Opinión// Fred Alvarez
La reciente disculpa pública de El Universal a la familia de Carlos Monsiváis y a sus lectores me ha obligado a volver la mirada hacia el pasado. El diario reconoció que la veracidad de la entrevista realizada por Edmundo Cázarez no pudo ser sustentada, al no haber cotejado el contenido con la supuesta grabación que el entrevistador jamás entregó. Ante la ausencia de pruebas, el medio retiró el texto y dejó que Cázarez cargara con el peso de sus afirmaciones.
Edmundo ha enmudecido; ya no responde al llamado. Lo intuyo amenazado, preso de ese miedo.. Sospecho que, en algún rincón de su memoria o de sus archivos, ya se topó con la cinta, pero mi instinto me dicta que no la verá la luz.
¿Habrá sido todo una construcción, una invención tejida para sostener una realidad paralela? Es la pregunta que, inevitablemente, queda flotando en el aire.
Este episodio, inevitablemente, me remitió a la figura de Enric Marco, aquel hombre que construyó una vida entera sobre una invención. En su momento, leí el caso en la prensa española sin darle mayor trascendencia, hasta que me encontré con la pluma de Mario Vargas Llosa. Él lo definió de una manera que me parece insuperable: “espantoso y genial”.
Es la tentación de inventar historias para llenar los huecos que la tragedia deja en el alma. Pero la historia —y el trabajo del historiador— es implacable. El caso de Marco se desmoronó gracias a la meticulosidad de Benito Bermejo, profesor de la UNED, quien no se conformó con relatos vagos. Su curiosidad lo llevó a los archivos del memorial de Flossenbürg, donde el nombre de Marco simplemente no aparecía. Allí, el telón cayó estrepitosamente.
Recibí un comentario en 2005 de mi buen amigo Raúl Fraga que, por su agudeza, merece ser compartido:
“Estimado Fred: Muchas gracias por permitirme conocer el caso de Enric Marco. Lo disfruté, pero también lo padecí. Me recordó muchas cosas, como las crónicas de la conquista española, cuando los sacerdotes —cronistas a la vez que reporteros— daban vida a historias fantásticas: El Dorado, sirenas que eran solo manatíes, o la leyenda de las amazonas. Me recordó que el ser humano ha hecho de la simulación un arte escénico tan cotidiano que, de tanto interpretarlo, llega a creerse su propia farsa. Lástima que Alejo Carpentier no pueda darnos su opinión sobre este fiel expositor del realismo… mágico”.
Resulta fascinante observar cómo la frontera entre la ficción y la vida es, a veces, peligrosamente delgada. Enric Marco no fue un mentiroso vulgar; fue un “contrabandista de irrealidades”, como bien lo bautizó Vargas Llosa. Se vació de sí mismo para reencarnarse en el fantasma que él mismo fabricó, convenciendo incluso a aquellos que, por haber vivido el horror real, debieron haber sido los primeros en desenmascararlo.
Al final, queda una reflexión inevitable: ¿qué nos empuja a buscar la verdad con tanto ahínco? Quizá para que no ocurra como con aquel manual de geografía del padre Villarejo que, al tomar leyendas por ciencia, terminó abriendo una puerta a la fantasmagoría. En la batalla entre la rigurosidad del historiador y la fascinación del fabulador, la verdad suele ser, afortunadamente, el suelo firme sobre el que, tarde o temprano, todos tenemos que volver a caminar.
PD: La mañana de este viernes comenzó a circular vía WhatsApp una portada de El Sol de México. En un principio la compartí, pero decidí retirarla y guardarla para su análisis. He recibido información certera: este material no es más que un artilugio de la inteligencia artificial. La nota, en su esencia, existe y lleva la firma de Edmundo —no de Edgar González Ruiz, como erróneamente se ha difundido—, pero lo que vi es un documento alterado, una pieza de orfebrería digital diseñada para engañar.
No es un hecho aislado, sino apenas el preludio de lo que sospecho será una embestida sistemática de desinformación. Es necesario mirar con lupa, leer entre líneas y mantener la guardia en alto. Estamos ante tiempos donde la verdad se disputa, a veces, entre píxeles y algoritmos. Cuidado.
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