Mi amigo Luis

Gustavo González Godina

Tanto en el velorio como en misa, más en ésta que en aquél, había un gentío. Y sin embargo en ambas reuniones me sentí solo, rodeado de gente, pero solo.

Le cuento: La mañana de este viernes (13/01/23) me avisó mi hija, por WhatsApp como siempre (vive al otro lado de mi casa, pero prefiere comunicarse siempre así) que se había muerto don Luis Gutiérrez Medrano. Sabe que era mi amigo y que me interesaría la noticia.

Ya sabía yo que estaba un poco mal, tenía especialmente problemas del alma, es decir, del almanaque, o lo que es lo mismo, bastantes años. Y aunque siempre fue muy sano y muy fuerte, todo tiene un límite y la mayoría de sus familiares y amigos, como es mi caso, esperábamos ese desenlace tarde o temprano, más temprano que tarde, así que no nos sorprendió demasiado la noticia, lo que no significa que no nos haya dolido su partida.

Me propuse pues ir un rato a su velorio porque yo lo apreciaba mucho. Mucho, era de los pocos amigos sinceros que tenía yo en Tepatitlán, fuera de Él, puedo contar con los dedos de una mano a los restantes. Me apersoné por la noche en la funeraria, más que para dar el pésame, para rezar un rosario por el eterno descanso de su alma, aunque personas como Don Luis no tienen mayores problemas en el más allá, pues fue una persona taaan buena… Pero en fin, no estaba demás.

Y aquí es donde le explico por qué me sentí solo entre la gente. Sólo me encontré entre los asistentes a una de sus hijas que me saludó muy afectuosa, siempre que iba yo a visitarlo a su casa era ella la que me recibía con gran amabilidad y en la funeraria no fue la excepción (se siente bien ser tratado así), y a continuación, unos pasos adelante, a mi amigo el filósofo Alfonso Gutiérrez, el hijo del legendario don Ezequiel Gutiérrez, aquel hombre que como dice el corrido de Arnulfo González, gratos recuerdos dejó al pueblo y a los rurales.

No saludé a nadie más porque no reconocí a ningún otro, a algunos de vista pero no sé cómo se llaman. Seguí de largo hasta dónde estaba el féretro con el cuerpo de mi amigo, al pie de una figura de la Dolorosa con su recién crucificado hijo Jesús entre sus brazos. Había ahí un reclinatorio, bien acojinado para hincar las rodillas, y era lo único que yo necesitaba.

Comencé a rezar el rosario en silencio (nunca me he avergonzado de mi fe) y comencé a escuchar, sin quererlo, la plática de un grupo de hombres que estaban un paso atrás de mí. Hablaban de sus ancestros, del abuelo Blas, de sus empresas, sus negocios y sus éxitos, lo que menos les importaba era el cadáver de Luis Gutiérrez Medrano, mucho menos si no me dejaban concentrarme en el rezo. En esos momentos me sentí solo.

Los velorios son así, se reúne la gente en ellos para hablar de todo menos para lamentar la muerte de su amigo o conocido, y menos aún -algunos- para pedirle a Dios por su alma. Pero eso no justifica que no me dejaran concentrarme hable y hable y que por lo mismo ya me tuvieran hasta la madre. No compartíamos la intención de acudir al velorio y eso me hizo sentirme solo.

Antes de terminar el rosario noté que el pequeño recinto se quedó en silencio, señal de que se fueron con su güiri güiri a otra parte, sólo miré de reojo y vi que había una persona sentada en un pequeño sofá. Terminé, fui a ver a mi amigo Luis por última vez, me despedí de Él alzando mi mano derecha como diciéndole adiós, y al darme la vuelta me di cuenta de que el hombre que estaba ahí sentado, solo y en silencio, era el licenciado Alfonso Gutiérrez.

“Siéntate Gustavo -me dijo-, cuéntame cómo te ha ido” y nos pusimos a platicar. Es Él un hombre culto y hablamos de viajes, de las carreteras que tenía el Imperio Romano, de Leonardo Da Vinci y de Miguel Ángel, de París, me dijo que hace muchos años que no va a Barcelona. En fin, es un hombre de amena charla. Nos callamos cuando un grupo de mujeres comenzó a rezar para no restarles concentración.

Y al día siguiente, sábado, fui a misa y otra vez me sentí solo entre la multitud, aunque nadie platicaba ni me distraía. Me sentí solo porque como cantaba el argentino Leonardo Fabio: “Para saber/cómo es la soledad/tendrás que ver/que ya a tu lado no está/que nunca más/con él podrás charlar/sobre lo que es el bien/sobre lo que es el mal. La soledad es un amigo que no está/son sus palabras/que no han de llegar igual/es solo un sueño/son luces en torno a vos/y te das cuenta/que él ya nunca ha de morir/nunca ha de morir…

Y es que nos íbamos mi amigo Luis y yo al rancho El Guayabo, nos llevábamos unas cervezas o una botella de tequila, un kilo de carnitas, tortillas y salsa, y aquello era platicar acerca de los misterios de la vida y de la muerte, nos poníamos en modo filósofo y se nos pasaba el tiempo sin sentir. Hasta el canónigo José Luis Aceves, que ofició la misa el sábado junto con el señor cura Eliazar, se acordó del rancho El Guayabo, a donde dijo lo invitaba Luis a comer. Buena homilía, me nació ir a felicitarlo por ello al terminar la celebración, porque sacó a relucir el Testamento Espiritual del Papa Benedicto XVI a quien conocí en Roma, al cumplirse ese día (el sábado) el novenario de su fallecimiento.

Habló el Canónigo de las supuestas tesis que vio pasar el Papa Emérito en su vida, que al final se derrumbaban y sólo quedaban en teorías, hasta llegar a la más reciente que conocemos como Ideología de Género, según la cual éste originalmente no existe, se trata solo de una elección, los seres humanos no son hombres ni mujeres, sino lo que elijan ser, si un ser humano nace siendo hombre, pero él se siente mujer, está bien que se case con otro hombre, hombre con hombre y mujer con mujer, y está bien incluso que dichas parejas puedan adoptar a un bebé para pervertirlo. “Algunos en Tepatitlán -dijo el Canónigo Aceves- han sido contaminados ya por esa Ideología de Género.

Igual hubiera opinado mi amigo Luis Gutiérrez Medrano, lo conocía yo bastante bien y por eso sentí y seguiré sintiendo su muerte. “Cuando un amigo se va -dice otro cantante argentino, Alberto Cortez- queda un espacio vací­o, que no lo puede llenar la llegada de otro amigo. Cuando un amigo se va, queda un tizón encendido, que no se puede apagar ni con las aguas de un rí­o.

Descansa en paz amigo Luis, si Dios quiere nos volveremos a ver algún día.

LAS IDEAS Y OPINIONES AQUÍ EXPRESADAS SON RESPONSABILIDAD EXCLUSIVA DEL AUTOR Y NO NECESARIAMENTE REFLEJAN EL PUNTO DE VISTA DE PALABRA DE VERACRUZANO

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