El Nacimiento, un pequeño pueblo de Coahuila, lucha por preservar la identidad, memoria y tradiciones de sus ancestros, que llegaron a la zona provenientes de Texas huyendo de la esclavitud
Nicholas Dale Leal
(elpais.com). -El Nacimiento (Coahuila) – Podría ser cualquier pueblo del México rural. Pero es único. Son dos calles largas y unas ocho que las intersecan. Las casas son de un solo piso y están pintadas en tonos pastel. El calor es pesado y el sol inclemente en esta zona del norte de Coahuila. La calma, casi absoluta. Solo las paredes pintadas con murales dejan entrever la particularidad que esconde la localidad de El Nacimiento, terreno árido a los pies de la imponente Sierra de Santa Rosa de Lima y a menos de 200 kilómetros de la frontera con Texas, justo donde se escribió el capítulo clave de la historia que cuentan los muros desgastados. Dos mujeres negras vestidas de rojo adornan una fachada. Y en otra, una ruta trazada a través de mapas: África, Florida, México.
Ese es el camino que los ancestros de los alrededor de 250 habitantes del pueblo, los Negros Mascogos, hicieron a lo largo de siglos, pues El Nacimiento alberga la única comunidad descendiente de esclavos africanos de Estados Unidos en México. “Yo soy negra”, afirma en repetidas ocasiones Arely Vázquez, de 22 años, desde la Casa de la Cultura del pueblo, fundada en 2021 para preservar la memoria y las tradiciones de la comunidad. “En la escuela no nos enseñan nada de lo nuestro. Y en mi casa tampoco me mostraron. Yo lo aprendí ya cuando tenía 16 o 17 y me empecé a meter un poquito más en esto, en los cantos tradicionales, en la historia. Lo que buscamos es eso, preservar todo lo que estaban olvidando”.
El tiempo y la migración se encargaron de erosionar los relatos que narran la historia de los mascogos y también las tradiciones que sostienen su identidad. Durante la primera mitad del siglo XIX, cuentan los cuentos pasados de generación en generación, los ancestros de los mascogos fueron desplazados forzosamente junto con indígenas nativos desde Florida y otros Estados sureños hacia lo que hoy es Oklahoma, en un oscuro episodio de la historia estadounidense conocido como el Sendero de Lágrimas.

Es esta asociación —los negros fueron desplazados como esclavos de los indígenas— la que le da el nombre a los mascogos, que es una deformación de muskogee, la lengua de algunos grupos indígenas de Florida. Los mascogos también son conocidos al norte de la frontera como Black Seminoles, denominación que de igual manera es producto de la relación entre los esclavos e indígenas.
Pero su paso por los territorios nativos, en los confines del salvaje Oeste, no duró demasiado. Primero, huyeron de las zonas designadas por el Gobierno en busca de la libertad. Luego, la persecución de quienes buscaban recapturarlos y volverlos a esclavizar en Texas los llevó a cruzar el río Bravo hacia el sur, recientemente establecido como la nueva frontera entre México y los crecientes Estados Unidos. Liderados por John Horse —Juan Caballo, como se le conoce en español—, los mascogos negociaron con las autoridades mexicanas, quienes les otorgaron tierras a las orillas del río Sabinas, donde ahora está El Nacimiento, a cambio de vigilar la frontera y mantener lejos a los Texas Rangers, que regularmente se aventuraban al sur.
Cuando se abolió la esclavitud en Estados Unidos en 1865, algunos miembros del grupo optaron por regresar al norte, donde se habían quedado muchos de sus familiares, y durante décadas la comunidad mascoga fue transnacional; aún lo es, pero el endurecimiento de la frontera ha complicado los vínculos con la comunidad hermana que se concentra en Bracketville, Texas. A día de hoy, en El Nacimiento se celebra el Juneteenth cada 19 de junio, fecha que marca el fin de la esclavitud y que fue finalmente designada, más de 150 años después, feriado federal por Joe Biden.






El reconocimiento del pueblo mascogo
En México, las generaciones de mascogos se sucedieron en El Nacimiento al margen de la historia nacional. La relación con el Gobierno mexicano fue prácticamente inexistente durante más de un siglo hasta que se reactivó con la designación oficial de los Negros Mascogos como pueblo indígena en 2017. El reconocimiento buscaba facilitar el acceso a programas y recursos públicos, pero generó ciertas fricciones con el Instituto Nacional de Pueblos Indígenas (INPI), que impuso la etiqueta genérica de afromexicanos, que los mascogos rechazan, dada su particular historia y orígenes, tan diferentes al de las comunidades afromexicanas de Oaxaca, Guerrero o Veracruz. Los mascogos son la única comunidad negra en el norte del país.
Raúl Torralba, quien se desempeña como representante en el municipio y en consejos nacionales, subraya que su identidad es una cuestión de honor ancestral más que un trámite burocrático: “Para mí es un orgullo ser descendiente de gente valiente que luchó por su libertad y que nos trajo hasta aquí. Aquí es donde nuestros ancestros murieron, donde aquí quedaron; esta es nuestra tierra también. Aquí está nuestro ombligo, como decimos. Mis palabras quedarían muy cortitas para expresar todo lo que es ser mascogo, pero es algo que uno siente más adentro”.
El orgullo de Torralba es producto de una conciencia más contemporánea. Los mayores del pueblo cuentan que nunca lo pensaron demasiado. “No había chance de preguntarles mucho [a los padres o abuelos] y, si les preguntabas, te regañaban muy feo. Porque en la escuela había mexicanos y había negros como yo, entonces, cuando se peleaban con uno, nos decían cositas feas: ‘Negros huelen a hule, a hule que se está quemando”, recuerda con el ceño fruncido Zulema Vázquez sentada en el porche de su casa, mientras espera unas lluvias que llevan tiempo sin caer.

Para ella, nacida en 1948, a pesar de las burlas, la identidad que llevaba en la piel no era más que eso, el pigmento de su piel; todo lo demás lo daba por sentado. Pero las memorias que comparte contrastan profundamente con la actualidad. “Ha cambiado bastante. Las costumbres, las comidas, las tradiciones. Ya no hay nada de lo que se sembraba antes. Caña colorada, el ocro… Se siembra más la calabaza o el maíz. Pero ahorita no hay nada sembrado. No ha llovido, no hay nada”. Solo queda “el Día del Negro”, el 19 de junio, “ese sí se celebra todavía”. “El día que caiga, ese día se hace la fiesta”, dice por primera vez con entusiasmo en la voz.
Junto con la comida más tradicional —tanto ingredientes como recetas—, el idioma propio también se perdió, cuenta Santana Vázquez —en el pueblo todos son familia, lejana o cercana—, a sus 84, cabeza rapada donde se intuye el cabello blanco y un bigote de western a juego, a la sombra de un árbol en el patio de su casa. “Aquí se creó el inglés que le decían el cascajo, porque se hablaba la mitad en inglés y la mitad en español. Pero ya nadie habla inglés y el cascajo de nosotros, menos”.
Una historia transfronteriza
La migración, motivada por diferentes factores, pero principalmente por la falta de oportunidades, fue vaciando el pueblo, especialmente en la segunda mitad del siglo pasado. Algunos se fueron a la cabeza municipal, Melchor Múzquiz, a solo media hora en auto —aunque antes de que hubiera carretera pavimentada, el trayecto duraba horas a caballo o a pie—, pero muchos otros volvieron a cruzar la frontera al norte, a reencontrarse con sus primos y ganar en dólares.
Santana pertenece a esa generación. Cruzó la frontera como “mojado”, sin papeles, como tantos otros, en contra de la voluntad de su madre, que temía lo que le pudiera pasar en el monte. En Texas trabajó en ranchos, a caballo o arreglando cercas. Durante un buen tiempo, cuenta, cuando la frontera no es lo que es hoy, iba y venía, presumiendo de su ropa americana en el pueblo. Hasta que se regularizó allá —muestra con orgullo su green card— y terminó obteniendo una pensión, que sigue recibiendo mes a mes. Pero a pesar de ello, él siempre sabía que iba a volver a El Nacimiento.

Para Corina Torralba, la llamada de la tierra propia llegó de manera más inesperada. Nacida en una casa de adobe gracias a las manos parteras de su abuela en El Nacimiento hace 51 años, se mudó a los alrededores de San Antonio (Texas) con siete y allí ha vivido el resto de su vida. Siempre había oído que 200 kilómetros al oeste, en el pueblo de Bracketville, había familiares lejanos de ella y, en el cementerio, la tumba de su abuelo, pero solo fue hasta hace 15 años que fue a conocerlo por primera vez.
Lo que encontró fue una revelación: el cementerio de los Black Seminoles y una organización dedicada exclusivamente a proteger esa historia que, en el lado mexicano, se desvanecía en la neblina de la memoria familiar erosionada por la migración. El descubrimiento le dio una nueva misión vital de recrear ese esfuerzo por preservar la memoria de su gente, así como reconectar a las dos comunidades divididas por la frontera.
En 2021, Corina regresó a El Nacimiento con la determinación de abrir la Casa de la Cultura, rehabilitando un pequeño local comunitario que había quedado en el abandono. El objetivo era claro: asegurar que el “cordón umbilical” con su pasado no se cortara definitivamente. “Muchos de nuestros jóvenes no conocen esta historia… y decidí hacer el trabajo de ir y apoyar a la comunidad”, cuenta ahora. El espacio se volvió sede de una pequeña biblioteca, así como de talleres y clases para rescatar los cantos tradicionales —estilo gospel y que solo se preservaban en contextos fúnebres—.

En este renacimiento cultural, las mujeres han vuelto a ocupar su lugar histórico como el hilo que mantiene unida la tela de la comunidad. Son ellas quienes transmiten los sabores y los sonidos que definen lo que significa ser mascogo. “Las mujeres siempre han sido como las que están liderando. Las que unen a la familia, enseñan, preservan la comida“, explica Arely Vázquez, que desde que Corina llegó con su misión, se ha convertido en otra de las líderes, en memoria de figuras como doña Lucía o doña Gertrudis, matriarcas históricas cuyos nombres se siguen oyendo en el pueblo.
La memoria se mantiene viva a través de los sentidos: del sabor de la comida o el sonido de la música. Se saborea en el sosque, un atole de maíz tradicional, y en el tetapú, el pan de camote que sigue horneándose como antaño a pesar de que ya no se siembra como antes. Pero quizás la conexión más profunda se encuentra en los cantos ancestrales. Cantarlos, cuenta Arely, es una experiencia casi mística: “Se siente como una vibra muy fuerte… Mi piel se erizaba y luego sentía ganas de llorar”, confiesa la joven.
Para Arely, la preservación de la memoria que lleva a cabo no es solo cuestión de archivos y canciones, sino de supervivencia física en la tierra de sus ancestros. Motivada por el amor a su entorno, decidió estudiar ingeniería ambiental, viendo en la ciencia una herramienta para proteger la naturaleza amenazada de la zona. “Mi carrera me ayudaría mucho también para sacar proyectos o cosas ambientales aquí en mi comunidad… Qué genial que me quedara aquí porque a mí me encanta estar aquí”, afirma con convicción, consciente de que la permanencia de la comunidad también depende de la conservación ambiental.
El mayor reto para esa permanencia es el río Sabinas, el cauce que surge muy cerca de El Nacimiento y dio vida a la comunidad. La sequía persistente que ha encojido el caudal se ve agravada por la acción humana: la extracción indiscriminada de las piedras del lecho y la deforestación están matando al río. El representante Raúl Torralba explica con preocupación que sin árboles no hay nubes, y sin las piedras del lecho, el agua simplemente se filtra y se pierde: “Si se siguen talando más árboles y extrayendo las piedras del río… Eso hace que el agua se vaya también”, advierte, señalando cómo se rompe el ciclo vital que sostenía la agricultura de la que vivían sus padres.

Esta decadencia ambiental, sumada a la falta de conexiones de transporte y educación superior, ha empujado a un éxodo casi inevitable a generación tras generación. En la de Torralba, la mayoría partió hacia Texas. Es una migración dolorosa, pero forzada por la realidad de un pueblo donde “no hay un trabajo estable” y las oportunidades son “muy limitadas”. Muchos se van siguiendo el rastro de familiares ya establecidos en el norte; algunos tienen papeles en virtud de esas conexiones familiares, manteniendo viva esa naturaleza transnacional que ha definido a los mascogos desde el siglo XIX.
Sin embargo, en los últimos años, frente a la inercia de la partida, ha surgido la resistencia de quedarse. Torralba, por ejemplo, regresó tras años de trabajar en la construcción en San Antonio, movido por un llamado que siente en la sangre. Para él, quedarse es un acto de protección hacia su herencia: “Regresé para cuidar más que nada nuestra tierra“, dice, describiendo lo que siente como un llamado. Para él, su tarea como regidor étnico y representante municipal no es solo política, es la defensa del hogar de su gente.
Es una misión que considera parte de su misma identidad. La supervivencia de los Negros Mascogos nunca ha sido dada, sino que ha sido una lucha permanente. Santana Vázquez, con la sabiduría sencilla de los años, lo resume bajo los rayos del sol que tuestan el suelo del patio: “Esta es una historia que no tiene fin“.
