A finales de los años setenta. Quantico, Virginia.
Los agentes del FBI Robert Ressler y John Douglas llevaban tiempo recorriendo Estados Unidos, entrando en prisiones y grabando entrevistas con algunos de los criminales más violentos del país.
Tenían horas de cintas. Confesiones detalladas. Acceso directo a la mente de asesinos en serie.
Y prácticamente ningún método sólido para analizarlo.
Ann Burgess escuchó aquellas primeras entrevistas y vio el problema de inmediato:
Esto no era investigación rigurosa. Eran relatos.
Los agentes la miraron.
Burgess les explicó que, si cada conversación era distinta, si no había una estructura común y si no se recogían los mismos datos en cada caso, entonces no se podían comparar resultados ni extraer patrones fiables.
La sala se quedó en silencio.
Lo que tenían delante era extraordinario, sí. Pero, sin metodología, no bastaba.
Y tenía razón.
Ann Burgess no había planeado revolucionar la investigación criminal.
Era profesora de enfermería psiquiátrica en Boston College. Investigadora del trauma. Madre de cuatro hijos.
El FBI llegó hasta ella por sus estudios sobre víctimas de agresión sexual y trauma, un trabajo pionero que había publicado a comienzos de los años setenta.
La invitaron a Quantico para hablar sobre victimología en casos de violación.
Terminó ayudando a transformar la forma en que el FBI entendía el crimen violento.
El problema era claro:
La Unidad de Ciencias del Comportamiento tenía intuición, ambición y una idea novedosa para la época: estudiar patrones de conducta para perfilar a delincuentes desconocidos.
Pero aquellas entrevistas con asesinos eran un caos narrativo.
Los criminales dominaban la conversación. Contaban historias impactantes, manipulaban el tono, se presentaban como querían ser vistos.
Y los agentes, concentrados en los asesinos, estaban dejando fuera la parte más importante de cada crimen.
La víctima.
Burgess hizo una pregunta que cambió el enfoque:
Háblenme de las víctimas.
Los agentes no entendieron enseguida.
¿Quiénes eran? ¿Qué edad tenían? ¿Dónde las encontraron? ¿Qué estaban haciendo antes del ataque? ¿Cómo se acercó el agresor? ¿Qué táctica usó para controlarlas?
Eso ya lo preguntamos, respondieron.
No exactamente, les hizo ver Burgess. Una cosa era pedirle al asesino que describiera a sus víctimas. Otra muy distinta era estudiar a las víctimas como personas reales.
Hizo una pausa.
Porque, si analizas de verdad a las víctimas, ves el patrón. La selección. El acercamiento. El control. Y eso dice mucho más del agresor que lo que él quiera contar.
Esa idea lo cambió todo.
Durante años, Burgess había entrevistado a supervivientes de violación. Había estudiado el trauma, sus fases, las respuestas de miedo y las estrategias de supervivencia.
También había demostrado que la violencia sexual no trataba de deseo. Trataba de poder, control y dominación.
Y llevó ese marco al estudio del homicidio sexual.
Rediseñó por completo la lógica del análisis:
→ Impulsó cuestionarios estructurados para recoger datos comparables en cada entrevista
→ Colocó la victimología en el centro de la elaboración de perfiles
→ Ayudó a diferenciar entre el modus operandi, que puede cambiar, y la firma psicológica, que revela una necesidad más profunda
→ Contribuyó al estudio de los patrones de escalada para detectar agresores antes
→ Explicó que la aparente sumisión de muchas víctimas era una estrategia de supervivencia, no una debilidad
A comienzos de los años ochenta, ese trabajo empezó a ponerse a prueba en casos reales.
En Nebraska estaban desapareciendo chicos adolescentes.
Burgess participó en el análisis del perfil.
El equipo estudió a las víctimas, las circunstancias de los ataques y la forma de la violencia. A partir de ahí, elaboraron un perfil que ayudó a orientar la investigación hacia John Joubert.
Fue detenido y más tarde condenado por los asesinatos.
Desde ese momento, la Unidad de Ciencias del Comportamiento pasó a ser tomada mucho más en serio.
El caso atrajo atención nacional.
Y, en muchos relatos públicos, el mérito recayó sobre todo en los agentes del FBI.
El nombre de Ann Burgess casi siempre quedaba en segundo plano.
Ese patrón se repitió.
Burgess fue coautora de investigaciones decisivas, como Sexual Homicide: Patterns and Motives, publicado en 1988, y Crime Classification Manual, publicado en 1992. Trabajos que influyeron en cuerpos policiales de muchos países.
Pero cuando la historia se popularizó, casi siempre se contaba como la historia de hombres brillantes del FBI descifrando mentes criminales.
La enfermera que aportó la victimología, la estructura metodológica y una base científica sólida casi nunca ocupaba el centro.
Quedaba como nota al pie.
En 1995, John Douglas publicó Mindhunter.
El libro se convirtió en un gran éxito.
En 2017, Netflix lo adaptó en una serie aclamada.
Allí apareció un personaje inspirado en Burgess: la doctora Wendy Carr.
Pero la versión televisiva cambió muchos elementos.
La convirtieron en psicóloga en lugar de enfermera. Alteraron su vida personal. Reescribieron parte de su trayectoria para ajustarla a la ficción.
Nada de eso contaba su historia real.
Burgess estaba casada, tenía cuatro hijos y colaboraba con el FBI sin abandonar su carrera académica en Boston.
Muchos espectadores nunca supieron que Wendy Carr estaba inspirada en una persona real.
Y muchos de los que sí lo sabían pensaron que la serie contaba su vida con fidelidad.
Durante años, Burgess tuvo que aclarar quién era realmente.
No era psicóloga. No era el personaje de la televisión. Era una enfermera psiquiátrica e investigadora que había ayudado a dar forma a una disciplina entera.
Como si su historia real no fuera suficiente.
Esto es lo que Ann Burgess sí hizo:
→ Ayudó a demostrar el impacto psicológico duradero de la violación en una época en que muchas instituciones lo minimizaban
→ Fue coautora del concepto de síndrome del trauma por violación, reconocido ampliamente en el ámbito clínico y jurídico
→ Enseñó al FBI que entender a las víctimas era clave para identificar depredadores
→ Contribuyó a desarrollar la metodología de elaboración de perfiles criminales
→ Declaró como perita experta en numerosos casos, incluido el juicio de los hermanos Menéndez
→ Publicó más de 150 artículos y varios libros
→ Formó parte del Instituto de Medicina de la Academia Nacional de Medicina de Estados Unidos
→ Presidió un grupo de trabajo del Consejo Nacional de Investigación sobre la violencia contra las mujeres
Y durante gran parte de su carrera, cuando la gente pensaba en perfiles criminales, pensaba en hombres.
No fue hasta 2021, cuando Burgess publicó A Killer by Design, que apareció por fin su propia versión de la historia.
No como nota al pie. No como ficción. No borrada.
En 2024, Hulu estrenó Mastermind: To Think Like a Killer, una serie documental que la colocó en el centro de la historia, donde siempre debió estar.
Mucha gente se sorprendió.
Habían visto Mindhunter. Habían leído libros. Creían conocer el origen de todo.
Y no sabían que una mujer había estado allí desde el principio.
Ann Burgess tiene hoy 89 años.
Sigue vinculada a Boston College. Sigue escribiendo. Sigue siendo una referencia.
Y por fin está recibiendo reconocimiento por lo que ayudó a construir.
No como inspiración para un personaje.
Como ella misma.
Fuente: Boston College (“Hollywood shines spotlight on career of Ann Burgess”, 7 de junio de 2024)