Por Juan Carlos Hernández Blanco
Hace unos días fui al café de la hija de un amigo. Había un ambiente festivo, se respiraba un ánimo de celebración. Algunas personas mayores conversaban y se movían con dificultad; unos jóvenes despreocupados intercambiaban con estridencia sus gustos y sus desavenencias.
No recuerdo cómo terminé a lado de un chavo lleno de tatuajes y con un paliacate en la cabeza. Su voz era cálida y su mirada inquisitiva. Me dijo que era parte de un grupo comunista y que tenían un círculo de lectura de El Capital. Reivindicaba la lucha Palestina y justificaba a Hamás. Conversaba con el entusiasmo que sólo la ignorancia o la fe otorga. Enfatizó que estaba en contra del imperialismo yanqui y consideraba legítimo el régimen de los ayatolás. En algún momento brincó a elogiar al régimen de Corea del Norte: justificaba la autocracia si la lucha era para imponer el comunismo en el mundo. Argüí tímidamente sobre la Gran Purga de Stalin en 1933, el Holodomor ucraniano, la Revolución Cultural China, el totalitarismo soviético, Pol Pot. Fue inútil, nada lo detenía, recordé a mi abuela y sus letanías. Pensé en los Testigos de Jehová que cada domingo llaman a mi puerta y que en su apostolado jamás renuncian ante una negativa. Quizá no lo admitiría, pero profesa un credo: un sistema cerrado de creencias, un conjunto axiomático de ideas que asume como moralmente superiores y que no admite argumentos contrarios, matices. Nos despedimos, cuando llegué a casa estaba abrumado. Me pregunté si seríamos tan tolerantes con alguien que reivindicara a Milei o a Trump, a Salinas Pliego o a Bukele. Todo esto lo digo a propósito de este breve texto de la filósofa parisina Soizig Le Bihan:
«Sartre apoyó a Stalin durante el gulag. Sartre apoyó a Mao durante la Revolución Cultural. Sartre prefirió a Fanon transformando la violencia anticolonial en higiene mental («abattre un Européen, c’est faire d’une pierre deux coups»). Sartre fue a visitar a Andreas Baader en su prisión de Stammheim en 1974 y salió de allí defendiendo al terrorista. Sartre firmó en 1977, con Beauvoir, Foucaul, Derrida, Barthes, la petición para la despenalización de las relaciones sexuales entre adultos y menores de 13 años. Hay que detenerse un segundo en esta lista. Porque no tiene equivalente en la historia intelectual del siglo XX. No existe un solo gran viraje totalitario o criminal del siglo pasado que Sartre no haya justificado, excusado o rechazado condenar en algún momento. Cuando el siglo fabricó una pesadilla, Sartre mantuvo la puerta abierta. Y sin embargo, está en el programa. Del bachillerato. De la agregación. De los manuales. De las tesis. Su calle en París. Sus cenizas en el cementerio de Montparnasse, en peregrinación. Su estatua intelectual intacta. Se enseña El existencialismo es un humanismo a estudiantes de segundo de bachillerato como se enseñaría un sermón de Bossuet. No es Sartre el escándalo. Sartre es solo un hombre (con sus cobardías, sus fanatismos, su teatro íntimo de la radicalidad). El escándalo somos nosotros. El escándalo es que una civilización entera haya decidido, colectivamente y en silencio, que estar sistemáticamente del lado de los verdugos no era descalificante para convertirse en el gran intelectual de una nación. Comparen con Raymond Aron. Aron tuvo razón en todo. Sobre Stalin, sobre Mao, sobre los gulags, sobre el totalitarismo, sobre la descolonización, sobre la Guerra Fría, sobre la economía de mercado, sobre Europa. Todo. Escribió *El opio de los intelectuales* en 1955, es decir, treinta años antes de que la izquierda francesa descubriera, avergonzada, que efectivamente Solzhenitsyn no mentía.
Aron tuvo la lucidez de un siglo entero, condensada en una obra límpida, escrita en un francés de precisión quirúrgica. Aron no está en el programa. Aron no tiene calle. Aron no tiene Panteón. Cuando se habla de Aron, es con ese pequeño encogimiento de hombros que quiere decir «sí, interesante, un poco frío, un poco de derechas, ya sabes». Sartre, él, es la incandescencia, el compromiso, la juventud, la llama. La famosa frase de Merleau-Ponty lo dice todo: «mejor tener razón con Sartre que razón con Aron». No es anodina. Es la confesión decisiva. Dice explícitamente lo que la Francia culta ha decidido tácitamente durante setenta años. Que tener razón es menos importante que estar del buen lado. Que la verdad es un detalle burgués. Que lo que cuenta no es la justeza del análisis, sino la pureza de la postura. Lo que revela es terrible. Una civilización elige a sus profetas, y esa elección la define por cien años. Francia eligió al brillante adulador de verdugos contra el sobrio analista de la realidad. Y ha pagado esa elección a un precio elevado. Una clase intelectual entera, formada en la reverencia sartriana, ha aprendido que el compromiso cuenta más que la exactitud, que la generosidad de superficie cuenta más que las consecuencias reales, que amar «al pueblo» en teoría autoriza a despreciar a la gente en la práctica. Toda la patología del intelectual francés contemporáneo ya está ahí.»

