Dicen que somos de derecha

Columna// FRANCISCO VALDÉS UGALDE

Per­te­nezco a una gene­ra­ción que vio en el pri­mer plano de la vida pública los estra­gos del auto­ri­ta­rismo ins­tau­rado por la revo­lu­ción mexi­cana y por los usu­fruc­tua­rios que la “ins­ti­tu­cio­na­li­za­ron”. Cuando tenía­mos quince años, en la Plaza de las Tres Cul­tu­ras corría la san­gre y, al lle­gar a la mayo­ría de edad, vimos el Hal­co­nazo del 71 y muchos otros actos del des­po­tismo del Estado-partido.

La repre­sión for­maba parte de la nor­ma­li­dad. Quie­nes ­to­ma­ban­ la ­ca­lle e­ran ­gol­pea­dos y ­ga­sea­dos; a quie­nes se atre­vían a levan­tar la voz en las pla­zas públi­cas o en la prensa los calla­ban, les cerra­ban los loca­les, des­truían­las­pren­sas­yen­car­ce­la­ba­na­pe­rio­dis­tas­yac­ti­vis­tas. Había una poli­cía polí­tica efi­ciente y des­pia­dada.

La socie­dad mayo­ri­ta­ria se man­te­nía impa­si­ble. La excep­ción fue­ron los gru­pos que eli­gie­ron las armas como vehí­culo del cam­bio y otros que, en par­ti­dos y aso­cia­cio­nes, opta­ron ­por­ la ac­ción ­pa­cí­fica, la crea­ción­ de­ ciu­da­da­nía o la opo­si­ción demo­crá­tica. En esos años México tenía un sis­tema de par­tido hege­mó­nico que ya había pasado sus ­me­jo­res ­tiem­pos (es un ­de­cir) y ha­cía a­gua ­por todos ­la­dos.

Algu­nas de las mejo­res men­tes del “sis­tema” enten­dían bien el pro­blema y sabían que la solu­ción menos dis­rup­ti­vae­rau­naes­pe­cie­dea­per­tu­ra­con­tro­la­da­quea­briera ven­ta­nas a la liber­tad de expre­sión y de orga­ni­za­ción, y a otras medi­das de vio­len­cia ins­ti­tu­cio­nal para repri­mir a las orga­ni­za­cio­nes arma­das.

De la expan­sión del reclamo demo­crá­tico y de quie­nes, desde el gobierno, com­pren­dían mejor el pro­blema, pro­vino la reforma polí­tica de 1978, que abrió una ren­dija para la par­ti­ci­pa­ción elec­to­ral de las “mino­rías” y fue el hecho fun­da­cio­nal que hizo posi­ble la así lla­mada tran­si­ción demo­crá­tica.

Un parén­te­sis se impone aquí: el comu­nismo sovié­tico o chino y sus segui­do­res eran ya, para enton­ces, muer­tos en vida.Esa­tra­di­ción­deiz­quier­daha­bía­fra­ca­sa­doy­so­lo­po­día ofre­cer dic­ta­dura de par­tido y eco­no­mía pla­ni­fi­cada en quie­bra;enel­me­jor­de­los­ca­sos,una­so­cie­da­dor­we­lliana.Su sis­tema de pen­sa­miento era (y es) ana­cró­nico, cen­trado en erro­res no reco­no­ci­dos, e inca­paz de ofre­cer una alter­na­tiva sis­té­mica, salvo la santa indig­na­ción. Cie­rro el parén­te­sis.

El plu­ra­lismo polí­tico libre era y es el único camino acep­ta­ble para el pro­greso de la socie­dad”

Fue así como amplios gru­pos de la gene­ra­ción, empa­ren­ta­dos con diver­sas tra­di­cio­nes mar­gi­na­les, con­ver­gie­ron en torno a una idea fun­da­men­tal: la cen­tra­li­dad de la demo­cra­cia­ po­lí­tica. El e­je ­de ­la or­ga­ni­za­ción ­po­lí­ti­ca ­de la socie­dad habría de ser la liber­tad de igual­dad para el auto­go­bierno, algo que, valga la redun­dan­cia, sólo puede ofre­cer la demo­cra­cia.

Como forma de pen­sa­miento y acción­ pú­blica, ese ­pro­pó­si­to ­no ­pue­de ad­mi­tir ­he­ge­mo­nías de nin­gún tipo, ni tra­bas a la liber­tad de pen­sa­miento. El plu­ra­lismo polí­tico en com­pe­ten­cia elec­to­ral libre era y es el único camino acep­ta­ble para el pro­greso de la socie­dad por una sen­ci­lla razón: en esta pro­puesta el pro­ta­go­nista cen­tral es la socie­dad y sus com­po­nen­tes, indi­vi­duos y gru­pos, que han­ de ­go­zar ­de­ la ­más ­ple­na ­liber­tad­ pa­ra ­de­ci­dir su gobierno.

Para la dere­cha (y la ultra­de­re­cha), esta liber­tad es un ana­tema, como tam­bién lo es para la izquierda que domina y la ultraiz­quierda que la jala.

Es ob­vio­ que e­n es­ta ­ru­ta ­no ­pue­de ha­ber ­ho­mo­ge­nei­dad, que los extre­mos y extre­mis­mos han de ser absor­bi­dos por la socie­dad en deli­be­ra­ción, que los rebasa; que les prohíbe, incluso, hacerse del poder para ejer­cer su des­po­tismo. Y cuan­do es­ta­ ba­rre­ra­ se ­derrumba, aun ­lle­ván­do­se a ­la ­so­cie­dad entre las patas, es indis­pen­sa­ble resis­tirlo, como se ha hecho con­tra el fas­cismo, el comu­nismo o el popu­lismo.

Por eso dicen que somos de dere­cha.

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