CUENTOS, MITOS Y TRADICIONES LA LLORONA… Por Juan Iván Salomón

Donde manda la crush no decide el reportero. Yaretzi López quiso vacacionar y fuimos a recorrer el estado. En romántica población de las llanuras de Sotavento visitamos a unos parientes.

Relataremos lo que atestiguamos una noche. El calor era insoportable. Sacamos catres, hamacas y algunos de esos sillones que por allá se acostumbran. La numerosa familia se acomodó con aguas frescas, café, atole y cheves bien frías.

Charlamos hasta de nahuales, que presumiblemente son personas que poseen el poder de transformarse en animales. En el cielo brillaban estrellas. La luna se asomaba de vez en cuando. El patio era grande, al fondo había palmeras de cocos, un árbol de chicozapote y otro de tamarindo; hermoso pasto y piso de tierra. Todo bardeado. Casa de madera y lámina de zinc. De buen tamaño con su corredor hacia la calle. Nos acomodamos en la parte de atrás de la residencia.

En lo más animado de la convivencia, entre chistes y risas, un objeto pasó veloz y se estrelló en la pared, a centímetros de nosotros. Prendimos la luz para investigar qué era. No descubrimos nada. Minutos después otra vez lo mismo. Y así, tres, cuatro, cinco veces.

Alguien dijo:

–Esto siempre ocurre aquí.

Caminamos hacia el fondo del patio con lámparas de mano. Nada hallamos.

–Son pájaros que sujetan fruta con el pico, vuelan y se les cae –nos explicó uno de los presentes. Fingimos creerle y seguimos charlando.

Algunos nos pusimos nerviosos pero como éramos muchos, nos serenamos y más tarde nos dormimos. Al día siguiente, buscamos las frutas caídas o lo que haya sido. Nada fuera de lo común. Ni siquiera una piedra había. El suelo estaba limpio.

–¿Qué sería? –preguntó Yaretzi.

–Ay, mija, cosas que ustedes los de ciudad no creen. Los naguales existen. También fantasmas y duendes. Se aparece por aquí la llorona. Ustedes se ríen de nosotros. Estamos acostumbrados. Si les contara lo que hemos visto, no me creerían –dijo la tía Candelaria.

En estos pueblos están convencidos de la existencia de brujos y brujas que hacen el bien o el mal. Aprovechando la semana santa, relatan cada espeluznante historia que aunque no quiera uno, se ponen los pelos de punta.

–A Panchito lo mandamos el otro día, antes del amanecer, al molino del nixtamal. Estaba oscuro y al pasar cerca del arroyo vio a una mujer con larga cabellera y vestido blanco que se fue volando lentamente hacia el bosque. El pobre tuvo calentura más de una semana. Casi se muere, hasta que don Chepe lo curó de espanto.

–Panchito se iba secando, estaba flaco, pálido como muerto. Lo salvó don Chepe. Platícales, mijo –lo conminó la tía.

Panchito, de 11 años, comenzó a temblar y sudar al recordar el macabro evento.

En cada región cuentan distintas versiones de la llorona.

Este valeroso reportero nunca ha escuchado el grito de la llorona, ni la ha visto. ¡Ni quiere verla!

Yaretzi3322@outlook.com

Deja un comentario