asignar recursos. Para lograrlo, necesita simplificar la realidad hasta volverla manejable desde una oficina. Transforma bosques diversos en hectáreas cuadriculadas, barrios enteros en códigos postales, personas diversas en estadísticas censales. En esa traducción, se pierde la complejidad del mundo real, ya que las particularidades nunca son observables y, sobre todo, se ignora el conocimiento que tiene la gente sobre su propio entorno.
El segundo ingrediente es una fe casi religiosa en la ciencia y la técnica. Scott la llamó ideología alto-modernista y consiste en creer que existen soluciones racionales perfectas para todos los problemas humanos, y que quien disiente simplemente no comprende el progreso.
Arquitectos como Le Corbusier soñaban ciudades enteras diseñadas desde cero, con funciones separadas y formas geométricas puras, sin considerar cómo la vida urbana realmente florece en el desorden de una plaza, en el encuentro imprevisto de una esquina. Esa soberbia intelectual, aplicada a gran escala, borró costumbres, vínculos comunitarios y saberes transmitidos por generaciones.
El tercer ingrediente es el poder estatal sin contrapesos. Un gobierno autoritario que no está dispuesto a negociar y que utiliza todo su aparato coercitivo para imponer la visión del planificador. Scott analiza casos como la colectivización forzosa en la Unión Soviética o la reubicación masiva de población en Tanzania durante las campañas de aldeanización. Millones de personas fueron movidas por la fuerza, no porque sus prácticas agrícolas fueran ineficientes, sino porque no encajaban en el esquema del burócrata. Las consecuencias fueron devastadoras.
El cuarto y último ingrediente es una sociedad civil cansada e incapaz de resistir. Scott sostiene que sin organizaciones locales, sin prensa crítica, sin espacios de protesta, los proyectos de ingeniería social avanzan sin freno. No hay quien alce la voz para decir lo que cualquier campesino sabe, lo que cualquier vecino podría intuir.
Ese conocimiento cotidiano, práctico, adaptativo, Scott lo denomina mētis. Una palabra griega que describe la inteligencia que se adquiere solo con la experiencia directa. La habilidad del agricultor que conoce cada rincón de su parcela, del artesano que siente la madera, del sanador rural que improvisa con lo que tiene. La mētis no cabe en un almanaque, ni se puede medir en una tabla de Excel. Por eso los grandes planificadores la desprecian y la destruyen sin notarlo.
El conflicto que narra Scott es, en el fondo, un conflicto muy íntimo. Es la tensión entre el que mira desde arriba y el que vive desde abajo. Entre el mapa y el territorio. Entre la fórmula universal y la sabiduría local. Es la misma lógica que aparece cuando una plataforma digital te clasifica con algoritmos que no comprendes, cuando una política pública se diseña sin consultar a las comunidades afectadas, cuando tu jefe impone un sistema de trabajo que ignora cómo hacías las cosas antes y las hacías bien.
Scott realizó su análisis en los años noventa, antes de la explosión del big data y la vigilancia digital. Hoy los Estados y las corporaciones tienen capacidades de recolección de información que los burócratas del siglo XX ni siquiera habrían imaginado. Si antes el problema era la ignorancia forzosa de la complejidad, la pregunta ahora es si un Estado autoritario, equipado con inteligencia artificial y datos masivos, podría ejecutar una ingeniería social más precisa. Más silenciosa y por lo tanto, más difícil de resistir.
No hace falta ser académico para sentir el peso de esa pregunta. Basta con haber experimentado alguna vez la frustración de ser tratado en una oficina de gobierno como un caso estándar cuando tu vida es cualquier cosa menos estándar. Basta con haber intentado explicarle tu realidad a una ventanilla que solo admite opciones predeterminadas como si fuera una plantilla lista para rellenar. En esos pequeños actos cotidianos se reproduce la misma lógica que Scott analizó en las grandes tragedias del siglo pasado. La misma tensión entre la simplificación del poder y la diversidad irreductible de la experiencia humana.
¿Cuántas decisiones sobre tu vida cres que hasta este momento se hayan tomado en alguna oficina donde nadie conoce tu nombre, tu historia ni lo que realmente necesitas?
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Fuente:
Scott, J. C. (1998). Seeing Like a State: How Certain Schemes to Improve the Human Condition Have Failed. Yale University Press.

